La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE III: BAJO INSTRUCCIÓN - CAPÍTULO 36

Jadeando, Sabrina se detuvo un momento para enjugarse el sudor de la frente con el puño de la camisa y luego reemprendió su carrera. Sus pasos dejaban un rastro claro de huecos de pisadas en la blanda arena del interminable desierto. Miró hacia atrás, pero nadie la seguía. El sol, fijo en el cenit de forma antinatural, no le permitía saber si habían pasado minutos u horas, y calentaba su desprotegida cabeza con inclemencia. Siguió corriendo. Esta vez, lo lograría.

En la lejanía, vio por fin algo, algo que sobresalía en la desnuda planicie sin fin. Apuró el paso.

—¡Maldición! —gritó con frustración al ver de qué se trataba—. No puede ser —meneó la cabeza.

Aminoró su marcha y arrastró sus cansados pies con resignación hacia el enorme pilar de piedra. Al acercarse más, pudo distinguir tres figuras a su alrededor: Augusto estaba acostado en la arena, con los ojos cerrados; Dana estaba sentada, con la espalda erguida y las piernas cruzadas al frente, en el mismo estado de trance en el que la había visto al irse; Bruno había atado una de las mantas al pilar para formar una especie de techo y así poder refugiarse del despiadado sol.

Esta era la tercera vez que Sabrina escapaba del grupo que había considerado de amigos pero que ahora veía como captores. Las primeras dos veces, ellos la habían perseguido, obligándola a volver, pero esta vez ni siquiera se habían molestado en tratar de seguirla. La razón de que la hubieran dejado marcharse sin objeciones era que en aquel extraño lugar, todo convergía en el pilar de piedra, la única marca en todo el arenoso y caliente paraje. No importaba hacia donde caminaran, no importaba que tan rápido corrieran o hacia qué dirección, eventualmente, siempre terminaban en el mismo pilar de piedra. Era evidente que estaban en un lugar mágico. Era evidente también que algo había salido mal y que estaban atrapados en aquel inmisericorde desierto, donde el sol siempre estaba enclavado en el mismo lugar en el cielo y la noche nunca llegaba.

El único que pareció interesarse en su llegada al pilar fue Bruno, quien sacudió la arena de la mochila que descansaba a su lado, la abrió y sacó una cantimplora, alcanzándosela:

—¿Ya te convenciste? —le dijo a la chica.

Sabrina tomó la cantimplora bruscamente sin contestar, la destapó y tomó un largo trago de agua.

—Despacio —le advirtió él—. No nos queda mucha agua, y cuando se acabe, estaremos en problemas.

—Has estado diciendo lo mismo por… —Sabrina se detuvo en seco.

¿Cuánto tiempo llevaban allí? ¿Días? ¿Semanas? Era imposible calcular el tiempo con el inamovible sol sobre sus cabezas. El respiro de la noche, que hubiera proporcionado alivio del tórrido calor, nunca llegaba. Y lo que era peor, sus captores parecían haber abandonado toda esperanza y ni siquiera intentaban encontrar la forma de salir de allí. Augusto se la pasaba tirado en la arena, lamentando su cobardía, que había condenado a su mejor amigo a un destino peor que la muerte, incapaz de sobreponerse al hecho de que se había convertido en un asesino en Virmani y en un traidor en Caer Dunair. Bruno solo se la pasaba revisando incontables veces los contenidos de la mochila de las provisiones, obsesionado con racionar la comida y el agua para sobrevivir en aquel inhóspito lugar. Y Dana… Dana solo estaba allí sentada, ida.

Pero la percepción de Sabrina era incorrecta: Dana no estaba solo sentada con la mente ausente, en un estado de pasiva desidia. No, Dana estaba en un estado de trance permanente, tratando de conectar sus canales telepáticos, de lograr una comunicación con Lug, con Calpar, con Cormac, pero por sobre todo, con Liam. El hecho de que no volviera del trance solo significaba que hasta ahora, todos sus intentos habían sido infructuosos. Por un breve momento, le había parecido que lograba llegar hasta Liam, pues la mente del pobre muchacho estaba también en un trance de dolor sin fin que le había abierto una inesperada puerta a su canal. Dana se encontró con que no sabía qué decirle, cómo explicarle… sabía que no podría sostener el canal con él por mucho tiempo, así que decidió solo tratar de confortarlo, de darle fuerzas: Resiste, Liam. Estamos en camino. Te encontraremos. Resiste. Dana sabía que aquellas palabras no eran más que mentiras piadosas en aquellas circunstancias, pero esperaba que ayudaran a Liam a mantenerse fuerte, a no quebrarse.

—Entonces, ¿esto es todo? ¿No vamos a hacer nada más que achicharrarnos sin remedio bajo este calcinante sol? —protestó Sabrina.

—¿Qué más quieres que hagamos? —le planteó Bruno—. ¿Seguir tu ejemplo y gastar nuestras pocas energías corriendo hacia ningún lugar?

Sabrina desvió la mirada hacia Dana:

—Ella nos trajo aquí —la acusó—, y no veo que esté haciendo nada para sacarnos de este lugar.

—Está tratando de pedir ayuda —explicó Bruno.

—Pues no parece estar logrando nada —le retrucó ella—, más que gastar también sus energías inútilmente.

Bruno suspiró y se volvió hacia la Mensajera: su rostro estaba pálido y sudoroso, las manos le temblaban levemente. Parecía como si en cualquier momento fuera a desplomarse. Tal vez Sabrina tenía razón: Dana había estado en el esfuerzo del trance por demasiado tiempo. Se acercó a ella y le tocó una de las rodillas con cuidado:

—Dana —la llamó con suavidad—. Dana, ya es suficiente. Vuelve —le rogó.




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