La reina de mi corazón

Conociendo a la chica pelirroja

Capítulo 1

Era un día gris, de esos en los que el cielo parece llorar sin detenerse. Demian, quince años, estaba sentado en el borde de la terraza del sexto piso, los pies colgando sobre el vacío. El viento helado golpeaba su rostro, pero no sentía frío: sentía un hueco inmenso en el pecho, como si se le hubiera roto el mundo entero.««¿Para qué seguir?», pensaba con los ojos hinchados de tanto llorar. «Mi madre ya no está. En casa solo hay gritos y miedo. Mi propio padre me mira como si no fuera nada. Nadie me extrañará. Nadie me necesita.»Se había escapado de sus escoltas, cansado de ser vigilado, de ser un adorno en esa casa de oro y hielo. Estaba a punto de soltarse… cuando escuchó unos pasos suaves detrás de él. No se giró. No le importaba quién fuera.—Oye… ¿de verdad quieres morir? —preguntó una voz dulce pero firme.Demian giró apenas la cabeza. La vio: Isabella, catorce años, cabello pelirrojo que parecía encenderse aunque todo estuviera oscuro, ojos color miel que lo miraban directo al alma, sin asco, sin miedo.—Claro que quiero morir —respondió él, con voz rota. «¿Qué sabrá ella de dolor?», pensó con amargura.! Ella no retrocedió ni un milímetro. Lo sostuvo con la mirada y le dijo, palabra por palabra:—Entonces ve a morir a otro lado. No quiero ver a nadie morir enfrente de mí.Y en un movimiento rápido y valiente, lo agarró con todas sus fuerzas de la camisa y lo tiró hacia atrás, haciéndolo caer sobre el suelo de granito.Demian quedó tendido, aturdido, con el aire cortado y el corazón a punto de salírsele por la boca. No sentía el golpe. Sentía algo mucho más fuerte: por primera vez en su vida, alguien le importaba lo suficiente como para detenerlo.«¿Quién eres? ¿Quién eres tú que me miró y me ordenó vivir?», se preguntaba con el pecho apretado.En ese instante resonaron voces furiosas en la escalera: venían por él. Isabella miró hacia la puerta, luego a él, y le dijo con rapidez:—Iré por ayuda. Espera aquí.Y salió corriendo.Demian se levantó de un salto y quiso correr tras ella, pero las puertas se abrieron de golpe y aparecieron sus escoltas, pálidos y aterrorizados. Lo rodearon de inmediato.—¿A dónde se fue la chica que estaba aquí hace un momento? —les exigió, desesperado.El escolta palideció aún más y lo miró con preocupación:, —¿Señorito? ¿Está bien? ¿No se habrá golpeado muy fuerte en la cabeza? Aquí no hay nadie. Solo usted.«¿Que no hay nadie?», pensaba Demian, con el pecho apretado. «Pero me prometió que volvería. Me dijo que esperara…»Mientras tanto, Isabella corría escaleras abajo sin detenerse, con el corazón golpeándole tan fuerte en el pecho que creía que se le saldría por la boca. No miró atrás. No sabía si él la esperaba. Solo sabía que necesitaba llegar a casa.Entró casi sin aire, cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella, temblando toda. Su madre estaba en la sala y al verla así se acercó de prisa.—¿Isabella? ¿Hija mía? ¿Qué te pasa? Estás pálida como el papel, ¿sucedió algo?! Isabella tragó saliva, apretó las manos para que no le temblaran tanto y mintió, aunque sentía que le quemaba la verdad en la garganta:—Nada, mamá… solamente estaba paseando. Nada más.Su madre la miró un instante, como si no estuviera segura de creerle, pero luego le acarició el rostro suavemente.—Está bien, si tú lo dices… Pero procura no alejarte tanto, ¿sí? Tu padre va a entrar pronto. Está en el campo ahora.Isabella asintió, bajó la mirada y se abrazó a sí misma. «Espera aquí», le había dicho. Y él esperaría. Pero ella no volvería. No sabía su nombre, no sabía quién era… y su padre estaba por llegar. Todo se le había salido de las manos.




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