La Reina de Hordaz

38. Una alianza de sangre y fuerza (Parte 3)

—Te han liberado de los terrenos de Hordáz —el general continuó—. Has regresado a la vida y huido de las manos de tu sobrina. He venido para hablar contigo y con tu liberador sobre una posible alianza.

—¿Alianza, contigo?

—Suena a un disparate, lo sé, pero si tan solo escucharas… —a Básidan se le fueron las palabras cuando Olgha le tendió la mano.

—Usted quiere hablar, y nosotros lo vamos a escuchar. Pero primero, tiene que saber que fui yo quien rescató a la Culebra de los calabozos de la reina. Mucho gusto general Kendrich, me llamo Olgha Rehjel.

El general abrió los ojos como platos. Realmente no se esperaba aquella respuesta. Y sin más, fueron invitados a pasar.

—Es un cazador de brujas, pertenece al clan de los «CB», y si tengo que recordarte que fueron ellos quienes me enviaron al Foso de David, no perderé el tiempo para hacerlo —Hidran se aferró al brazo de ella y le susurró casi en el oído.

—Tienen a Soren, Daghmar no los ha atacado, y no creo que sea el mismo hombre que te encarceló hace más de veinte años.

—No le quites los ojos de encima, Olgha, no quiero sorpresas.

Dentro de la casa, Básidan se permitió admirar los diferentes cuadros que colgaban de las paredes. Surcea e Idvo se sentaron juntos, y Surcea aprovechó para tomar al hombre de la mano.

 

—Solo te diré que él te observa con la misma frenética pasión que tú.

 

La Corniz evocó las sinceras palabras del general.

—Idvo, necesito decirte algo.

—¿Justo ahora? Me estoy muriendo de miedo y a Básidan no parece importarle. Estamos en la casa de la Culebra, a merced de lo que él y esa bola de brujos quieran hacer con nosotros, y para colmo, ni siquiera estamos en Circe para que nuestras muertes puedan ser acusadas como un delito.

—Básidan confía en su instinto.

—Lo sé, y ese mismo instinto nos enviará a la muerte.

—Olvídate de Básidan y préstame atención. Quiero decirte que…

—General de los Caballeros Blancos, ¿o preferiría que le llamase por su nombre? —Olgha e Hidran se abrieron paso en la habitación. Juntos, ambos parecían reyes de antiguas baladas medievales.

—Como a usted mejor le venga.

—Dejemos de lado las formalidades —Hidran tomó la palabra, y aunque una parte de él estaba que hervía de rabia, la otra entró en un bucle de distracción cuando notó la mirada juguetona de Olgha. No cabía duda de que a ella le encantaba verle tomar el control—. Hablaste de una posible alianza, y has traído contigo a una de las más grandes bestias de Zervogha.

—Destruir la Espada Carver, eso es lo que quiero.

Los brujos se miraron, y Olgha habló:

—Creo que usted, general blanco, sabe muchas más cosas de las que aparenta.

—Igual que ustedes, al parecer.

—Bien, háblenos de lo que sabe, pues al fin de cuentas es usted quien está buscando nuestra alianza.

—Ileana Barklay ha tomado el mando de Hordáz, por testarudez de alguien, y eso nos ha enviado a un pozo sin fondo. La reina no ha dejado de matar gente, y eso es solo el preludio de lo que continuará creciendo. Tú lo sabes Hidran, sabes que el poder de la espada no se detendrá hasta consumirla por completo.

—¿Qué sabes de la Espada Carver? —le preguntó Hidran.

—La leyenda de los brujos y de la isla. Circe, Angélica, Rowan, Valerie, Edian y Regina. Edian, el único sobreviviente que se enfrentó a los Rumass, que despertó a Daghmar y terminó con aquella masacre. Porque más que guerra, fue un holocausto pensado para erradicar la magia del mapa.

—¿Y sobre los dragones? —preguntó Olgha.

—Krettho, Ulka, Daghmar, Soren y Kinabraska, los antiguos reyes que alguna vez gobernaron Zervogha pero que fueron condenados a vivir como bestias para el resto de su existencia. Controlados por los amuletos que erróneamente dieron como ofrenda: la moneda, el pendiente, el brazalete y… —Básidan apretó los puños y finalmente los mostró— el collar y el anillo.

Hidran y Olgha se estremecieron, pues entre los dedos enguantados del hombre brillaban majestuosos el collar de Soren y el anillo de Kinabraska.

—Ileana controla a Kinabraska porque tiene la espada Carver, pero mi esperanza es que cuando el dragón sienta el poder de su amuleto, aquel vínculo se rompa. Si logramos conseguir los cinco amuletos, podríamos destruir la espada, y Lelé regresaría a ser la misma.

—¿Quieres traer a Ileana de vuelta? —la voz de Hidran fue diferente, más preocupada y hogareña.

—El poder de la espada terminará matándola…

—Aunque la trajeras de vuelta —Básidan agradeció que Olgha no lo dejase continuar—, Hordáz querrá ejecutarla por todos los asesinatos y destrozos cometidos.

—No lo harán —hasta Idvo y Surcea devolvieron sus miradas hacia Hidran—. Si Ileana volviera a ser la misma de antes… Yo me encargaría de sacarla de Hordáz y ponerla a salvo, pero para ello tendría que dejar la corona.




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