La Reina de las Máscaras

Señal del bosque

Narrado por Aitana

Varios días después, sentía que por fin encajaba en aquel sitio. No podía evitar andar con las botas otra vez llenas de lluvia y la cabeza más llena todavía. Día a día, la rutina había empezado a escribirse sola: amanecer, nudos, rastros en barro, sogas que queman, respiración al compás de las órdenes. Villarejo de los Pinos se sacudía cada mañana como un perro mojado —golpes de martillo, olor a hierro tibio, voces que se sabían necesarias— y yo me iba creyendo, a fuerza de repetirlo, Eliraen, la hija de una exploradora que aprendía a no mirar el suelo cuando el miedo quería bajarme la cara.

Esa mañana Rurik repartía órdenes breves; Liora doblaba mapas con la precisión de quien dobla heridas; Thane hacía equilibrio con una daga sobre los nudillos, convencido de que el mundo existía para entretenerlo. Yo ya podía tensar la soga sin que me temblaran los dedos… pero cada vez que el bosque callaba, mi cabeza volvía a la brújula, al broche, a las ruinas y a todas las piezas que todavía no encajaban.

El murmullo cambió cuando se oyó un silbido en el borde del pueblo. Varias cabezas se alzaron al mismo tiempo. Un pequeño grupo de exploradores entró por el camino norte, cubiertos de barro hasta las rodillas. Al frente venía el viejo de barba entrecana, hombros anchos, ojos que habían visto más inviernos que todos nosotros juntos. Lo reconocí: el mismo que, la primera vez que me planté en esta plaza con la capa de Elira, había dicho “Se parece… demasiado”.

Rurik fue hacia él sin ceremonia. Se apartaron unos pasos, lo justo para que nadie leyera en sus labios. El viejo —después supe que lo llamaban Maese Dorek— habló en voz baja; Rurik no interrumpió. Solo asentía, cada tanto, con la mandíbula dura. Cuando terminaron, Dorek me buscó con la mirada, como si hubiera tenido ese objetivo desde que cruzó la empalizada.

—La hija de Elira —dijo, ya frente a mí, sin una pregunta de por medio.

Tragué saliva por reflejo.
—Eliraen —corregí con suavidad, como si el nombre prestado tuviera esquinas—. Estoy… aprendiendo.

Dorek me miró los pies primero (mal nudo en el cordón derecho), luego las manos (callos nuevos que no tenía hace una semana), después los ojos (torpemente velados por la máscara vieja). Chasqueó la lengua.

—Eliraen, hija de Elira —escuchar ese nombre en voz alta me provocó un extraño vacío. Como si una parte de mí recordara algo que el resto todavía no sabía.

—Aprender se hace con los codos, no con la lengua —gruñó, y señaló un claro húmedo a un costado—. Ven. Veremos si Rurik gasta sus noches de gritos para algo.

No pedí permiso. La parte de mí que ya confiaba dio un paso al frente; la parte que temía no estar a la altura se quedó un segundo atrás, agarrada al cordón mal atado. Rurik no dijo nada; solo inclinó un milímetro la cabeza, que en su idioma significaba: que el barro te enseñe. Tragué aire, ajusté la vara entre las manos y, con el corazón haciendo ruido de tambor, elegí avanzar.

El claro se abría entre los pinos como una respiración del bosque: húmedo, cubierto de hojas viejas y con el suelo marcado por huellas circulares. Había entrenado allí un par de veces antes —mal, con torpeza y más miedo que fuerza—. Recordaba las sogas enredándoseme en los tobillos, los cuchillos cayendo donde no debían, las risas contenidas de Thane al fondo. Pero ese día, todo parecía distinto. El aire olía a tierra viva, el barro brillaba como si esperara ver algo digno de quedarse.

Dorek lanzó al suelo un saco de tela. De su interior cayeron estacas cortas, sogas, dos cuchillos de monte y una vara pulida.
—Defensa de base —anunció—. Primer principio: no eres una estatua. Si no sabes hacia dónde atacar, al menos sabrás hacia dónde no te van a clavar.

Quise hacer una broma para aflojar la garganta, pero se me quedó atascada.
Él me puso la vara entre las manos. Pesaba menos que mi miedo.

—Guardia baja —ordenó.
Yo obedecí.

—Paso atrás, diagonal —ordenó.
Obedecí tarde.

—Otra vez —dijo, y esta vez mis pies se acordaron de moverse.

No hubo paciencia solemne en su enseñanza. Hubo barro. Hubo correcciones con dos dedos en el codo, un golpe seco en la rodilla para que flexionara, un “no mires al suelo, el suelo ya sabe dónde está.”

Cuando corrigió mi postura, noté que sus instrucciones eran tan naturales en mi cuerpo que no parecían aprendidas. Movía los brazos como si los recordara de alguien más

Empezamos con la vara, pasamos a la soga (enrollar, atraer, soltar), terminamos con el cuchillo de madera. El primer cruce me rozó el antebrazo. El segundo me despeinó el orgullo. En el tercero, por puro instinto, giré la muñeca y desvié su golpe hacia el vacío.

Dorek no dijo nada al principio. Luego asintió leve, bajando el mentón.
—Elira movía así —murmuró—. Brazo firme, pero sin dureza. Recuerda eso: si bloqueas, que sea para abrir. Si cedes, que sea para morder después.

Mi respiración se trabó. Asentí como si supiera exactamente de qué hablaba.
Lo seguí en silencio, repitiendo sus órdenes con la obediencia de quien quiere mantener vivo un disfraz. Imitaba, copiaba, adivinaba. Y sin embargo, cada vez que la vara chocaba contra la suya, sentía algo en las manos: un eco, un reflejo, como si esa fuerza no fuera completamente mía.

—Eso —dijo al fin, y no sonó a caridad.

Lo repetimos hasta que los brazos me ardieron. En un punto dejé de escuchar las voces de la plaza: solo existía el ritmo de los pasos y el aire que cortaba el borde de la vara.

—Otra vez —pidió Dorek, y yo respondí sin pensar.

Fue entonces cuando, por primera vez, anticipé su movimiento. La vara vino alto; yo amagué a cubrir, bajé medio palmo, enganché con el filo de madera y entré con el hombro. Dorek cedió el peso un instante (solo un instante), lo suficiente para que mis botas no resbalaran.




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