La Reina de Hordaz

26. El infierno en la tierra (parte 1)

El profesor de diseño arribó a la biblioteca principal a eso de las diez quince de la mañana. La universidad de Devol tenía un día normal, y Omalie Barklay había decidido recoger algunos libros que le ayudasen a mejorar el nuevo modelo de embarcación que él, su profesor y compañeros estaban creando. Lo que nunca imaginó fue que, dos cargos importantes de su país, el general Gandola y el ministro Nassarhy, acudiesen por él y lo trasladaran a la oficina cerrada del director general.

Omalie estaba pálido, todavía no le habían dicho nada pero el joven ya tenía un mal presentimiento.

—¿Qué está sucediendo? —su voz le puso sonido al silencio.

—Necesitamos que regrese a Hordáz, príncipe Omalie.

—Insisto, por favor, que me digan, qué está sucediendo.

El general Gandola, rodeó la silla del príncipe, se colocó detrás de él y apoyó su mano sobre el hombro de Omalie.

—La reina ha muerto y usted debe ascender al trono.

—No —el príncipe se puso de pie—. ¿Cómo ha sucedido? Ella tenía… Yo hable con ella hace apenas… ¿Qué pasó?

—Una tormenta se levantó al norte y destruyó el barco en el que viajaba la reina y su tripulación cuando regresaban de Jolwall.

«Destruyó el barco en el que viajaba la reina». Omalie sintió que se desmallaba. Él había construido ese barco, él se lo había entregado y ahora por su culpa la reina de Hordáz había muerto.

—Alteza, es necesario que venga con nosotros. Uno de los guardias acudirá a su dormitorio por sus cosas…

Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas.

—Yo no puedo ser rey. No tengo idea de cómo gobernar a toda una nación. Mi padre no me entrenó para esto porque la heredera siempre fue Arkansa.

—Tendrá toda la ayuda que necesite. El ministro Nassarhy y su servidor estaremos para servirle.

—Hiluzan… Hiluzan podría…

—Ha muerto con ella. El rey, la reina y el príncipe Hidran murieron en el Mar Káltico.

Pero entonces un recuerdo fustigó los sentimientos de Omalie.

—Ileana… Mi sobrina, ¿acaso, acaso iba con ellos…?

—No se preocupe, Majestad, ella se encuentra al cuidado de sus nodrizas.

—Por Ghirán, ¿qué voy a hacer? ¿Ya vieron la edad que tengo? Soy un universitario constructor de barcos, no un rey. La simple palabra de príncipe pesa sobre mis hombros y no me deja respirar…

—Omalie —el general Gandola lo sujetó con fuerza y le ayudó a regular su respiración.

—Nunca estarás solo. Nosotros estaremos ahí.

Y así fue. Nunca lo abandonaron.

Por desgracia, el regresar a Hordáz implicaba el tener que regresar a todos esos viejos recuerdos que aun formaban parte de los fantasmas de su pasado. La muerte de su madre después de su nacimiento, la muerte de su padre, la tristeza de su hermana, y aquel antiguo amigo que había despertado los primeros sentimientos amorosos en Omalie. Recuerden que Hordáz es un país megamente religioso, y el que un varón tenga deseos amorosos por otro hombre, era motivo de enfermedad y condena.

Omalie era apenas un niño cuando escuchó a los guardias hablar de los terribles castigos que la Gran Capilla dejaba caer en los que ellos llamaban desviados, enfermos, locos, demonios, y todas aquellas palabras insultantes que una persona podría llegar a recibir. Por supuesto, Omalie no quería que nada malo le sucediera, fue por eso que reprimió sus sentimientos y se alejó.

Tal vez una nueva vida lejos de Hordáz lo ayudaba a “sanar” su incurable “enfermedad”.




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