La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE VIII: BAJO LA LUZ DE NUEVA INFORMACIÓN - CAPÍTULO 101

Lug cerró los ojos y buscó los patrones mentales de Bruno. Aunque estaba un poco débil después de haber sanado a seis personas en un cuerpo que no era el suyo, se obligó a concentrarse y pudo encontrar a su viejo amigo en el primer piso. Siguiendo las señales de los patrones como si fueran un faro, Lug encontró un tramo de escaleras y bajó lo más rápido que pudo, lo cual no fue muy rápido que digamos pues todavía no se acostumbraba a estas piernas que no eran suyas. Avanzó por una amplia galería hacia la izquierda y lo encontró fácilmente. Los patrones de alguien más estaban cerca de él. No podía verlos, solo percibirlos. Debían estar escondidos detrás de una de las columnas que flanqueaban la galería.

—¿Bruno? ¿Sabrina? —los llamó.

De inmediato, Lug notó la tensión en las mentes de los dos. Por un momento, los dos siguieron escondidos, sin mover siquiera un pelo.

—Está bien, pueden salir —se acercó Lug, despacio.

—No —escuchó la voz de Bruno, seguida de un forcejeo.

Por un momento, Lug pensó que le hablaba a él, pero no, Bruno estaba intentando detener a Sabrina, quien, haciendo caso omiso a la advertencia de su compañero, salió de su escondite y se plantó desafiante en medio de la galería, de cara a Lug.

—Sabrina, escúchame… —levantó una mano Lug para apaciguar la furia que percibía en su mirada y en sus patrones.

Lug no pudo evitar pensar en que esta era la primera vez que veía a su pequeña hermana en carne y hueso. Era tan hermosa y fuerte como Cormac la había pintado. Lug sonrió, orgulloso de que su hermanita hubiese logrado tanto en tan poco tiempo. Sin duda, era una chica muy especial.

La distracción de sus pensamientos casi le cuesta a Lug la vida, pues Sabrina no estaba dispuesta a hablar con él ni darle oportunidad de atraparla. La chica levantó sus manos hacia su hermano, canalizando todo su enojo en un solo y fluido golpe eléctrico mortal.

Por suerte, Lug percibió la enorme acumulación de energía en las manos de su hermana justo a tiempo y creó un aura protectora a su alrededor. La descarga eléctrica rebotó hacia el techo sin afectar a Lug. Una miríada de guijarros y polvo bañó la estancia, cegando a Sabrina por un momento. Lug aprovechó para avanzar hacia ella, siguiendo más sus patrones que sus ojos. Ella volvió a levantar las manos, apuntando a ciegas al frente para atacar de nuevo.

—Está bien, hermana —suspiró Lug para sí—. Si no quieres hablar conmigo, haremos esto de otra forma.

La Llave de los Mundos tronó los dedos y Sabrina cayó desmayada en medio de los escombros que su ataque había desprendido del techo.

—¡Bruno! —lo llamó Lug con tono perentorio—. Sal de ahí, tenemos que hablar.

Bruno emergió lentamente desde su escondite con las manos en alto:

—¿Qué le hizo? —preguntó alarmado, observando el cuerpo desvanecido de Sabrina.

—Tranquilo —respondió Lug—. Solo la desmayé. Sabes bien que nunca dañaría a mi hermana.

—¿Hermana? —frunció el ceño Bruno.

Solo entonces, Lug recordó que estaba en el cuerpo de Iriad:

—Soy yo, Bruno, soy Lug —declaró.

Pero en vez de mostrar alivio, los patrones de Bruno se tensaron aún más:

—¿Qué clase de juego perverso es este? —inquirió el detective con tono helado.

—No es perverso, pero es extraño —respondió Lug—. Por circunstancias muy complejas para explicar en este momento, estoy en el cuerpo de Iriad.

—Eso es mentira, no puede ser —meneó la cabeza Bruno con desconfianza.

—Pruébame. Pregúntame algo que solo Lug sabría —le propuso el Señor de la Luz.

—¿Cómo y dónde nos conocimos? —le preguntó Bruno con tono desafiante.

—En el Museo Británico en Londres, junto a la vitrina del Lindow Man. Yo había estado discutiendo con Humberto y tú te acercaste para asegurarte de que todo estaba bien. Allemandi te había enviado a vigilarme —respondió Lug con calma.

—De verdad eres tú… —murmuró Bruno, anonadado—. ¿Cómo puede ser?

—Los pormenores técnicos no los conozco porque esto fue hecho por alguien más. Alguien llamado Valamir, que sospecho tiene su propia agenda en todo este enredado asunto.

—¿Desde cuándo…? ¿Desde cuándo estás en el cuerpo de Iriad?

—Desde que Dana abrió un canal conmigo al intentar comunicarse con Iriad.

—¿Dónde están Dana y Augusto?

—Tuve que dejar que Meliter los enviara a las cámaras para no levantar sospechas sobre mi verdadera identidad, pero están bien.

—¿Cámaras? ¿Cámaras de tortura?

—No exactamente —respondió Lug—. Creo que son cámaras de privación sensorial. Estuve en una en un monasterio en Ingra, seguramente construida por esta gente, por sylvanos.

—¿Privación sensorial? ¿Están en estasis? —preguntó Bruno con el rostro preocupado.

—No, nada tan sofisticado. Solo son habitaciones donde no penetra ni la luz ni el sonido —explicó Lug—. No te preocupes, los sacaré de allí antes de que la situación pueda afectar sus mentes. ¿Puedes ayudarme? —se inclinó Lug sobre el cuerpo de Sabrina—. Me temo que he abusado de mis fuerzas en las presentes circunstancias.




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