Narrado por Aitana
El amanecer en Corvian tenía sabor a cobre y pan viejo. Las brasas del mesón ya eran solo ceniza tibia cuando empujé la puerta trasera. Maela estaba allí, firme como si llevara horas esperándome.
—Vienes conmigo —dijo, sin dejarme preguntar.
Detrás de ella aguardaban dos hombres con capas claras y manos demasiado limpias para esa parte del barrio. En la mano de uno brillaba un sobre lacrado con un sello discreto: tres arcos y una estrella mínima, apenas un punto. No era la marca de las rutas prohibidas. Era otra cosa.
A media cuadra, un caballo resopló, y una voz tranquila, casi divertida, comentó:
—Que no se enfríe el pescado de anoche. Quiero probar cómo termina lo que empieza bien.
No supe si hablaba con Maela, conmigo o con el destino.
El día todavía no había nacido del todo, pero ya estaba decidiendo hacia dónde me arrastraría.
Me llevaron por callejones estrechos, donde el rocío se mezclaba con olor a vino agrio y sal de puerto. Las ventanas aún cerradas respiraban humo y pan. Pasamos frente a un templo viejo sin campanas, y luego por un canal donde los peces ya estaban muertos antes de llegar al mercado.
Cuando por fin nos detuvimos, el aire cambió de textura: madera encerada, lino seco, silencio caro.
Un salón largo, con ventanales cubiertos por cortinas de lino. En el centro, una mesa sin manteles, dispuesta solo con cuencos, cuchillos y una plancha de hierro. Allí me dejaron.
—Cocina —dijo Maela, y su voz era una promesa y una amenaza a la vez—. Pero recuerda: aquí el fuego habla más que las palabras.
No había ingredientes a la vista, solo una cesta cubierta. Al destaparla, encontré lo básico: hierbas, raíces, un trozo de carne envuelto en hojas. Sin instrucciones. Sin recetas.
Solo el fuego.
Encendí las brasas con calma. El primer humo dibujó sombras en las paredes, y en ellas creí ver rostros: el de mi madre inclinada sobre un cuenco, el de Rurik observando sin admitir ternura, el de Alaric a través de la grieta de una ruina. Parpadeé, y el humo volvió a ser solo humo.
—No hay plato sin memoria —solía decir Maela—. Cocina con la tuya.
Así lo hice.
Doré las raíces hasta que olieron a tierra después de lluvia. Apreté la carne con sal y miedo, dejé que el aceite burbujeara con la impaciencia de los vivos. La mezcla de aromas llenó el salón. El silencio cambió de forma; ya no era espera, era observación.
Supe que no estaba sola.
Levanté la vista.
Detrás del ventanal, tres figuras observaban. Dos de ellos eran los hombres del sello. El tercero no necesitaba presentación. Aunque su ropa era sencilla, había algo en su porte que doblaba el aire a su paso.
Alaric.
El corazón me golpeó las costillas. No debía estar allí. No podía estar allí. Pero lo estaba.
—¿Quién es? —susurró uno de los hombres.
—Una ayudante —respondió Maela.
No me miró, pero su voz cambió apenas, como si me estuviera cubriendo sin mentir del todo.
Seguí cocinando, intentando que mis manos no temblaran. La hoja del cuchillo sonaba como una nota de cuerda. La carne empezó a sellarse, y el olor se volvió más profundo, casi dulce. Un aroma que no pertenecía a este mundo.
Fue Alaric quien rompió el silencio:
—Ese olor… no es de Corvian.
No supe si hablaba para sí mismo o para los demás. Me obligué a no mirarlo, pero lo vi igual. Se había acercado al borde de la mesa. Su sombra tocó mis manos cuando di vuelta al trozo de carne.
—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó.
No podía decir en otro mundo. Así que mentí con la sinceridad que dan los secretos.
—En casa.
—¿Y dónde queda eso? —insistió.
Sonreí apenas.
—Depende de quién me busque.
Su mirada se quedó fija, como si intentara descifrar algo detrás de mis palabras. Maela intervino antes de que el aire se volviera más denso.
—El príncipe no ha venido a interrogar cocineras.
El título me heló. Príncipe.
Lo sabía, claro. Pero oírlo allí, tan cerca del fuego, lo volvió real.
Alaric se apartó, sin disculparse, y dejó que el silencio regresara.
Cuando el plato estuvo listo, lo serví en un cuenco de barro. El líquido era oscuro, brillante, con un aroma que recordaba la frontera entre el hambre y el consuelo. Maela se lo llevó a los hombres del sello. Ellos probaron sin palabras. Uno asintió. El otro no.
El tercero se levantó.
Su sombra se movió como si ya conociera el lugar. No llevaba insignias visibles, pero el aire se tensó a su paso.
—Así que tú eres la del caldo —dijo.
No sabía quién era, pero su voz tenía el peso de quien da órdenes que los demás obedecen sin entender.
—Soy quien lo hizo —respondí.
El hombre observó el cuenco y luego a mí.
—Hay algo aquí que no pertenece a este reino —murmuró—. Y no hablo del sabor.
Me mordí el labio. No entendía si era elogio o amenaza.
Él extendió la mano y dejó sobre la mesa una pequeña piedra negra con el mismo símbolo del sello: tres arcos y una estrella mínima.
—Guárdala —dijo.
—¿Para qué?
—Para cuando el fuego te pida una respuesta.
Su voz sonó extrañamente familiar, como si la hubiera escuchado en un sueño o en otra vida. Había algo en su forma de hablar —una cadencia entre firmeza y calma— que me recordaba a las historias antiguas, a esas que se contaban en voz baja porque podían cambiar destinos.
—¿Qué quieren de mí? —pregunté.
El hombre me observó un instante, como si decidiera cuánto merecía saber.
—Depende —dijo al fin—. ¿Qué buscas tú?
No supe qué responder. Maela me miró con un aviso mudo: cuidado.
Él apartó la vista hacia el plato.
—Esto no es solo comida —murmuró—. Es una memoria. —Alzó la cuchara, probó un sorbo y cerró los ojos—. Y las memorias bien cocinadas tienen precio.
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reinos y princesas, viajes entre mundos, leyendas y destinos
Editado: 12.11.2025