La Reina de Hordaz

16. La reina del hurto y del engaño (parte 2)

—No entiendo por qué tenemos que escalar esta cosa. Básidan, no aguanto mis pies y mis manos comienzan a sangrarme.

—Vamos Surcea, dame la mano, te ayudaré a subir.

El general y la Corniz se habían alejado hacia el Oeste, hacia las montañas y los valles que ponían fin al territorio de Hordáz y que rodeaban el impresionante castillo. Se hallaban escalando una prominente montaña para presenciar desde las alturas y desde un punto seguro lo que había sucedido con el pueblo. Pero cuando Básidan llegó a la cúspide de la enorme roca, su gesto delató su terror. El hombre se quedó quieto, sorprendido y aterrado, tenía las manos aferradas a la roca y su boca ligeramente entreabierta.

—¿Qué estás viendo? Básidan, ¿qué ocurre? Ayúdame a subir.

El general salió de su turbación, le tendió una mano a la mujer y la impulsó hacia arriba hasta que sus cuerpos se tocaron y ambos se quedaran igual de congelados.

—¿Qué demonios es eso? ¿Qué está pasando?

Pero ni siquiera Básidan pudo darle una respuesta.

Allá abajo y frente al castillo había una increíble cantidad de personas. Todas ellas formadas estratégicamente como si fuesen soldados, cada uno en una posición de firmes mientras eran custodiados por el ejército de muertos vivientes que Hidran había puesto a su servicio. Eran miles, miles y miles de personas que se dividían entre niños, ancianos, mujeres, hombres y básicamente todo el pequeño país.

Cuando Ileana regresó al balcón, ahora limpia y vestida con un hermoso vestido de seda, color amarillo y ceñido a la cintura, Hidran no pudo evitar sonreírle y tenderle su mano enguantada por una tela de terciopelo blanco.

Lelé se le quedó mirando, pues el hombre también se había cambiado de ropa. Ahora lucía un elegante traje militar impecablemente blanco y bordado con distintos hilos de oro y plata y con relieves en color rojo y azul. Una prenda de vestir de alta sofisticación, pues era el mismo traje de gala que Omalie Barklay utilizó cuando se coronó como el rey de Hordáz.

—Tocaste sus cosas —la voz de Lelé era temblorosa—. ¿Con qué derecho lo hiciste?

—Con el derecho de que él ya nunca volverá. No creo que las necesite y aprovechando que el Duque y yo somos casi de la misma medida, le rendiré homenaje utilizándolas en mi cuerpo. ¿Sabes qué es lo que le da credibilidad a los villanos aparte de sus discursos? La presentación. No pongas esa carita, Ileana, hoy pienso hacerte el mejor regalo de tu vida —la Culebra se acercó a ella y le acarició el rostro—. Voy a darte tu venganza. Sobre Omalie y sobre todos aquellos seres que intentaste proteger pero que el Obispo arrancó de tus manos. Hoy Hordáz conocerá el verdadero coraje de su reina.

Y antes de que Hidran bajase su mano y se apartara, Lelé por fin pudo leer las letras del anillo. Olgha Rehjel.

Todo se vio claro ante sus ojos.

—Obsérvalos, Ileana, anoche muchos de ellos se estaban riendo mientras el cuerpo de nuestro querido Duque ardía entre las llamas. Pero hoy, seguramente se estarán revolcando en su propio miedo y miseria. Porque lo saben, reconocen que tú tienes el poder y puedes hacerlos caer cuando se te dé la maldita gana.

Hidran se ajustó la espada a su cintura, tomó la mano de su sobrina y la hizo caminar hasta el balcón. Los espectadores bramaron de confusión y miedo; algunos intentaron correr y alejarse, pero el ejército de muertos no se los permitió. Ellos tenían una orden, y era obligar a las personas a quedarse y que apreciaran al nuevo dictador, al conquistador de la nueva era y futuro emperador de Zervogha. Porque ya era momento de que Augusto Bálder fuese derrocado y que un hombre poseedor de la magia se apoderara del auténtico control.

La voz de Hidran se levantó y reverberó por todo el reino.

—La Era Santa por fin está llegando a su fin. Durante años los seres con magia hemos estado obligados a escondernos incluso por debajo de las piedras. Fuimos confinados en una isla de la cual muchos aquí maldijeron su nombre. La llamaron la tierra de los demonios, un país maldito que más tarde fue denigrado a convertirse en una masa de arena llamada simplemente isla. Todos los seres que ustedes asesinaron ¡piden clemencia por sus hijos y conocidos! Durante años obedecieron a un hombre sin corona, un engendro que siempre se proclamó a sí mismo como el rey, que los pastoreó como una multitud de despreciables ovejas, y del que ustedes acogieron su palabra como la guía para tener una mejor vida. ¡El antiguo régimen tiene que caer! ¡El Obispo está muerto y ahora Hordáz por fin tiene un solo Monarca! No más esclavitud y muertes para la magia, ¡ahora somos nosotros los que gobernamos este país!

«Tengan miedo».

La postura de Hidran era impecable como cual recio general. Peinado perfecto, las manos detrás de la espalda y sin moverse ni un solo centímetro de su posición. Impartiendo miedo y superioridad con su traje blanco y su semblante serio, sombrío y soberbio.

Lelé suspiró pesadamente, ella tampoco se había movido y sus manos, ocultas detrás de su espalda y vestido parecían estar impacientes.

—¡Por la vida de todos los que su fanatismo religioso nos quitó! ¡Por la vida del nuevo régimen! ¡Y por la vida de…! —pero cuando Hidran intentó sujetar el mango de la Espada Carver y liberar el caos, su mano se quedó estática en el lugar en donde se supone, debía estar la empuñadura.




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