La Reina del bosque

Capítulo 4: La Reina y el cazador

Para cuando llegó la mañana, Garrett había conseguido salir mayormente de su estupor. Así que había conocido a la Reina de los Faes, que resultaba ser la mujer más bella que había visto, con una preciosa cabellera plateada y profundos ojos dorados. Bien, de acuerdo. Tenía otras cosas de las que preocuparse, como demostrarle a esa mujer que ni Fiona ni él habían cometido ningún delito, y rescatar a la muchacha de las garras de quien quiera que la haya secuestrado.

Sí, suficientes cosas de las que preocuparse.

En algún momento de la noche, Garrett había recordado al pequeño pixie que había dejado esperando frente al edificio de los juzgados esa tarde. ¿Seguiría esperándole? ¿O se habría marchado, despotricando sobre el humano estafador que le había engañado? En realidad, nadie podía culparle de no haberse reunido con él de nuevo, teniendo en cuenta que le habían detenido nada más entrar.

Cuando oyó los toques en la madera de la puerta, Garrett terminó de atarse las botas y de ponerse de nuevo la mochila y sus armas, que un sirviente había tenido la amabilidad de entregarle la noche anterior junto con su cena, y se dirigió a abrir, esperando encontrar a otro soldado que le escoltara. En lugar de un fae cubierto de plata, Garrett se encontró con la mismísima Reina, que le esperaba de brazos cruzados, reclinada contra la pared de enfrente. Por algún motivo, las hebras plateadas lucían en ese momento un color azabache, pero los resplandecientes iris seguían conservando su color dorado.

—Ya era hora, ¿no has podido dormir? ¿La cama te ha resultado incómoda?

La cama en la que Garrett había logrado conciliar el sueño durante unas horas, había sido la más cómoda que había tenido en la vida, pero esa no era la cuestión.

¿Por qué la Reina había ido a buscarle? ¿A él? ¿Al pasillos de los sirvientes? ¿No sería más lógico que un sirviente le llevara a ella?

Ante su mutismo, la fae le miró con una ceja alzada y le habló con un tono burlón. —¿Te ha comido la lengua el gato?

La mofa consiguió hacer reaccionar a Garrett. —Lo siento, no esperaba que viniera usted a buscarme.

—Es más rápido así —respondió ella, mientras se incorporaba y comenzaba a avanzar por el pasillo—. Vamos, tenemos mucho trabajo y no nos sobra el tiempo.

Garrett se apresuró a alcanzar a la mujer, pero se mantuvo a un par de pasos por detrás de ella, como había oído que a los nobles les gustaba caminar cuando iban acompañados de gente común. Sin embargo, tras unos metros, la reina giró la cabeza y le dedicó una mirada de irritación.

—¿Crees que soy tu escolta?

Debido al desconcierto que le provocó la pregunta, Garrett tardó unos instantes en responder.

—No.

—Pues entonces camina a mi lado.

Garrett obedeció y cerró la distancia que les separaba, caminando junto a la reina en el estrecho pasillo. Debido a la falta de espacio, su hombro no dejaba de rozarse con el de la mujer, lo que provocó que los nervios le carcomieran por dentro.

En lugar de dirigirse hacia el exterior, como Garrett había esperado, los dos se adentraron más en la fortaleza y, tras cruzar una puerta, bajaron por unas largas escaleras curvas hacia lo que parecía las profundidades de la tierra. Una vez alcanzaron el final de la escalera, Garrett entendió por qué habían ido allí.

Dos filas de celdas escarbadas en la piedra, con gruesos barrotes de metal negro como el carbón, se extendían por metros y metros hacia delante, sin que Garrett pudiera ver el final. Así como en la habitación donde le habían interrogado el día anterior, la estancia era iluminada por más objetos brillantes en los techos, pero de manera más atenuada. A pesar de la escasa iluminación, a medida que avanzaban por el pasillo entre las celdas, Garrett pudo ver que, en cada una, había unos pocos barrotes en lo alto, que conectaban con una especie de conducto de ventilación que debía de llegar a la superficie.

La reina se detuvo frente a una de las celdas y, solo con tocar la cerradura, abrió la puerta, pero permaneció inmóvil en el lugar. Garrett se la quedó viendo sin entender lo que pretendía la mujer, hasta que ella le hizo un gesto para que entrara.

—Adelante, busca rastros que seguir.

Garrett avanzó unos pasos para estudiar la sombría celda. Como ya era habitual, allá donde mirara todo era de piedra. Sin embargo, la superficie del catre, que reposaba junto a una de las paredes, estaba completamente pulida. Garrett pasó una mano por la fría losa, notando la extrema suavidad del material. De no ser por la sólida firmeza del catre, casi podría parecer que estuviera cubierto con seda. Garrett notó la ausencia de una manta, pero al prestar atención a la temperatura del lugar, se percató de que, a pesar de estar bajo tierra, el aire permanecía templado.

Alzando la cabeza hacia donde había visto que estaba la reja de ventilación, Garrett pudo advertir que los barrotes de metal, que podían ser tan gruesos como sus muñecas, estaban doblados y retorcidos, de manera que se creaba una abertura de poco más de medio metro de ancho. Ese era el único medio de escape de la celda. Garrett no podría pasar por ahí, pero Fiona era una mujer menuda y no habría tenido mucho problema. Sin embargo, ella no habría podido doblar así el metal.

Garrett sintió una punzada de humillación. Era más que obvio que un fae se había llevado a Fiona y, objetivamente, él era la única persona que tendría interés en que eso ocurriera, porque, ¿por qué ningún fae querría sacar a una prisionera humana de la cárcel? La reina no había aceptado su proposición de ayuda, sino que estaba vigilando a Garrett de cerca y poniéndolo a prueba.




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