Llevaron a Spencer a la cabaña, una pequeña choza fría, oscura, con las ventanas con tierra en los bordes, los pisos de madera estaban podridos por lo que era fácil encontrar un agujero sobre el suelo.
con el cuerpo moribundo de Spencer, lo recortaron sobre una cama, la piel pálida por la falta de luz alertó aún más a los demás.
—¿Qué fue lo que paso? —la dueña de la casa se acercó a él examinando el cuerpo por encima —llamen a la enfermera —giró la cabeza por encima del hombro observando ambos hombres
Ambos saliendo de la cabaña, buscando entre calles de piedra una cantidad a bruta de bichos.
La mujer que se quedó con Spencer, le quitó la camisa rasgándola, la tela cedida guiada por la falta de lavado se rompió con la sencillez de su tacto. Analizó su pecho buscando marcas sobre su corazón, encontrándose con una línea negra perforada sobre su piel, inflamada, morada y muerta.
Entre las venas qué se alcanzan sobre su piel, espinas puntiagudas sobresalen de ella, son pequeñas puntas qué han de lastimar su piel, formando a los alrededores puntos hinchados qué se distribuyen por todo su cuerpo.
Atraída y aterrada por esta misma situación, le quitó las mangas a la camisa con un cuchillo, rasgando la tela hasta que la misma se cayó, desde las puntas de sus dedos, el negro se apodera de sus manos, y en la muñeca una rosa negra hace su aparición extendiéndose de sus venas hasta rozar su piel con sus pétalos.
Su tallo se extiende hasta su pecho, creando ent5re conexiones con las venas, las espinas.
El temor en su mirada es penetrante, sus manos tiemblan tras sujetar su muñeca, guiada por un instinto la soltó con brusquedad caminando a paso lento hacia atrás sin dejar de ver el cuerpo moribundo del príncipe.
La puerta es azotada, creando un estruendo que alerto a la dueña de la casa quien debido a la impresión se llevó las manos al pecho girando su cuerpo buscando con la mirada quien había entrado de una manera tan a bruta; la enfermera fue la primera en asomarse bastaron algunos pasos para tomar a la dueña de la cabaña de los hombros.
—¿Que tienes, porque estás tan pálida?
Ella no hablo, solo señaló el cuerpo que tenía en frente.
—Santo….
No fue capaz de responder, el estado de aquel joven era tan demacrado que dudaban que estuviera vivo.
—¿Lo vieron salir de la tierra? —inquirió preocupada
—Así es.
La enfermera negó con la cabeza.
—No puedo hacer nada por él, ni siquiera quiero tocarlo.
trato de irse por donde vino; sin embargo, los aldeanos la interceptaron y frenaron su paso.
—No puede dejarlo aquí.
—Tampoco puedo atenderlo —dijo —tiene la marca de la reina, no puedo hacer más por él que pedir por su alma
Ante tales palabras, Spencer abrió los ojos, giro el rostro observando como peleaban unos a otros sintiendo frío.
Con ambos brazos cruzados, una mirada desorientadora y los párpados pesados, se dirigió a ellos con un sonido seco en su garganta.
—Podrían bajar la voz —suena cansado y abrumado —quiero dormir
Tras decir aquello, cedió ante los brazos de Morfeo, acomodando su cuerpo con comodidad cuando sus párpados ya no soportaron más, se quedó dormido en cuestión de segundos siendo sus ronquidos la prueba de ellos.
Los aldeanos se miraron unos a otros desconcertado por las acciones prematuros del príncipe, aceptando su pedido, dejando al cuerpo sin una sola manta para cubrirse dormir mientras ellos volvían a la sala de estar.
Cerraron la puerta con seguro, las ventanas ya estaban cerras y con un conjuro en la puerta y sangre de cabras en una X, la enfermera dio por sentada su consulta.
Se dirigió a ellos con las manos juntas, una expresión desoladora y frialdad en su voz.
—No podemos confiar, tiene en su sangre la marca de la reina por lo que debe ser un cómplice de su maldad, si sobrevive esta noche es inocente. Pero si en la mañana se ha ido, es porque ha cedido a la muerte y cuerpo se ha desintegrado —habló a ellos con seriedad —ustedes tienen las memorias de sus antepasados. Léanlas, oren, y pidan al cielo por el alma inocente que ha tomado el demonio que nos gobierna. Llamare al cardenal para que este aquí una vez el sol salga. ¿Alguna pregunta?
—No señora.
—Bien. Nos vemos después, buena noche —ella se retira con un farol en sus manos, cierra la puerta de la cabaña dejándose gobernar por la niebla nocturna qué ha de gobernar en la aldea
Aquella grata y asfixiante bruma, es tóxica para los humanos, por esa misma razón es necesario que usen máscaras con una nariz puntiaguda y gafas circulares qué cubran sus ojos, seguido por el cuero.
Hoy los habitantes de Ibella, se han resguardado bajo sus casas por siglos, ayudados de sus métodos antiguos, pues cada casa y familia siguen sus trabajos desde el día que nacieron, es decir, que una sola familia se encarga de la salud, otra de la educación y posteriormente están los párrocos.
Los campesinos son los menos beneficiados, pues es aquella reina quien los ha limitado de elección y libertad.
En el castillo en que se encuentran las criaturas más magníficas qué hayan pisado esas tierras; las figuras de porcelana escondidas en los arbustos se resguardan bajo la tierra húmeda.
ambos hombres se toman de las manos, ocultos ante los perros huesudo de la reina.
Los esqueletos con dientes de hierro rodean el palacio a sus alrededores.
—Está enojada.
—Mucho.
—¿Aún no hay rastros del príncipe? —preguntó el pequeño francés
—No, por lo visto escapó de la mazmorra, por eso enviaron a los Klattar.
—Santo Karmillo.
Al poco tiempo, azotando los barrotes de hierro que protegen el castillo, llegaron los Klattar, criaturas hechas de espigas de trigo, ramas y tierra… pequeñas, pero poderosas.
Brincando con sus patas de trigo seco, se dirigían a la entrada del castillo donde al deslizarse debajo de la puerta lograron entrar sin ningún problema. Lizabeth quien los esperaba en la sala de estar con sus dedos acariciando la madera de su brazo observaba desde su ventana la aldea a lo lejos envuelta por la niebla.
#355 en Terror
#3592 en Fantasía
terror fantasia oscura misterio suspenso, terror misterio sangre, reina y principe
Editado: 18.03.2026