La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE XI: BAJO SOSPECHA - CAPÍTULO 127

Explícame lo que está pasando aquí —exigió Lug a Lorcaster.

Será un placer, Lug —aceptó el otro—. Ingra es uno de mis mundos. Sus habitantes originarios son los sylvanos, una raza que tiene la saludable tendencia de vivir en armonía con su ambiente. La llegada de los humanos que arruinaron esa armonía no fue natural, fue forzada.

—¿Por quién?

—Por el que los sylvanos llaman Arundel.

—¿Arundel? —frunció el ceño Lug, descreído.

—Arundel es uno de los de mi especie, un patriarca —explicó Lorcaster—. Vino a mí con un pedido de ayuda: uno de sus mundos estaba al borde de la aniquilación. No había forma de salvar el planeta, pero Arundel quería preservar al menos a sus habitantes humanos, trasladarlos a un lugar seguro. Ingra tenía las características perfectas para recibirlos, no solo por sus propiedades físicas que eran compatibles con los humanos, sino también porque tenía espacio más que suficiente para albergarlos.

—Pero el choque cultural… —objetó Lug.

—Los humanos eran mucho más primitivos que los sylvanos, así que no había peligro para mi gente. Tampoco lo había para los humanos porque los sylvanos eran superiores no solo en inteligencia y desarrollo, sino también en empatía y en su capacidad innata de armonizar con todos los elementos a su alrededor. Arundel me convenció de que más que choque, lo que se produciría sería un intercambio cultural beneficioso para ambas razas. Acepté la llegada de los humanos a Ingra de buen grado, pensando que ayudaba a dos especies, pero como ya sabes a estas alturas, las cosas no salieron como esperaba.

—¿Qué pasó después?

—Exigí a Arundel que solucionara el asunto. Su gente estaba masacrando a la mía en una guerra desigual. Le dije que debía encontrar la forma de pacificar Ingra sin dañar a ninguna de las dos razas. Le dije que no toleraría más derramamiento de sangre. Su respuesta fue encarnarse, usando el cuerpo de uno de los más venerados Druidas de los sylvanos. Diseñó un mundo perfecto a donde trasladarlos, abrió sus propios portales con mi permiso y sacó a los sylvanos de Ingra. No tenía motivos para dudar de sus buenas intenciones, Lug, no hasta que descubrí que mi acceso al nuevo mundo protegido de los sylvanos estaba vedado.

—¿Arundel te dejó afuera?

—Sí. La siguiente fase de su plan era también dejarme afuera de Ingra. Los sylvanos se marchitarían lentamente en este mundo artificial mientras los humanos florecían en Ingra, conmigo fuera del camino para que no pudiera rectificar las cosas.

—¿Qué hiciste? ¿Confrontaste a Arundel?

—Confrontarlo estaba fuera de la cuestión —meneó Lorcaster su vaporosa cabeza—. Cuando dos de nosotros se enfrentan, el resultado es siempre catastrófico para el mundo envuelto en la lucha, como habrás leído muchas veces en los relatos de las diferentes mitologías que describen peleas entre los dioses. No, usé sus mismas tácticas: el engaño y la traición. Aun así, las cosas no resultaron bien para los sylvanos.

—Arundel logró vararlos aquí de todas formas —comprendió Lug.

A un costo personal muy alto, sí —asintió Lorcaster—. Logré manipular a un puñado de sylvanos para que no cruzaran, para que se quedaran en Ingra a luchar por su tierra. Ileanrod fue un elemento especialmente útil para tratar de forzar a Arundel a claudicar. Su presencia en Ingra garantizaba que la Restauración sería sangrienta y que todos los humanos perecerían si él lograba traer a los sylvanos a batallar bajo su mando.

—¡Tú! ¡Tú eres el responsable de las atrocidades cometidas por Ileanrod!

—La idea era tener un elemento que obligara a Arundel a devolver a los sylvanos. Amenazar a su gente me pareció lo más práctico, pero no tenía intenciones de cumplir con ese plan.

—¿Y debo creerte? —resopló Lug con sorna—. ¿Es por eso por lo que le has ordenado a Valamir y a Iriad que mantengan con vida a Ileanrod? ¿Para que cumpla finalmente con tu anhelo de deshacerte de los humanos de Ingra?

—No —respondió Lorcaster—. Ileanrod está condenado a muerte, siempre lo estuvo, es solo que su ejecución debe cumplir con ciertas pautas específicas.

—¿Qué pautas?

—Arundel necesitaba a Ileanrod muerto, así que arregló las cosas para que el portal solo lo admitiera a él, desintegrándolo en el pasaje.  Solo después de su muerte, el portal será seguro para el cruce. Si cualquier otro cruza antes que él, solo morirá. Por eso tuve que mantener a Ileanrod vivo y asegurarme de que cruce por su propia voluntad. Son las reglas que puso Arundel, no puedo cambiarlas.

—¿Iriad y Valamir saben de esto?

—Sí, Valamir ha sido el encargado de mantener la línea de tiempo que llevará a Ileanrod a cruzar antes que nadie.

—Parece todo muy complicado —opinó Lug—. Si Ileanrod era tan peligroso para la gente de Arundel, ¿por qué simplemente no se deshizo de él el patriarca?

—Porque no pudo. Yo se lo impedí —respondió Lorcaster—. En mi afán por encontrar la forma de traer a los sylvanos de vuelta a Ingra, descubrí la codificación que Arundel estaba usando en el portal de este mundo perfecto. Me hice con la mitad del código y luego lo borré del portal para varar al propio Arundel en su interior. Cuando Arundel cruzó con el último grupo de sylvanos, no pudo llegar al otro lado, y cuando intentó volver, desestabilicé el portal de Sorventus, atrapando a Arundel en medio de los dos mundos. Él respondió con la cláusula de Ileanrod. Si yo lograba abrir el paso entre los dos mundos y devolver a los sylvanos a Ingra, el precio sería la vida del único sylvano capaz de exterminar a la raza humana en Ingra.




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