La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE XV: BAJO LA MIRADA DEL ENEMIGO - CAPÍTULO 146

Felisa avanzaba a la cabeza del grupo, con una mano sosteniendo la obsidiana que colgaba de su pecho. El bosque era denso y era fácil perderse en él, pero, tal como Valamir había dicho, la obsidiana la guiaba inexorablemente hacia el centro de la isla de Sorventus, hacia el portal. La gema negra transmitía a la reina una urgencia que hacía que sus pies se movieran en la dirección adecuada, sin dudarlo. Caminaban en silencio. Calpar iba a su lado y los demás la seguían desde más atrás.

Kalinda apuró el paso y se puso a la par de Felisa por un momento:

—Mi reina —la llamó con respeto.

Felisa la miró de soslayo, sin aminorar el paso.

—No quiero ser impertinente, pero… —intentó la sanadora.

—El miedo a la impertinencia nunca ha detenido tu boca, Kalinda —le espetó Felisa—. Dime lo que quieres decirme de una vez.

—Necesitamos saber cuál es el plan, necesitamos saber lo que tenemos que hacer cuando lleguemos al portal —dijo Kalinda.

—Ya se los dije —suspiró Felisa, tratando de armarse de paciencia—. Calpar y yo trataremos con Iriad e Ileanrod. Ustedes guardarán distancia, rodeando el lugar, permaneciendo ocultos.

—¿Cómo sabremos si debemos intervenir?

—Muy fácil: NO deberán intervenir en ninguna circunstancia, a menos que Ileanrod ya haya entrado al portal —le lanzó una penetrante mirada Felisa.

—Pero…

—Kalinda —se detuvo en seco Felisa—, Ileanrod debe pensar que tiene las cosas bajo su control, que estamos a su merced. Tiene que creer que está usando al Druida y a la Reina de Obsidiana para sus fines. Esa es la forma más fácil en la que permitirá que Iriad me conecte con Lug para que podamos abrir el portal sin tropiezos y luego se ofrezca voluntariamente a ser el primero en cruzar. ¿Entiendes que eso no puede pasar a menos que ustedes guarden distancia?

—Si tu intención es entregarte como cordero que va al matadero —planteó Kalinda—, ¿por qué permites que Myr vaya contigo al encuentro?

—El Caballero Negro debe estar allí para corroborar mi identidad con Lug —explicó Felisa con paciencia.

—De acuerdo, pero…

—Pero ¿qué?

—Si las cosas salen mal… debemos acordar una señal para que nos llames a intervenir —propuso Kalinda—. Tengo ciertos poderes que pueden ayudar. Puedo conjurar una niebla que…

—Kalinda —la interrumpió Felisa con una mano en alto—, ¿no escuchaste nada de lo que dijo Valamir? Nuestros poderes no funcionan en esta isla a causa de la falta de alineación del portal.

—Entonces… ¿cómo lograrán abrir el portal?

—Con la ayuda de la Llave de los Mundos —dijo Felisa—. Para eso está él en Arundel. Escúchenme —se dirigió a todos—. Entiendo que tienen muchas dudas, entiendo que no les gusta confiar a ciegas en un plan que no conocen, pero les pido que me dejen hacer esto a mi manera. Ustedes me proclamaron como su reina, así que déjenme actuar como tal.

Kalinda hizo una silenciosa reverencia que los demás imitaron de inmediato.

—Estamos a tus órdenes —dijo Orel.

—Estamos a tus órdenes —repitieron los demás con solemnidad.

—Gracias —respondió Felisa, reemprendiendo la marcha.

Aunque Felisa aparentaba estar en control de la situación y trataba de emanar seguridad y convicción, lo cierto es que estaba llena de dudas internas sobre su capacidad para lidiar con todo el asunto. Lo único que la mantenía firme y enfocada en su misión era una energía suave y persistente que la obsidiana proyectaba en el centro energético de su pecho. Felisa podía sentir que la obsidiana estaba manipulando sus emociones, calmándola, dándole confianza, apagando sus miedos e inseguridades. Ella sabía que no era real, que no era lo que ella verdaderamente sentía, pero encontraba útil dejarse convencer por la obsidiana de que la Restauración era posible y de que sus acciones eran suficientes para lograrla. Si hubiese sucumbido a sus auténticas emociones, nunca habría tenido el empuje necesario para llegar hasta Sorventus.

Ahora bien, no es enteramente correcto dar todo el crédito de las acciones de Felisa a la gema de obsidiana. No se puede imponer en una persona lo que ya no está allí de alguna manera. La valentía, la inteligencia y las capacidades de Felisa estaban allí, aunque ahogadas por una baja autoestima generada por su experiencia de vida en Ingra, siempre sola, siempre ignorada, despreciada, librada a su suerte. ¿Cómo podía ser una reina alguien como ella? ¿Criada en las calles, obligada a sobrevivir solo con su astucia, con sus poderes sin entrenamiento formal? Y, sin embargo, lo que Felisa no podía ver era que una vida de lujos en un palacio, rodeada de aduladores, no habría conducido a la formación de una personalidad tan independiente y una fortaleza tan poderosa como la que poseía. Los designios que la habían llevado a vivir de la manera que lo había hecho tenían el exacto propósito de prepararla para ser la reina necesaria para poner en orden a todo un mundo, reconciliando dos razas en conflicto.

—Hasta aquí llegan ustedes —dijo Felisa, deteniendo sus pasos abruptamente—. Dispérsense y estén alertas. No se dejen ver —les ordenó—. Myr, conmigo —le indicó a Calpar.




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