La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE X: BAJO LA TORMENTA - CAPÍTULO 119

Los gritos lejanos se fueron acercando y se hicieron más inteligibles. Lug percibió los patrones aun antes de verlos y ordenó a Torel que se detuviera.

—¿Quiénes son? —preguntó Dana, entrecerrando los ojos para ver mejor a través de la torrencial lluvia.

—Sabrina y Bruno —respondió Lug—. Algo no está bien.

En apenas unos segundos, Sabrina y Bruno aparecieron corriendo hacia ellos en medio del agua que caía profusamente. Estaban empapados hasta la médula. El rostro de Bruno mostraba una seriedad severa y una preocupación que lo había envejecido en meros minutos. El de Sabrina mostraba una angustia desbordante. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto, aunque las lágrimas que surcaban sus mejillas eran indistinguibles en medio de las gotas de lluvia que sumaban humedad a sus ojos. Augusto notó que Sabrina llevaba su ballesta colgada de la cintura. Bruno tenía su pistola enfundada en su cinto y traía la espada de Augusto envainada en la mano. Lug extendió la mano hacia Sabrina, tirándola hacia dentro del círculo protegido de la lluvia, mientras Dana la envolvía en una manta para tratar de secarla. Bruno le alcanzó la espada a Augusto sin decir palabra.

—¿Qué pasó? —inquirió Lug.

Como toda respuesta, Sabrina rompió en llanto con el cuerpo temblando. Dana la atrajo hacia sí y la abrazó con ternura:

—¿Están bien? —preguntó a Bruno con preocupación.

—Nosotros sí —contestó Bruno—, pero los habitantes de la ciudadela… —suspiró, dejando la frase sin terminar.

—¿Qué pasó? —volvió a preguntar Lug con urgencia.

—¿Por qué nos devolvieron nuestras armas? —cuestionó a su vez Augusto.

—Un mar de sangre… —sollozó Sabrina, mirándose las manos. La lluvia las había lavado, pero en su memoria, todavía estaban teñidas de rojo.

—Los sylvanos saben que este es el fin de Arundel y su reacción no ha sido para nada racional —explicó Bruno.

—¿Pero Meliter no les explicó? ¿No les dijo que Lug va a abrir el portal para trasladarlos a Ingra?

—Para muchos de ellos, volver a Ingra es un suicidio. Prefieren morir por su propia mano a ser exterminados bajo la espada y el escarnio de los humanos —dijo Bruno.

—¿Han perdido la fe en su propia profecía? —inquirió Dana.

—Eso me temo.

—Traté de detener a uno de ellos… traté… —meneó la cabeza Sabrina—. Tienes que ayudarlos, Lug, hacerles entender.

—Por supuesto —aseguró Lug, tratando de tranquilizarla—. Lo haré.

—No —se plantó Torel con firmeza.

—¿No? —frunció el ceño Lug—. Esta gente ha perdido a su líder, y, aunque nunca fue mi intención tomar su lugar, debo hacerme responsable de mi puesto como nuevo Druida, debo frenar esto.

—Si quiere frenar esto, debe abrir el portal —se mantuvo firme Torel—. Perder tiempo volviendo a la ciudadela solo llevará a la aniquilación de todos.

—El sylvano tiene razón, Lug —intervino Bruno—. Las cosas se han puesto muy feas. Regresar allá es muy peligroso para nosotros. Es por eso por lo que Meliter me devolvió las armas, para que podamos defendernos en caso de que los sylvanos decidan venir tras nosotros para impedir la apertura del portal. También me dio esto —sacó un relicario de oro de su bolsillo, extendiéndoselo a Dana.

—Gracias —lo tomó Dana, colgándose el Tiamerin alrededor del cuello.

—No entiendo, ¿por qué se salió todo de control de esta manera? —inquirió Augusto.

—La tormenta —dijo Torel a modo de explicación—. Esta misma turbulencia que nos azota desde afuera, también afecta a cada sylvano desde adentro.

—¿Tú la sientes también? —preguntó Lug.

—Sí —asintió Torel—. Es un torbellino visceral que conmociona hasta la última fibra, una emoción casi imposible de apaciguar que tiene dos posibles efectos: la completa paralización o la acción irrefrenable e irracional. Es una emoción que mi pueblo había olvidado y enterrado desde hacía mucho tiempo, una emoción a la cual ya no están acostumbrados y que no saben cómo manejar: pánico. Por eso se ha precipitado la destrucción de Arundel: quienes lo sostienen han dejado de hacerlo y se han entregado a su propia desesperación.

—Pero no tú ni tus compañeros —observó Lug.

—Pertenecemos a la Guardia Personal del Druida —explicó el sylvano—. Hemos sido cuidadosamente entrenados para esta exacta situación. Dominamos el pánico poniendo nuestra misión por encima de todo: proteger a nuestro Druida, protegerlo a usted, Lug.

—¿Qué hay de Meliter? ¿Qué pasará con él? —inquirió Dana.

—Tratará de ganar tiempo para que hagamos lo que tenemos que hacer —respondió Torel—. Si es necesario que dé su vida para la causa de la Profecía, lo hará sin dudarlo, como lo haríamos cualquiera de nosotros.

—¿Qué sentido tiene dejarlos morir? —intervino Sabrina, enojada—. ¡Vinimos a rescatarlos! ¿Ninguno de ustedes puede ver que esto está mal?

—La Profecía habla claramente de un mar de sangre y sacrificio. Siempre supimos que esto no iba a ser fácil —dijo Torel—. Nuestra única opción es abrir el Portal lo antes posible.




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