La Reina de las Máscaras

Aroma en las brasas

Narrador

Vibraba Corvian a la hora en que el carbón despierta y los portones de carga rechinan. Las callejas, trazadas como cicatrices viejas, dejaban pasar un viento con olor a vino agrio, cuero mojado y pescado salado. Las fachadas guardaban toldos bajos, cuerdas con paños secándose y cajas apiladas con marcas que nadie admitía haber visto. En los patios traseros, los hornos resoplaban como animales grandes: tragaban leña y devolvían calor en un aliento parejo, domado a fuerza de oficio.

Detrás de una puerta con bisagras cansadas, la cocina del Mesón del Laurel Rojo hervía en un idioma sin palabras: cuchillos golpeando tablas, cazos que cantaban breve, cucharones que probaban y volvían a empezar. El suelo, gastado por miles de pasos, conocía la coreografía mejor que cualquiera.

Ella estaba allí, nueva y antigua a la vez, con una capa sin nombre colgada de un clavo y un delantal prestado que no terminaba de pertenecerle. Nadie la llamaba Aitana. Nadie la llamaba Eliraen. Aquella mañana, cuando la jefa de cocina preguntó “¿Cómo te digo?”, respondió sin vacilar, como si el nuevo nombre fuese un puente tendido sobre un río demasiado hondo:

Aria.

Aria aprendía deprisa lo que el cuerpo recordaba sin explicación: encender brasas ahogadas con poca leña y mucha paciencia; domar el hervor para que la sopa no hablara demasiado; cortar en diagonales que parecían pura estética y eran, en realidad, un pacto con el fuego. En otra vida no habría sabido hacerlo. En esta, sus manos se movían como si ya hubieran vivido cientos de cocinas.

La jefa —Maela— era una mujer de brazos fuertes y mirada que medía. Observaba sin adornos. A veces asentía. A veces negaba. Casi nunca felicitaba. Bajo su mando, Aria pasó de limpiar zanahorias torcidas a ajustar la sal con un pellizco que parecía adivinanza. Con Maela, aprendió la ruta del lugar: dos pasos a la derecha cuando abren horno, uno atrás cuando entra carne, medio giro cuando gritan “plato”.

—Trabajarás mejor si ves —dijo Maela de pronto, deteniéndose frente a ella—. Quítate esa máscara vieja.

Aria obedeció. El aire de cocina le tocó los pómulos; los ojos azules encendieron un murmullo que no llegó a voz, pero se pegó a los azulejos.

Maela no parpadeó. Se fue a un estante, revolvió una caja y regresó con una máscara de tela ligera, color pardo, hecha para atarse tras la cabeza, más ancha en los laterales para proteger del humo.

Ponte esta. Hace juego con el delantal y no estorba el vapor. —La miró un segundo más—. Y baja la vista cuando toque. No des regalos a quien no los merece.

El rumor, pese a la nueva máscara, empezó. En Corvian, los ojos azules eran historia mal contada y profecía mal querida.

Unos días después, Maela anunció sin trompetas:

Banquete de medianoche. Vienen señores con hambre, bolsillos… —y, tras un latido— …y ojos que ven lo que les conviene.

Los cuchillos siguieron su música. Nadie preguntó. En Corvian, las preguntas se enjuagan al final, con agua fría.

Aria, que aprendía a obedecer con la cara y a decidir con las manos, recibió su primera tarea completa: caldo de huesos con raíces dulces y hierbas amargas.

—Que huela a casa y cure el cansancio —dijo Maela.

Para una forastera, “casa” es una mentira verdadera que se construye con memoria prestada. Aria tostó los huesos antes del hervor, acarició las paredes del caldero con el dorso de la cuchara, espumó con paciencia, dejó caer, una por una, tres semillas negras que Maela no había pedido. El vapor cambió de tono; dejó de oler a mercado y empezó a recordar.

—¿Qué le has echado? —preguntó Maela, sin probar.

—Solo… aire de invierno —dijo Aria.

Maela la miró de lado. No insistió.

La puerta de servicio chirrió lo justo para dejar entrar un murmullo de calle. Aria mantuvo la vista en el caldo, pero sintió a los recién llegados: gente que entra por la sombra y deja monedas que no piden recibo. Uno llevaba una caja con una marca grabada: tres arcos sin estrella. No era nobleza. Era el otro significado, el que no se pronuncia con la boca llena.

—No mires —susurró una ayudante, rozándole el codo—. Si miras, ven que miras.

Aria bajó los ojos. La aguja invisible de una brújula, en cambio, giró en su pecho con exactitud testaruda: norte, siempre norte.

Al caer la tarde llegaron vino de grosella, caza en su punto y quesos con iniciales bordadas. Y llegó el encargo de los encargos: pescado en costra de pan para romper en la mesa. Maela señaló a Aria.

Te toca.

El miedo no se vio. Se sintió: pequeño, preciso. Aria amasó con una confianza que parecía prestada y, sin embargo, le pertenecía. La harina respondió como responde el agua a quien la conoce. Recordó, sin querer, una risa lejana, una voz: “más fino el pliegue, menos aire”, dedos marcando bordes como en un mapa. La costra cubrió el pescado como armadura blanda; las hojas dibujadas en la masa eran un adorno y una salida para el vapor. Al horno. Por primera vez desde que llegó a Corvian, respiró.

Aceptable —dictaminó Maela, que en su idioma rozaba la alabanza.

—Lleva ese pan y vuelves sin ojos —añadió luego.

Aria cubrió su cabello, bajó la cabeza y cruzó el umbral. No hay religión en las cocinas, solo fronteras estrictas.

El salón ofrecía vigas viejas y lámparas derramando miel sobre manteles pálidos. La música era una conversación bien educada, sin permisos para llorar. Hombres hablando bajo, nombres que pesaban. Entre ellos, uno no levantaba la voz y, sin embargo, la tenía toda. No llevaba corona —en Corvian las coronas entran disfrazadas—, pero su sombra ordenaba sillas. Joven, mirada limpia como río frío y ese cansancio que deja el deber. Alaric no fue nombrado. No hacía falta.




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