La Reina de Obsidiana - Libro 8 de la Saga de Lug

PARTE XVI: BAJO EL INFLUJO DEL PORTAL - CAPÍTULO 151

Lug observó el cambio en el portal de Arundel. La luz blanca se había vuelto azul. Era la señal. La Llave de los Mundos omitió revelar ese hecho a sus compañeros deliberadamente.

—Sabrina —llamó Lug—. Es hora.

Sabrina asintió. Abrió el relicario de oro, envolvió su mano con el puño de su camisa y retiró con cuidado el Tiamerin. Lug se acostó en el suelo y se desprendió la túnica, exponiendo su pecho.

—Un momento, ¿qué van a hacer? —intervino Augusto.

—Ahora, Sabrina, hazlo —ordenó Lug sin hacer caso a las protestas de Augusto.

—¡No! ¡No! —gritó Augusto, poniéndose de pie y abandonando la lona que sostenía protegiendo a Dana en su trance—. ¡No lo hagas Sabrina!

Augusto llegó demasiado tarde. Sabrina ya había apoyado el Tiamerin sobre el pecho desnudo de Lug. Cuando el alquimista la tironeó de un brazo para apartarla de la Llave de los Mundos, Sabrina emitió una blanca descarga eléctrica sobre el Tiamerin con sus manos. Augusto maldijo con vehemencia y se arrodilló junto al inconsciente Lug. Envolvió su mano en la tela de su camisa como lo había hecho Sabrina e intentó sacar el Tiamerin, pero este parecía haberse fundido con la piel de Lug y no le fue posible desprenderlo.

—¡Bruno! —se volvió Augusto hacia él—. Saca a Dana del trance.

—Pero… —dudó Bruno—. ¿Cómo sabremos si Ileanrod ha cruzado si ella no está en comunicación con Calpar?

—¡Hazlo! —le gritó.

Bruno resopló con frustración, pero entendió que debía hacer lo que Augusto le pedía. Sabía perfectamente el efecto que el Tiamerin tenía al ser colocado de esa forma sobre la piel de Lug.

—Dana —la sacudió suavemente del hombro Bruno—. Debes volver. Te necesitamos aquí.

Bruno tuvo que insistir bastante para lograr la atención de Dana, que finalmente parpadeó, tratando de ajustar su mente a la realidad después de cerrar el canal con Calpar.

—¿Qué haces? ¿Por qué me distrajiste y me forzaste a cerra el canal? —le reprochó Dana a Bruno.

Bruno señaló el cuerpo de Lug tendido en el suelo sin decir palabra.

—¿Qué…? —frunció el ceño ella, poniéndose de pie.

Las piernas se le aflojaron al ver el Tiamerin, quemando el pecho de Lug.

—¿Gus? ¿Por qué…? —comenzó Dana con voz temblorosa.

—Lo intenté, pero parece estar fundido con su cuerpo. No puedo arrancarlo —dijo Augusto.

—¿Está…?

—No respira, pero tiene pulso, aunque débil —informó Augusto.

—Dame tu espada —pidió Dana a Augusto.

—¿Qué vas a hacer?

—Sacar esa gema de su pecho, aunque tenga que rebanarle la piel —contestó ella con resolución.

—No —se interpuso Sabrina—. Esa gema es lo único que mantiene a su corazón latiendo y a su cuerpo vivo.

—¿Qué sabes tú sobre el Tiamerin? —la cuestionó Dana.

—Lo que él me dijo —respondió Sabrina sin amedrentarse ante la mirada de Dana—. Me dijo que debía apoyarlo sobre su pecho y sellarlo con la energía que emana de mis manos. Me dijo que era la única forma en que podría detener a la criatura que habita dentro del portal. Sabía que ustedes intentarían sacar la gema antes de que él terminara su trabajo, por eso unió el Tiamerin a su propio corazón. Si lo arrancan…

—¿Fuiste tú? —la tomó del cuello de la camisa Dana.

—Solo hice lo que él me pidió —se defendió Sabrina, tomando las muñecas de Dana.

—No tienes idea de lo que has hecho —dijo Augusto.

—Solo hice… —trató de repetir Sabrina.

—¡Lo que hiciste! —la cortó Dana con un gruñido—. ¡Lo que hiciste fue matar a tu hermano! —concluyó con amargura.

—¿Qué? —inquirió la princesa, azorada.

Dana no le contestó.

—Esto no es culpa de Sabrina —intervino Bruno.

—Ah, ¿no? ¿De quién, entonces? ¿De Lug por ordenárselo sin explicarle las consecuencias? ¿De ustedes dos por no detenerla? —los acusó Dana con furia.

—No —dijo Bruno con calma.

Dana se lo quedó mirando por un largo momento:

—Por supuesto… —murmuró para sí—. Lorcaster.

Dana soltó a Sabrina y levantó la cabeza a los cielos, pestañeando ante las gruesas y copiosas gotas de lluvia que caían sobre su rostro:

—¡Lorcaster! —gritó al aire—. ¡Lorcaster! ¡Ven aquí, maldito! ¡Hazte cargo de lo que has hecho!

Solo el viento y la lluvia contestaron a su desesperación.

—¡Lorcaster! —volvió a gritar ella—. ¡Maldito cobarde! ¡Da la cara! ¡No tienes derecho a hacer esto! ¡No tienes derecho a sacrificar a Lug para tus fines!

—Dana… —se acercó Augusto tentativamente, apoyando una mano en el hombro de ella.

—No tiene derecho… —se largó a llorar Dana.

—Lo sé —la abrazó Augusto con cariño.




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