La Reina del bosque

Capítulo 1: Amenaza anticipada

Todo empezó con un ramillete.

Toda la aldea había visto el ramillete de flores muertas clavado en la puerta de la casa de Fiona. Era un ramillete con tres únicas flores, envuelto en papel negro y atado con un lazo rojo. Seguramente, las flores habían sido de distintos tamaños y formas cuando estaban vivas, pero en ese ramillete, los pétalos colgaban marchitos de unos tallos quebradizos, más parecidos a cañas de paja que a vivaces brotes. Tal vez hasta ahí, podría haberse interpretado como el regalo de algún pretendiente extravagante. Sin embargo, los apagados colores del los pétalos resecos estaban cubiertos completamente en sangre fresca, de un color rojo furioso, lo único vivo en todo el arreglo. Ese único detalle dejaba en claro la naturaleza del regalo.

Era un aviso. Era una amenaza. Y todo sabían de quién procedía.

Nadie imaginaba qué había podido hacer la joven Fiona para enfurecer a los faes que vivían en el bosque. Fiona era una muchacha que había llegado a la aldea unos años atrás, junto con una caravana de mercaderes, que pasaba por ahí una vez al año como parte de su ruta. La joven se había ganado rápidamente la simpatía de los aldeanos con su afable personalidad, y había conquistado su lugar en la aldea gracias al talento que demostró tener para hacer crecer las plantas. Pronto, su pequeño jardín se convirtió en la maravilla de la comarca, y sus conocimientos de herbología la consolidaron como un miembro valioso de la comunidad.

A Garrett le gustaba Fiona.

Garrett era el cazador de la aldea. Sus servicios eran apreciados, mientras que su persona, lejos de suponer el alegre disfrute que la presencia de Fiona traía al centro urbano de la aldea, era meramente tolerada. A él no le importaba demasiado, porque siempre había preferido la compañía de los animales, así que vivía satisfecho en su cabaña, apartada del resto de casas, y bajando ocasionalmente al mercado para intercambiar lo que necesitara. La mayoría de los aldeanos se limitaban a hacer trueques con él, sin intercambiar más palabras de las necesarias.

Salvo Fiona. Fiona siempre le saludaba cuando le veía pasar, y le regalaba plantas de su jardín. Una vez, cuando Garrett se enfermó con unas fiebres, incluso se tomó la molestia de obsequiarle unas raras plantas medicinales que funcionaron como un hechizo, haciendo que los sudores desaparecieran en una noche. Sabiendo cómo se podían complicar esos males, y lo peligrosos que podían llegar a ser, ese inocente gesto podría muy bien haberle salvado la vida.

Por eso, cuando Fiona se presentó en su puerta el día en que apareció el ramillete, a Garrett ni se le pasó por la cabeza no abrir.

—No sé qué hacer, Garrett. No me dará tiempo a marcharme antes de que lleguen por mí.

Fiona tenía razón. Las tres solitarias flores en el ramo, representaban el número de días de los que disponía antes de que los faes salieran de la espesura para llevarla con ellos.

Tres días. Tres únicos días, ni de lejos lo suficiente como para alejarse de la aldea la distancia necesaria para que no pudieran rastrearla, y demasiado tiempo para quedarse sentada en casa esperando a que aparecieran, sucumbiendo al miedo y la ansiedad que la carcomerían por dentro cada minuto. Los faes eran despiadados.

—¿Me ayudarías a esconderme en el bosque? Tú lo conoces mejor que nadie, tal vez ahí no me encontrarán.

—El bosque es el peor lugar para esconderse de ellos, Fiona. Seguirían tu rastro con facilidad.

—¿Y qué puedo hacer? No quiero que los faes me lleven con ellos.

Garrett observó a la temblorosa chica que se mantenía sentada sobre el borde de su destartalado sillón, frente a la chimenea, encogida sobre sí misma. Garrett no recibía visitas. Nunca. Así que no tuvo nada mejor que ofrecerle a la atemorizada joven, que un sencillo té, más cercano al agua hervida que a las sabrosas infusiones que ella misma podía preparar en su casa, y que en ocasiones había compartido con él. Lamentablemente, tampoco podía ofrecerle consuelo.

Si la caravana de comerciantes pasara por la aldea en esos tres días, Fiona podría subirse a una de las carretas y, con suerte, los faes podrían perder su rastro. Sin embargo, aún faltaban meses para que llegaran, y era imposible huir a pie.

—Garrett, no sé qué hacer.

Los femeninos sollozos inundaron la cabaña, y se clavaron en el pecho de Garrett como una flecha envenenada, provocando que su cerebro se bloqueara. No le gustaba el sonido del llanto, pero el de Fiona era especialmente doloroso de oír. Fiona era una chica amable que le había ayudado, y Garrett no encontraba forma de ayudarla a ella.

—Tal vez… si conseguimos llegar al río. —Sus palabras no habían sido más que un pensamiento difuso, una posibilidad remota, pero cortaron las lágrimas de la joven de raíz, e iluminaron sus ojos como si Garrett acabara de prometerla el mundo, y él se encontró incapaz de tomarlas de vuelta.

Era una idea descabellada. Una locura. Todo el mundo sabía que los faes eran capaces de encontrar una aguja en un pajar, y que se movían por el bosque como los expertos rastreadores que eran. Huir por el bosque era una sentencia segura, y solo el cielo sabría cómo reaccionarían a un intento de fuga.

Garrett volvió a contemplar los brillantes ojos de Fiona, llenos de tantas emociones que éstas amenazaban con desbordarse de nuevo en forma de incontenibles lágrimas. No podía abandonarla, como tampoco podía machacar el único atisbo de esperanza que la quedaba. Tal vez, si realmente llegaban al río, su rastro quedaría oculto. Con suerte, si no los perdían por completo, al menos podrían sacarles la suficiente ventaja.




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