La Reina de Hordaz

12. El cinturón de Zervogha (parte 2)

Los días pasaron. Ileana volvió a mandar un mensaje a la Casa Houlder con la esperanza de poder hablar con el Conde, pero este se negaba a atenderla. Quizá Oratzyo no era tan estúpido después de todo y entendió que Lelé deseaba cancelar su compromiso. La reina esperó y esperó una respuesta, pero ni siquiera atendió la petición de una audiencia con él en su residencia.

—Al diablo con todo —Ileana salió a la puerta de su habitación, gritó el nombre de una de sus mucamas y esta se le acercó en medio de una reverencia.

—¿En qué puedo servirle, Majestad?

—Guille, por favor reúne al Duque y a mi Corniz en el salón de visitas. Diles que tengo una noticia muy importante para ellos.

—El Duque está en su habitación pero Lady Surcea ha salido.

—¿Salió? ¿A dónde ha ido?

La mucama sonrió, se frotó las manos y se acercó a Lelé para hablarle en susurros.

—Estuvo toda la madrugada horneando panquecillos de canela y se ha dirigido hacia el campamento de la Novena Legión. Creo que Lady Surcea tiene un amor secreto, Majestad.

«Básidan». Lelé sonrió con orgullo.

—Está bien. Solo dale mi aviso al Duque y prepáranos té, por favor. Ya después hablaré con ella.

—Como ordene, Alteza.

Surcea caminaba entre los prados del jardín. Había recorrido una buena distancia y ahora se encontraba llegando a donde las carpas del campamento erguían orgullosas sus banderas. Para su suerte, el general Básidan estaba llegando de su entrenamiento matutino. El hombre tenía puesto su pantalón militar rojo y una playera blanca que se adhería a su cuerpo mojado.

—Lady Surcea, qué sorpresa verla por estos rumbos y tan temprano.

La Corniz hizo acopio de todas sus fuerzas para no ponerse roja.

—Ah, yo le he traído algunos panquecillos de canela.

Básidan miró la canasta.

—Se lo agradezco infinitamente.

—Me enteré de que fue usted quien reparó la polea del pozo y no había podido darle las gracias.

—No sabía que usted la utilizaba.

—Oh, sí lo hago, a veces, cuando a los granjeros se les olvida asear el espacio de las gallinas.

De pronto, un llamativo movimiento en los campos de entrada llamó la atención del general. Básidan fingió que seguía escuchando la conversación de Lady Surcea, pero lo cierto es que su atención estaba puesta en los tres hombres que se acercaban caminando. Eghor, Caleb y Frey habían regresado.

—Lady Surcea —el general se vio forzado a interrumpirla—. Lamento ser descortés cuando usted tuvo la gentileza de traerme estos panquecillos, pero tengo un asunto urgente que requiere mi presencia.

—Oh, no se preocupe, general. Ya habrá tiempo para seguir hablando. Que tenga un buen día.

—Igualmente —Básidan hizo una reverencia de caballerosidad y echó a correr hasta sus compañeros.

—Díganme que el Emperador ha querido recibirlos.

Frey se acercó a él. Su mirada estaba cargada de preocupación.

—Te ha enviado algunos documentos y una carta, pero nos exigió que te las entregásemos en privado. Básidan.

—¿Qué pasa?

—Eso mismo es lo que te queremos preguntar. ¿Qué está pasando? Cuando le entregamos tus notas al Emperador, se quedó pálido como el mármol. Nosotros tres vimos su rostro; estaba aterrado.

—¿Saben qué? Desayunen esto —les entregó la canasta con los panque-cillos—. Los quiero a todos reunidos en quince minutos. Ya es momento de que los Caballeros Blancos tengamos una interesante charla sobre la espada Carver y el Cinturón de Zervogha.

—Ocurre algo feo, ¿verdad?

—Desayunen y los veo más tarde. Iré a avisarle a Olegh que ya han regresado.




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