La reina de las tinieblas

Resguardo de los muertos

No hubo respuesta ante ese comentario; el velo aparte de ocultar sus penas también tapaba sus sentimientos.

—¿Me va a dar la oportunidad de juzgarla?

—No…

—Muy bien, entonces, responda mi duda. ¿La amaba?

—Por qué debería responderla.

—Porque solo así podré liberar sus almas pena —respondió con seriedad, superioridad y aura dominante según la ocasión.

Un pequeño viento se asomó, y la mariposa cautiva entre sus manos pidió incansablemente con cantos de ave alejarse.

Spencer noto esto, y aun sabiendo lo extraño del mundo, tomó las manos de la princesa mientras las abría con cuidado para que este animal pudiera volar libremente por los valles verdes de la prisión.

—Es un clima muy acogedor. Ahora creo que su pena eterna siempre se verá acompañada…

Un lamento provino de sus labios, seguido de algunos sollozos, el blanco de su velo, no dejaba ver más allá de su rostro.

Más que unas cuantas lágrimas de sangre.

—¿Se encuentra bien? —inquirió

—¿Sí llora sangre y espinas se sentirá mejor? —devolvió la pregunta

—Yo… —bajo su mirada intrigado por lo que veía, en vestido de novia ahora tenía pequeñas espinas de rosa —yo creo que, si siento espinas recorrer mi sangre, y si mis ojos las tirasen sentiría una enorme paz

—¿cómo podrías hacerlo? —volvió a preguntar

Spencer se agachó a la altura de sus rodillas, observa desde abajo el velo y con sus manos sostiene las espinas qué caen de los ojos de la princesa.

—Llámame loco

—Todos están locos.

—Pero no todos sienten mi locura, siento como en mis vasos sanguíneos se transportan las espinas de una rosa, son pequeñas. Pero siento como rasgan cada tuvo y finalmente me desangro… una mañana lo vi, vi como mis ojos lloraban lo que usted ahora llora

La palma de su mano sangraba, las espinas que han de caer sobre la corteza dura de su mano encallada por el trabajo, rebotan entre su dureza.

Aquella princesa vio en los ojos del príncipe una esperanza desconsiderada.

—No, yo no amaba a mi gemela. Me daba Miedo, y la odie por meterse con mi príncipe. No sabe el dolor que causa ver a la persona que más en brazos de otra jurarse amor eterno. —Se justificó ella cubriendo sus ojos con sus manos por encima del velo

La tela se manchó de su sangre, y desde la raíz del pelo de la princesa Isabel, su cabello se empezó a caer en largos mechones; Spencer lo noto tiempo después.

Levantó la cabeza, impresionado.

El velo, ahora más viejo y desgastado de lo normal, revelo el rostro putrefacto de la princesa, en tonos amarillentos, y verdoso propios de un cuerpo en disposición, mostrando a su vez partes de su cráneo rotó y cristalizado.

Dejando al descubierto una parte de su cerebro, sus ojos eran normales, pero su nariz dejaba al descubierto el hueso y sus pómulos, la ligera capa de piel sobre ellos, eran un desastre.

Luego vino su alargada boca, cuya mandíbula se desprendió de su cráneo y se mantenía firme con la piel seca.

Spenser se asustó por unos segundos, la respiración pesada que gobernaba sus sentidos impacto sobre él e tal manera que el temor de su cuerpo se hizo presente por ver el verdadero cuerpo de la difunta Isabel.

Ella se levantó, dio dos pasos y la cadena que sujetaba su tobillo tembló, el piano se corrió; el dolor en su cuerpo la abatió.

De la tierra espigas de espinas negras brotaron, con los tallos más gruesos qué sus ojos mortales hayan visto. En la punta de cada ramificación la cabeza de un bebé con sus rasgos físicos se movía cual serpiente, con marcas de sus venas en la frente, colmillos en su boca y los ojos más grandes que haya podido apreciar en un infante.

Estas criaturas tomaron el cuerpo de Isabel envolviéndola por completo, las espinas perforaron su cuerpo. Y los bebes se posaron frente a sus ojos, mientras movían su cuello.

Para asegurarse que no girara la cabeza, también apretaron su cuello.

Spencer, aturdido por las criaturas se levantó del suelo, corriendo a pasos largos, la llanura qué se había mantenido plana tras caminar, cambio de forma a una más empinada cuando el décimo paso penetro en el césped.

Perdió el equilibrio rodando por la colina, aquella que parecía tener una corta distancia, terminó llevando al príncipe a otra parte de la prisión.

Sus manos sirvieron de apoyo antes de que su rostro chocara contra una hierba seca con rocas al rededor.

Con la cabeza baja y el cabello alborotado, Spencer levantó la cabeza con lentitud, sumido en el miedo.

Sus ojos buscaron la compañía de algún alma, pero no hay nada más que un bosque marchito como el de los muertos.

No podía asegurar si había salido de aquella cárcel, pues, aunque los pequeños detalles habían sido especialmente pensados para distraer la mente del príncipe, él siguió su camino con lentitud.

Dando pasos cortos sin apartar la mirada de los árboles muertos del valle, o del cielo grisáceo.

No había alma que contemplar su curiosidad, ni siquiera la de un animal.

El crujir de algunas ramas tras pisarlas era el unció sonido que resuena entre aquel monte.

Su mirada baja, sigue sus pies con debilidad, no tiene otra razón para continuar con la firmeza de su cuerpo, ante tal deleite sentimiento de angustia.

Estaba perdido, no sabía a donde ir, o que hacer, después de horas caminando finalmente comprendió qué no había recorrido tantos kilómetros, que el tiempo funcionaba diferente, que incluso su martirio era seguir a un lugar que no existía.

Reposo su cuerpo sobre un tronco, acostado sobre la maleza con la cabeza finamente apoyada sobre la superficie de madera hueca qué había encontrado, junto las piernas llevándolas con un leve movimiento hacia arriba a su pecho, pegó sus manos a los labios mientras suspiraba hacia ellas y entraba en calor.

El frío se hizo equivalente al temblor de su cuerpo.

Por más que tratase de calentar sus manos, sus extremidades seguían frías conservando aquel dolor propio el cuerpo humano ante un sofocante invierno.




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