Lo primero de lo que Garrett fue consciente, fue del dolor de cabeza que le palpitaba en la frente, con la suficiente intensidad como para provocarle un ligero mareo cuando quiso incorporarse del suelo.
Lo segundo de lo que fue consciente, fue del silencio. Un bosque nunca era silencioso, siempre había vida haciéndose notar si se prestaba atención. Y aunque podía oír los sonidos habituales, sentía que, en comparación con los gritos que habían resonado antes de que se quedara inconsciente, el silencio pesaba sobre él como una losa.
Se habían llevado a Fiona. Se la habían llevado delante de sus narices y él no había podido hacer nada. Después de prometer que la protegería. Garrett recordaba los ojos llenos de confianza con los que Fiona le había mirado. Ella había confiado en él, y él había fracasado estrepitosamente.
Garrett volvió a apretar los dientes, lleno de rabia, cuando encontró a su lado su cuchillo. Su propio cuchillo. El mismo con el que el soldado fae le había noqueado, como si fuera un niño jugando con juguetes en un juego de adultos. La humillación corría por su sangre como el fuego de la ira que aceleraba su corazón.
Garrett no era un niño. Tal vez no era un poderoso fae, pero era un hombre adulto que había hecho una promesa a alguien a quien le debía mucho. E iba a cumplirla.
Los faes habían dicho algo sobre un Juicio Real. Eso quería decir que no iban a dañar a Fiona, no de momento. Aún tenía tiempo de salvarla. El soldado le había noqueado para que no les siguiera. Había pensado que, cuando Garrett se despertara para encontrarse solo, se retiraría como un animal derrotado para lamerse las heridas. Pues estaba muy equivocado. Garrett era un cazador, y conocía ese bosque como la palma de su mano. No necesitaba verles para saber a dónde iban.
Tras ponerse de nuevo sobre sus pies y volver a guardar el cuchillo en su funda, Garrett alzó la cabeza para estudiar el cielo sobre él, al menos lo que conseguía ver entre las copas de los frondosos árboles que le rodeaban. El sol estaba más bajo, pero aún faltaban horas para el atardecer, así que debía de haber estado inconsciente un par de horas como mucho. Tal vez los faes ya estuvieran en su bosque en esos momentos, pero de nuevo, Garrett sabía a dónde tenía que ir.
Garrett encontró tiradas las dos bolsas que habían estado llevando Fiona y él en su huida. Con la decisión firmemente formada en su mente, juntó el contenido de las bolsas en una sola para que fuera más fácil de cargar, y se la colgó en la espalda. Después, se giró en la misma dirección en la que había visto desaparecer a Fiona. Tenía muchas millas que recorrer en su camino de vuelta, pero esta vez iría solo, así que podría viajar más rápido.
.
.
.
Para Garrett había sido sencillo encontrar y seguir el rastro del grupo de faes y, en cuando adivinó el punto del bosque al que se dirigían, habría podido seguir la ruta incluso con los ojos cerrados. Se había tomado descansos cortos —aunque se permitió cazar un conejo para comer, para no gastar demasiado rápido sus provisiones—, y gracias a eso, había podido llegar a la frontera con el bosque de los faes en tan solo dos días.
La gente solía pensar que un lugar así sería llamativo. Que estaría lleno de magia y que habría alguna especie de puerta evidente. En resumen, que sería fácil de evitar. Sin embargo, las gentes que habían vivido toda su vida en la comarca lo sabían mejor. Los faes no señalizaban sus fronteras de ninguna manera, porque les importaba poco si alguien se perdía en sus tierras o no. Simplemente, la persona que entrara podría volver sin saber que había estado en territorio fae, o podría no volver en absoluto.
Frente a Garrett, se extendía una prolongación perfecta del bosque que le era conocido. Para cualquier ojo inexperto, sería el mismo lugar. Sin embargo, para quien supiera lo que debía observar, era evidente que más allá de ese punto la luz era distinta —de algún modo, más brillante—, y tras cruzar, el aire se volvía un poco más denso, con una dulzura subyacente. Era el territorio fae.
Garrett nunca había estado ahí antes. Cuando su padre le enseñaba lo necesario para ser cazador, le había grabado a fuego la advertencia de jamás entrar ahí, pues nunca podías saber lo que hacía enfurecer a los habitantes de aquel lugar, y Garrett le había hecho caso. Su padre, después de todo, era quien le había enseñado todo lo que sabía sobre cómo moverse en el bosque y, durante años, había seguido sus enseñanzas de manera fiel. Por eso siempre había pensado que, después de todo ese tiempo, le sería difícil desoír sus consejos, incluso si tenía una fuerte motivación. No obstante, le bastaba con recordar los gritos de Fiona, y la mirada de aquel soldado antes de dejarle inconsciente, para que la decisión pareciera absurdamente fácil de tomar.
Estudiando el escenario frente a él, trató de encontrar las señales que le permitieran seguir los pasos de los faes. Con los dos días de ventaja que le sacaban, el rastro se había difuminado en su mayor parte a medida que Garrett avanzaba. No había supuesto un gran problema, debido a que ya conocía el lugar al que se dirigían, pero si no encontraba de nuevo el rastro a partir de ahí, tendría que adentrarse en el territorio fae sin saber en qué dirección avanzar. Y eso sería un gran problema.
Por suerte, al parecer, Fiona debía de haberse asustado bastante ante la perspectiva de entrar en esa parte del terreno, porque en el relieve del suelo se podían apreciar con claridad los restos de un forcejeo y, más adelante, el rastro continuaba con renovado frescor. Garrett avanzó con cautela a partir de ese punto, asegurándose de no perder el camino antes de cada paso. Supuso que pocas criaturas fae pasarían por ese lugar, así que eso habría ayudado a que las huellas se mantuvieran prácticamente intactas después de tanto tiempo. Después de lo que parecieron unas pocas horas, tuvo que detenerse para descansar un momento.
#1545 en Fantasía
#5611 en Novela romántica
fantasía romance acción aventura, fantasia amor magia, hadas reina poderosa humanos obsesion
Editado: 12.03.2026