La Reina de Hordaz

18. Isak Barklay y la gitana (parte 2)

La sonrisa del príncipe se desvaneció al instante, y casi por instinto se tocó el antifaz de su rostro.

—¿Cómo...?

—¿Lo he reconocido? He visto los cuadros que el pueblo pinta sobre su futuro rey. Aunque, he de decir que sus ojos son mucho más hermosos en persona.

Pero esta vez ya no tenía manera de esconderlo. El rey estaba rojo como tomate.

—¿Quiere decir que mis ojos se le hacen hermosos?

—Ciertamente atractivos como el resto de usted, Alteza.

—Y sería prudente preguntar ¿a qué vienen todos esos bellos cumplidos?

La gitana volvió a sonreírle.

—Siéntase especial, Alteza, son contados los hombres para los que he bailado.

—Interesantes declaraciones.

—Normalmente mi trabajo lo hago por gusto y no por obligación.

—Y dígame, señorita —Isak se quitó el antifaz y recargó su cadera en una de las barandillas, pero siempre conservando una distancia que no pudiera incomodar a la mujer—, ¿esta noche ha bailado por obligación?

Cuando la gitana apartó su mirada del tarro y la levantó a la altura del príncipe, la atención de sus ojos se dirigió hacia su cabello rojo y al marrón intenso de su mirada. Le sorprendió que Isak decidiera quitarse su máscara de pedrería, y fue por eso mismo que respondió con total honestidad.

—He bailado por gusto. Porque me ha gustado usted.

Es verdad que fueron unas circunstancias particularmente extrañas para que dos personas se conocieran. Pero quién diría que aquella noche fue el momento y el lugar adecuado para que el príncipe Isak Barklay se terminara enamorando de aquella seráfica gitana de piel aceitunada y hermosos ojos verdes. Nadie que habite en un Hordáz actual podría tan siquiera imaginarlo, y es que déjenme decirles que en aquel tiempo Froilán no existía y los Obispos que se hallaban al mando de la Gran Capilla todavía se veían obligados a rendir cuentas al sumo Monarca de su época, a la reina Jovanka Hazel Barklay.

Isak todavía gozó la fortuna de vivir en la famosa era de gloria y así poder elegir a la mujer con la que él deseara compartir el resto de su vida. Todavía pudo llevarla al castillo y casarse con ella en una increíble boda que se celebró a regañadientes en la Gran Capilla y bajo la orden directa de la reina. Todavía pudo formar una hermosa familia y tener descendientes. La primera de ellos sería una hermosa heredera de cabellos rojos, mirada de jade y de nombre Arkansa Emilia Barklay. Arkansa creció entre mimos y cumplidos, entre empleados que la adoraban y toneladas de sabanitas tejidas que la gitana solía hacerle. Su madre la adoraba y le gustaba contarle todo tipo de historias, pero sin duda alguna su favorita de todas ellas era la de un valiente caballero que cogió su espada mágica, y con la ayuda de su impresionante dragón, desterró a los villanos que intentaban destruir su tierra.

La gitana de nombre Analís fue una excelente reina, una mujer benévola, carismática y humilde que siempre dejó su entero corazón en los habitantes que aprendieron a quererla. Pues como bien Adhi Lecred se lo había dicho a su rey; a las gitanas se les acusaba de ser unas ladronas y secuestradoras de niños. Sin embargo, con la reina Analís, la primera reina gitana, Hordáz aprendió que en el mundo existían personas buenas y que podían venir en diferentes etnias culturales. Lástima que cuando Froilán adquirió el puesto del Obispo, remplazando a sus antepasados, todos los buenos pensamientos fueron erradicados.

Isak fue dichoso, su esposa lo amaba con pasión y se lo demostraba en todos esos días que pasaron juntos. Le demostró su apoyo incondicional cuando sostuvo su mano y caminó a su lado luego de que la reina Jovanka falleciera y él tuviera que tomar el mando de la corona. Se lo demostró cuando se arrodilló a su lado después de que su padre pereciera por una desafortunada fiebre cerebral que ningún médico del país pudo curarle. Isak lloró la muerte de sus dos padres, pero sin duda lloraría mucho más cuando el segundo de sus herederos naciera y su esposa falleciera después del parto. Analís pereció una madrugada de primavera. Se fue feliz y sonriente después de que la partera le entregase a su último hijo; un niño de cabello rojo, mofletudo y de nariz respingada, un hermoso niño sano y fuerte al que terminó llamando Omalie Barklay.

Después de aquella muerte el rey Isak nunca volvió a reponerse. En los momentos que pasaba con sus hijos se le podía ver sonreír, jugar con ellos e instruirlos académicamente. Pero cuando el rey se encerraba en su habitación, las cosas eran distintas. Se pasaba la noche entera mirando el cielo, envuelto por una manta tibia, pensando en ella, pensando y culpándose por no haber podido salvarla. Con el paso de los años el rey descuidó su salud, sus hijos crecían y pasaban más tiempo con sus profesores que con él. Isak dejó de comer, dejó de bañarse y salir a los jardines para inspeccionar la vida de sus amadas plantas. Y un día, de buenas a primeras, simplemente ya no despertó. Cuando los criados lo encontraron en su cama, dormido y con las sábanas sobre su cuerpo como si todavía estuviese soñando, hallaron en su mano una hoja de papel en la cual ponía: Me siento verdaderamente mal.

Arkansa envió a varios guardias hacia las diferentes tierras vecinas, pidió que vinieran distintos médicos y que le dieran una respuesta de cómo había muerto su padre. Pero nadie supo decirle lo que pasó. Solo un hombre, un enano brujo traído de Circe, oculto para que la Gran Capilla no se enterara de su supuesta herejía, colocó sus dedos sobre el pecho del rey y exclamó con ojos tristes.




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