La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE II: BAJO TORTURA - CAPÍTULO 14

¿Por qué todo había salido tan mal? Acurrucado en el piso de la celda, apretando la raída manta contra su cuerpo con su mano libre, Liam repasó el último día antes de llegar a Caer Dunair en su memoria, buscando sus errores, tratando de entender.

***

Llevaban ya cinco días viajando desde Strudelsam cuando llegaron a Vikomer, la última ciudad a la vera de la Vía Vertis antes de desviarse hacia el oeste para llegar a Caer Dunair. Todos estaban de buen humor porque el viaje que había comenzado de forma tortuosa y con innumerables peligros e incomodidades, se había convertido en un viaje casi de placer. Con los caballos que habían comprado en Strudelsam con el dinero de Bernard, el avance por la Vía Vertis se desarrolló sin problemas y de una manera mucho más rápida y cómoda. Las numerosas ciudades enclavadas a lo largo del camino principal del reino de Agrimar les proveyeron con alojamientos más que apropiados y ya no tuvieron que acampar a la intemperie.

Vikomer era la última ciudad grande antes de llegar a la frontera con el reino de Istruna, por lo que la circulación de las monedas del reino vecino era más asidua y los comerciantes no tenían problemas en aceptarlas al valor real. Eso hizo que las últimas monedas de Bernard rindieran mejor a la hora de pagar por servicios de alojamiento y comida para ellos y para los caballos.

—Los caballos ya están instalados en los establos —anunció Bruno, sentándose a la mesa con sus amigos en la sala común de la posada El Refugio del Rey.

La posada llevaba ese nombre porque su dueño afirmaba que el mismísimo rey de Agrimar se había alojado allí en un tiempo remoto, refugiándose de sus enemigos durante una batalla que nadie recordaba y que probablemente era ficticia, como toda la historia. Pero aunque la anécdota fuera falsa, la posada ofrecía un ambiente limpio, ricamente decorado y espacioso, que era en verdad digno de un rey. La comida era excelente y las habitaciones eran amplias y confortables, con sus propias chimeneas, salas de baño privadas y suaves sábanas de fino algodón.

—Es una suerte que nuestro dinero valga más aquí que en el sur —comentó Bruno—, de otra manera, no habríamos podido pagar un lugar como este.

—No —dijo Sabrina—, la suerte es que Bernard haya tenido en su posesión esas monedas. El dinero de Marakar no es bien recibido en Agrimar, y la sola posesión de una moneda con el rostro de Ariosto nos hubiera valido un arresto por traición.

—¿De dónde las sacaría Bernard? —se preguntó Augusto.

—Mi padre ha tenido trato con embajadores de Istruna en su palacio de forma sostenida en estos últimos meses. Creo que Bernard pintó unos retratos para ellos.

—Parece que los cobró bien —comentó Bruno.

—Bernard es un pintor muy bueno. Sus obras están en las moradas de muchos nobles en Marakar y en el extranjero. Sus retratos son especialmente apreciados —dijo Sabrina.

—Oh, aquí viene la comida —se frotó las manos en anticipación Liam al ver al mozo acercarse a su mesa cargado con platos y jarras.

El muchacho fue depositando los platos delante de los comensales con gran gracia y delicadeza, como si estuviera sirviendo a los más altos dignatarios de Agrimar.

—Gracias, joven —le dijo Bruno, deslizándole disimuladamente un penique de cobre en la mano como propina.

—Gracias a usted, señor —hizo una reverencia el mozo.

—Solo asegúrate de que mis amigos y yo estemos bien atendidos durante nuestra estancia y serás bien recompensado —le guiñó un ojo Bruno.

—Desde luego, Señor —hizo otra reverencia el muchacho y se alejó feliz.

Bruno había usado la misma estrategia en todas las posadas donde habían estado. Su objetivo no era congraciarse con los sirvientes para obtener mejor servicio de habitación, sino para obtener información. Información sobre la ciudad, sobre los demás huéspedes, y especialmente sobre cualquiera que mostrara algún tipo de interés en el grupo de extranjeros viajando hacia el norte por la Vía Vertis. Mientras los demás se habían relajado durante el viaje al ver que habían escapado definitivamente de sus perseguidores, Bruno se mantenía siempre atento, siempre desconfiado, siempre alerta. Pero aun con todos sus recaudos y tácticas de su experiencia detectivesca de otro mundo, Bruno no había descubierto nada sospechoso hasta ahora. Eso, en vez de tranquilizarlo, lo inquietaba más, porque para su desconfiada naturaleza, la ausencia de espías vigilándolos solo significaba que eran demasiado buenos para ser detectados por él.

—Agrimar parece un reino mucho más próspero que Marakar —dijo Augusto—. Sin ofender —agregó enseguida, dirigiendo una mirada a Sabrina.




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