La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE VI: BAJO AMENAZA - CAPÍTULO 85

—¿Estás bien? —le preguntó Cormac a Liam.

—¿Eh? —salió Liam de su ensimismamiento de golpe.

—Que si estás bien —repitió Cormac.

—Sí, bien —asintió Liam.

—¿En qué piensas?

—Algo está mal, algo no encaja —dijo Liam, acercándose al durmiente Yanis y apartando las sábanas que cubrían su cuerpo.

—¿Qué haces?

—Mira —le indicó Liam a Cormac el desnudo cuerpo de Yanis.

—¿Qué? —meneó la cabeza Cormac sin entender.

—Las vendas que llevaba Irina tenían sangre —dijo Liam.

—Yanis no tiene ninguna herida —murmuró Cormac, comprendiendo.

Los dos se volvieron hacia Irina, que vigilaba la puerta de la habitación con el rostro ansioso.

—¿Qué? —inquirió la Sanadora ante la mirada insistente de los otros dos.

—Hay otro prisionero, ¿no es así? Otro torturado —dedujo Liam.

—Sí —suspiró Irina.

—Tiene que ser Calpar —le murmuró Cormac a Liam en el oído.

Liam asintió. Cormac se puso de pie:

—Llévame con él —pidió a Irina.

—No —lo detuvo Liam—. Yo iré, tú quédate con Yanis. Es mejor que encuentre una cara familiar al despertar, alguien en quien confía.

—¿Estás seguro? Debe haber un guardia vigilando la habitación donde lo tienen.

—Dame esa espada —pidió Liam.

Cormac se desprendió el cinto con la espada del guardia y se la entregó.

—La esgrima no es tu fuerte —le recordó Cormac.

—He tomado lecciones con Gus en los últimos meses. No soy bueno, pero de seguro soy mejor que tú, sin ofender. Además, la espada será el último recurso. Ven, ayúdame —le hizo un gesto con la mano.

Cormac lo acompañó hasta la puerta con el ceño fruncido de curiosidad. Entre los dos, arrastraron al desvanecido guardia hasta adentro de la habitación. Luego, Liam comenzó a desvestir al guardia. Cormac comprendió enseguida su plan: pensaba hacerse pasar por uno de los guardias.

—Vamos —urgió Liam a Irina una vez que estuvo listo.

—No se si es prudente que… —comenzó a protestar Irina.

—Vamos —insistió Liam.

Irina apretó los labios, indecisa, pero finalmente aceptó y le hizo un gesto con la mano a Liam para que la siguiera.

—Yo seré la que hable —decidió Irina—. Si abres la boca con ese acento extraño que tienes, el guardia de turno sabrá enseguida que no eres uno de ellos.

—De acuerdo —se encogió de hombros Liam mientras la seguía por el pasillo iluminado de tanto en tanto por lámparas de aceite colgadas de las paredes.

Liam apoyó distraídamente la mano en el pomo de la espada envainada en su cadera izquierda al ver al guardia apostado al costado de la puerta de una de las habitaciones. Irina apuró el paso con nerviosismo para adelantarse a él. Pero cuando los dos llegaron hasta el guardia, no hubo necesidad de explicaciones ni excusas:

—¡Ah! Ya era hora. Llevo horas aquí —dijo el soldado, lanzando una mirada de reproche a Liam.

Liam abrió la boca para disculparse por el retraso, pero el otro no le dio tiempo:

—Aquí tienes —le entregó a Liam una llave de hierro que colgaba de una argolla también de hierro—. Hablaremos después de la compensación que me debes por esto, ahora tengo que ir al excusado.

Sin más, el guardia se alejó casi corriendo. Liam no pudo evitar reírse.

—Ya era hora de que me tocara una fácil para variar —dijo Liam, introduciendo la llave en la puerta y girándola para destrabarla.

Pero su buen humor se diluyó de pronto cuando entró a la habitación y reconoció al prisionero herido que yacía en una cama con una de sus muñecas encadenada a la pared.

—¿Qué? ¡No es posible! —gruñó Liam, sacudiendo la cabeza.

Stefan se reacomodó con dificultad en la cama, haciendo una mueca de dolor y levantó la cabeza hacia su visitante:

—Hola, Liam —sonrió el mago, esperanzado—. ¿Decidiste aceptar mi oferta de ayudarte a encontrar a Sabrina?

—¡Maldito! —gritó Liam, desenvainando su espada y abalanzándose sobre el herido.

—¡No! —gritó Irina, interponiéndose entre los dos.

—¡Tú! —la tomó Liam del brazo, apartándola bruscamente de su camino—. ¿Tú lo salvaste? ¿Le salvaste la vida a este monstruo?

—Mi profesión es sanar heridos, sin discriminar —se justificó ella.

—¡No sabes lo que has hecho!

—Yo defiendo la vida —porfió ella sin amilanarse ante la dura mirada de Liam.

—No —negó Liam con la cabeza—. Si defendieras la vida, lo habrías dejado desangrarse, porque al salvarlo, has propiciado que muchos más mueran por su mano. ¿Sabes quién es él? ¿Sabes lo que ha hecho?




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