La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE IV: BAJO INFLUENCIA - CAPÍTULO 55

—No puedo más —gimió Liam, desplomándose contra el tronco de un pino.

El camino de cornisa había terminado y ahora avanzaban entre los árboles de un frondoso bosque de pinos nevados que crecían en la ladera de la montaña.

—Es el veneno. Las cosas se pondrán peor —dijo Orsi—. Si hubieras aceptado el antídoto que te ofrecí…

—Lo sé, lo sé —gruñó Liam, tratando de ponerse de pie.

Orsi suspiró y fue hasta él para ayudarlo. Liam se desvaneció en sus brazos. Orsi maldijo por lo bajo.

Liam despertó por un instante cuando su cabeza golpeó contra algo. Pestañeó varias veces y pudo distinguir las hojas ahusadas de los pinos que iban pasando, suspendidas sobre su cabeza. Después de un momento de desconcierto, pudo comprender que estaba acostado boca arriba sobre una parihuela improvisada con su manto y dos troncos de pino que Orsi arrastraba por el piso nevado. El trayecto era accidentado y la parihuela rebotaba en las raíces de los árboles, estremeciendo su cuerpo. Notó que el sol había bajado considerablemente y el frío era más intenso:

—¿Cuánto tiempo? —gimió con voz ronca.

Orsi se detuvo al escuchar su voz. Apoyó la camilla en el suelo, sacó su cantimplora y le dio de beber a Liam en los labios.

—¿Cuánto tiempo? —repitió Liam.

—Trata de descansar —dijo Orsi, tomando nuevamente los extremos de los troncos—. Todavía nos queda un buen trecho.

El resto del camino fue solo una nebulosa incomprensible en la mente de Liam. Recuperaba la conciencia de a ratos y solo por breves momentos, y no alcanzaba a discernir dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. A pesar del gélido frío de la montaña, él sentía un calor sofocante que le nublaba la mente. En su estado de delirio, le pareció que después de un tiempo indeterminado de viaje, ya no estaba acostado en la parihuela sino en una carreta. Le pareció escuchar el relincho de caballos y la voz de Orsi azuzándolos, pero no estaba seguro. A veces despertaba y era de día, a veces despertaba y era de noche, pero invariablemente, cada vez que volvía a la conciencia, Orsi le daba de beber. Se le hacía difícil tragar. Sudaba y temblaba con escalofríos incontrolables. Cada vez que gemía y se quejaba, Orsi trataba de tranquilizarlo diciéndole que ya estaban cerca. Liam hubiese querido preguntar de qué estaban cerca exactamente. El verdugo no había dicho en ningún momento a dónde lo estaba llevando.

—¡Maldición, Orsi! ¡Está hirviendo! ¿No le diste el antídoto? —escuchó Liam una voz de mujer.

—Lo intenté, pero el idiota lo volcó en el suelo —gruñó Orsi.

—¿Puedes conseguir más?

—No, necesito escorpiones vivos para eso.

—No nos sirve de nada si se muere, Orsi, este no era el trato —dijo la mujer.

—Hice lo mejor que pude —se justificó Orsi.

—Ayúdame a entrarlo a la casa —suspiró ella con resignación.

Entre los dos, lo metieron en una casa modesta en las afueras del pueblo de Lidakar.

—Llena la bañera con agua mientras lo desvisto —ordenó la mujer—. Necesitamos enfriarlo.

Orsi obedeció.

Cuando lo metieron al agua, Liam pareció revivir por un momento:

—¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? —preguntó, desorientado.

—A salvo —le respondió la mujer—. Mi nombre es Felisa. Si podemos bajarte la fiebre, estarás bien —y luego a Orsi: —Deberás ir hasta el boticario a conseguir unas hierbas. Tráeme algo para escribir del dormitorio, te haré una lista.

Orsi asintió en silencio y fue a buscar lo pedido.

Sacaron a Liam de la bañera, lo secaron y lo acostaron en una cama tibia y confortable. Si hubiese logrado estar más alerta en medio de la fiebre, Liam lo habría apreciado infinitamente. Después de un rato, Orsi volvió con las hierbas y Felisa hizo un té amargo y repugnante que le obligaron a beber de a sorbos.

—Estarás bien, estarás bien —le acarició Felisa la frente, aunque era obvio que su rostro preocupado gritaba lo contrario.

Felisa no se separó del lado de la cama de Liam en ningún momento. Le aplicaba paños fríos en la frente y recitaba algo en un idioma extraño que Liam no podía discernir.

—Trae mis cristales —le pidió Felisa a Orsi.

Felisa le puso una piedra negra y fría en la frente a Liam, hizo más recitaciones, encendió una rama de incienso y esparció con cuidado el humo por encima del cuerpo del enfermo.

—¿Crees que funcione? —preguntó Orsi desde atrás.

—Lo sabremos pronto. Si pasa la noche, estará bien —respondió ella.

Los dos estuvieron junto a Liam toda la noche. Hacia el amanecer, Felisa notó con alivio que la fiebre había cedido y que Liam respiraba ahora con normalidad en un sueño tranquilo y profundo.

—Se salvará —sonrió Felisa, pasándose la mano por la sudorosa frente.

—Entonces, ¿nuestro pacto sigue en pie? —preguntó Orsi.

—Sí, todo saldrá bien —respondió ella—. Ven, dejémoslo dormir. Te prepararé algo de comer.




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