La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE X: BAJO LA TORMENTA - CAPÍTULO 117

Un potente rayo cayó sobre el palacio elevado de la ciudadela de Arundel, partiendo la torre principal en dos. Meliter, que había llegado a las puertas de la ciudadela en ese instante, se quedó paralizado al ver el edificio completo desmoronándose ante sus ojos. Se volvió hacia los sylvanos de la escolta que lo acompañaban, pero no encontró palabras para decirles, no encontró siquiera órdenes para darles. Si el palacio había sido destruido…

Meliter tenía la mente entumecida de tal forma, que ni siquiera escuchó a Bruno y a Sabrina que se acercaron al grupo, corriendo desde el bosque.

—¿Qué pasó? —preguntó Sabrina al verlos parados a todos allí, sin moverse.

—El palacio… —murmuró Meliter—. Es el fin.

Sabrina levantó la vista hacia la colina donde descansaba el palacio y vio que ahora era solo una pila de escombros. La tormenta parecía ser mucho más severa en la ciudadela que en el bosque. Otro rayo cayó inmisericorde en medio de las casas. Los gritos de los sylvanos se unían en un solo clamor desesperado.

—Tenemos que hacer algo —sacudió Sabrina el hombro de Meliter.

—No hay nada que hacer —meneó la cabeza Meliter—. Todo terminó.

—No, Meliter —lo volvió a sacudir Sabrina, tratando de sacarlo de aquel extraño estado de parálisis mental—. La tormenta es menos fuerte en el bosque, tenemos que sacar a esta gente de la ciudad y traerla aquí.

—No tiene caso —masculló Meliter.

—¡Meliter! —le gritó Sabrina—. ¡Lug va a abrir el portal! ¡Sacará a los sylvanos de aquí! ¡Debes hacer tu parte! ¡Debes ayudar a esta gente!

Meliter pareció reaccionar ante los gritos de Sabrina y se volvió hacia ella.

—Meliter —lo tomó ella de los hombros—, no sé lo que te está pasando, pero debes sobreponerte. La vida de esta gente depende de ti.

—Es demasiado tarde —respondió el sylvano con resignación.

—Todavía no estamos muertos —le espetó Sabrina—. ¿Sabes lo que significa eso? Significa que no es demasiado tarde.

Meliter suspiró. En sus ojos se podía ver una lucha interna con fuerzas que Sabrina no comprendía, pero sus palabras parecieron calar lo suficientemente hondo como para sacar a Meliter de su indolente estado.

—No será fácil convencerlos —dijo Meliter—, pero entiendo que debemos intentarlo.

—Te ayudaré en lo que pueda —decidió Sabrina.

—Y yo —dijo Bruno—. Hasta el final.

—Hasta el final —asintió Meliter.

Con el recuperado sylvano a la cabeza, el grupo entró a la ciudadela. Todo era un caos de sylvanos corriendo por las calles, refugiándose bajos arcadas derruidas en las plazas. Algunos no atinaban a salir de sus casas, pensando que estarían mejor protegidos allí. Meliter trataba de llamarlos, de hablarles, pero la lluvia torrencial hacía imposible cualquier intento de organizar a la comunidad de Arundel. Los gritos de los sylvanos, junto con el ruido del agua y los truenos, ahogaban sin remedio las indicaciones que gritaba Meliter a voz en cuello.

—Un poco de telepatía sería útil para esto —dijo Bruno, parado junto a Sabrina.

—Lamentablemente, no es posible. Hace tiempo que hemos perdido todas nuestras habilidades especiales —explicó Meliter—. Aun si escucharan mis palabras… —meneó la cabeza— están demasiado asustados para responder con coherencia.

—Si no pueden escuchar razones —intervino Sabrina—, haremos que reaccionen al miedo.

—¿Cómo? —inquirió Meliter.

—Tengo una idea —sonrió ella—. Bruno, guarda esto por mí —se sacó del cuello su colgante de obsidiana y se lo dio al detective.

—Sabrina, ¿qué…?

Dejando a Bruno con la pregunta en la boca, Sabrina se separó del grupo y se internó en la ciudadela, corriendo por las calles y esquivando a los aterrados sylvanos. Meliter intentó seguirla, pero Bruno lo detuvo:

—Lo que sea que va a hacer… no creo que sea prudente estar cerca de ella cuando lo haga —le dijo al líder de los sylvanos.

—No puedo permitir que les haga daño —dijo Meliter.

—No lo hará —aseguró Bruno.

—¿Cómo puedes estar seguro?

Bruno no contestó. Solo siguió a Sabrina con la mirada, moviéndose a través del tumulto, con una mano levantada ante su rostro para evitar que la lluvia le entrara en los ojos.

—¿A dónde va? —preguntó Meliter.

—Parece que va hacia arriba, hacia el palacio —comentó Bruno.

—¿Para qué?

—Pronto lo sabremos.

Con gran dificultad, Sabrina alcanzó finalmente las ruinas del palacio. Trepó por los escombros hasta que llegó al lugar más alto que pudo encontrar. Desde allí, observó el movimiento en la ciudadela. Luego, levantó la vista al cielo, estudiando la actividad eléctrica de las nubes.

—Espero que esto funcione —murmuró para sí.

La princesa inspiró hondo y extendió los brazos hacia arriba. Cerró los ojos, y dejó que su cuerpo percibiera la electricidad, la atrajo hacia sí e hizo un gesto brusco con los brazos, desviando toda la energía acumulada hacia los costados. El efecto fue más espectacular de lo que había esperado.




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