La Reina de las Máscaras

Sello del destino

Narrado por Aitana

El amanecer llegó sin avisar, empapando el campamento con una luz gris. Los exploradores ya estaban en pie, revisando sogas y afilando cuchillos. Yo apenas había dormido.
La brújula seguía sobre mi mesa, apuntando al norte como si no supiera hacer otra cosa.

“Cuando la corona se pierda en sombras…”
La frase no me dejaba respirar. Si esas palabras estaban también en la etiqueta del vestido, el vestido no era un simple adorno. Era una clave. Una pieza de esa profecía que parecía tejerme sin permiso.

Me puse la capa de Elira, la máscara vieja y la decisión en el mismo gesto.
Esa mañana no quería ser una exploradora más. Quería ser alguien que recupera lo que le pertenece.

Rurik notó mi inquietud antes de que dijera una palabra.
—No empieces el día con esa cara —gruñó, ajustándose el cinturón—. Pareces una que va a desafiar órdenes.
—Solo pienso.
—Eso es lo peligroso —respondió, clavando el bastón en la tierra húmeda—. Si vas a pensar, piensa en volver viva.

Le conté lo que había escuchado en el mercado: un grupo de bandidos había sido visto más al norte, cerca de las rutas comerciales. Algunos decían que robaban telas, joyas y vestidos finos para venderlos a traficantes del este.

Cuando dije “vestidos finos”, Rurik levantó la mirada.
—No me digas que crees que el tuyo está entre ellos.
—No lo creo. Lo sé.

Él soltó un resoplido y me hizo una seña para que lo siguiera. Nos apartamos del resto hasta una mesa de troncos a medio cubrir por una lona. El sonido del campamento quedó atrás, reemplazado por el murmullo del bosque.

—Dime la verdad, Eliraen —dijo al fin, cruzando los brazos—. ¿Qué te importa tanto ese vestido?

Tragué saliva. Podía mentir. Podía fingir que era simple curiosidad.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que necesitaba que alguien me creyera, aunque no supiera toda la verdad.

—Era de mi madre —dije, bajando la voz—. Lo único que me quedó de ella antes de… antes de no volver más. Lo robó alguien de la cabaña donde estaba cuando llegué aquí. No vale por su tela, sino por lo que guardaba.

Rurik me observó largo rato, sin moverse.
—¿Lo que guardaba? —preguntó al fin.
—Recuerdos. —Forcé una sonrisa débil—. Y los recuerdos pesan más que las armas, ¿no?

Por un momento, creí que se burlaría. Pero no lo hizo. Sus ojos se suavizaron, y el gesto duro de su mandíbula cambió apenas.
—Tu madre debía ser alguien valiente. —Apoyó una mano sobre la mesa, pensativo—. Y los valientes suelen dejar hijos testarudos.

—Entonces acertó —susurré.

Él soltó una risa seca, casi un gruñido, y bajó la voz.
—Hace unas semanas atrapamos a un comerciante en la ruta del norte. Juraba que no tenía nada que ver con los bandidos, pero sus registros decían otra cosa. —Hizo una pausa, mirando alrededor para asegurarse de que nadie escuchara—. Se llamaba Kael Vorn. Nadie sabe dónde está ahora. Algunos dicen que trafica con objetos robados. Otros… que vende cosas que no deberían existir.

El nombre cayó como una piedra en el agua.
—¿Crees que él podría tener mi vestido? —pregunté.

—O saber quién lo tiene. —Se enderezó, y su voz volvió a endurecerse—. Pero escúchame bien, Eliraen: ese hombre se esconde entre sombras más densas que este bosque. No vayas tras él. No hagas una locura.

Lo dijo con la seriedad de quien ya ha perdido demasiada gente.
Pero su advertencia llegó tarde.
Yo ya la había decidido.
Rurik lo notó, lo leyó en mi cara, y suspiró.
—Tienes los mismos ojos que los que no escuchan razones —murmuró.

Y aunque quiso seguir hablando, ya era inútil.
Porque la locura, esa que él temía, ya me había elegido a mí.

Salí antes del mediodía, siguiendo la brújula.
El bosque estaba mudo, como si esperara algo.
Las ramas parecían cerrarse detrás de mí, sellando cada paso.
El aire olía a hierro y a hojas rotas.

Sabía que lo que hacía era una locura. Lo sentía en cada músculo tenso, en cada paso que me alejaba de Villarejo. Pero también había algo dentro de mí que no sabía obedecer.
Tal vez era terquedad, o miedo a quedarme quieta.
O esa absurda necesidad de encontrar respuestas, de no seguir siendo solo una sombra que huye.

Había empezado fingiendo ser exploradora, pero ahora la mentira me pesaba como verdad.
Los mapas, la brújula, los rumores… todo formaba parte de un mismo llamado.
Y si el bosque tenía una voz, esa voz me decía: “sigue”.

“Solo quiero una señal”, murmuré. “Solo una.”

No hubo señal.
Solo barro, cansancio y el sonido irregular de mi respiración.
Hasta que la oí: una carreta.

Me escondí tras un tronco.
Eran tres hombres, con capuchas y ropas ásperas, los rostros apenas visibles entre sombras.
No parecían exploradores. Ni campesinos.
Sus movimientos eran calculados, seguros, como los de quienes viven lejos de la ley.

En la parte trasera del carro, entre mantas y cajas, brillaban trozos de tela fina.
Una esquina roja, un pliegue familiar.
El corazón me dio un vuelco.

Mi vestido.

El instinto me gritó que retrocediera.
La razón me rogó que lo hiciera.
Pero algo más —algo que no sabía si era coraje o simple desesperación— me empujó hacia adelante.

Esperé a que se alejaran y los seguí.
No sabía cómo, ni para qué. Solo sabía que tenía que hacerlo.

La brújula temblaba en mi mano.
La aguja se movía apenas, como si dudara de mi cordura.
Entonces lo vi: en uno de los tablones de la carreta ...tallado con precisión, estaba el símbolo de un puente de tres arcos sin la estrella central, casi idéntico al del broche que aún guardaba. Casi. Era el mismo emblema que había visto una y otra vez: el puente de tres arcos. Pero allí, tallado en la madera, no significaba nobleza ni memoria… significaba peligro




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