Garrett mantuvo los oídos atentos a los faes que estaban sentados en el techo del carro. Por las risas y el jolgorio, parecía que estaban celebrando, lo que significaba que no iban a estar atentos a ellos.
Bien, eso les beneficiaba.
Los faes le habían quitado su bolsa, su carcaj y su arco, pero no cuchillo. Tal vez, el entusiasmo por haberlos capturado les había hecho ser descuidados, o tal vez habían bajado la guardia con él porque era humano. Sea como fuere, Garrett iba a aprovecharse de ello. Tenía las manos atadas a la espalda, pero aún podía mover los brazos lo suficiente como para acercarlas a su cadera, donde descansaba la afilada hoja. Moviéndose con cuidado, Garrett desenfundó el cuchillo y lo mantuvo sujeto de manera que el filo reposara contra la cuerda. Cortar sus ataduras le llevó tiempo, pero avanzó de forma constante hasta que, finalmente, sus manos quedaron libres.
Garrett abandonó la cuerda y se incorporó sin hacer ruido. A pesar del escándalo de arriba, no quería arriesgarse a que notaran que se había liberado. Se acercó a la jaula con paso cuidadoso, donde el zorro plateado permanecía inmóvil, con la piel humeando y los ojos cerrados por el dolor.
¿Cómo podía estar aguantando ese dolor sin gritar ni retorcerse?
Cuando los faes habían colgado la jaula, Garrett vio cómo dejaban la llave guardada en el interior de una de las cómodas del carro. ¿Habían hecho eso porque pensaron que Garrett no se soltaría? De igual modo, había sido muy arriesgado. ¿Sería una trampa? ¿La cómoda tendría alguna alarma? Sin embargo, no tenía más opción que tratar de recuperar la llave. Garrett se acercó al aparador mientras lo inspeccionaba con cuidado. Cuando llegó a su altura, estudió el mueble desde todos los ángulos desde los que era capaz de mirar, pero no consiguió distinguir ningún mecanismo en absoluto. ¿Estaría dentro del cajón?
Tragando saliva, preso del nerviosismo y con el sudor comenzando a humedecer su frente, Garrett posó una mano sobre el tirador de madera, esperando que, al instante, sonase algún tipo de alarma que atrajera a todos los faes hacia allí. Sin embargo, no sonó nada. Tal vez lo hiciera en cuanto abriera el cajón. Si ese era el caso, no podía estar perdiendo el tiempo. Debía apresurarse a sacar al zorro de la jaula.
Garrett visualizó en su mente lo que tenía que hacer, incluyendo la distancia que le separaba de la jaula, desde su posición, y los objetos que había tirados por el camino. Si debía correr, más le valía no tropezar con nada. Lleno de resolución, Garrett abrió el cajón y no tardó en localizar la llave de hierro —la única en el espacio—, así que se aferró a ella y se apresuró a llegar hasta la jaula. Una vez frente a ella, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta de la jaula sin que ésta opusiera resistencia. Con toda la delicadeza de la que fue capaz, teniendo en cuenta que debía apresurarse, acogió al zorro herido entre sus brazos y lo sacó de su prisión. En cuanto el animal estuvo libre, se retorció ligeramente para que Garrett lo bajara al suelo, cosa que el cazador terminó por hacer, debido al temor de agravar las heridas del zorro.
Tras que las peludas patas se situaran con firmeza en la madera, ante los ojos de Garrett, el zorro se convirtió de nuevo en la reina fae, que apareció doblada sobre sí misma, con un montón de quemaduras y heridas allá donde la vista de Garrett alcanzaba. Sin embargo, la mujer permanecía en silencio.
Garrett se aproximó a ella con cuidado para ayudarla a levantarse. Por un momento, pensó que la fae le alejaría, pero contrario a lo que Garrett esperaba, la reina se reclinó sobre él y empleó su ayuda para poder levantarse. Garrett pudo ver cómo cada movimiento suponía un dolor para la mujer, por lo que supuso que sus heridas estarían estirándose y pinchando cada vez que ella movía un músculo.
—Tenemos que salir rápido de aquí —susurró la reina—. Antes de que vuelvan.
—Puedo buscar algo con lo que tratar de forzar la cerradura de la puerta. —Garrett se apresuró a buscar con la mirada cualquier objeto que pudiera ser útil, pero no consiguió ver ninguno—. Pero puede que la alarma suene antes de que logre encontrar algo.
—No hay ninguna alarma —respondió la mujer, para desconcierto de Garrett—, y la puerta está abierta.
¿Que la puerta estaba abierta? ¿Cómo iba a ser eso posible? Por un momento, Garrett pensó que el dolor estaría haciendo delirar a la mujer fae, y una seria preocupación comenzó a nacer en su pecho.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con el fin de asegurarse del estado mental real de la reina.
—Me habría resultado imposible salir de la jaula, o de mi estado natural, si no me hubieras liberado, así que no tenían necesidad de preocuparse de mi huida —explicó ella, con voz débil y evidente dificultad para hablar—. Y realmente no te consideraban una amenaza en absoluto, así que tampoco consideraron necesario preocuparse por ti. Craso error, obviamente. Además —continuó—, dejaron más que claro que su objetivo era yo.
Garrett podía recordar lo que los faes habían estado comentando mientras le subían al carro.
“Ha sido el trabajo más fácil de la historia.”
“¿Cómo supo el cliente dónde encontrarlo?”
“Le llevamos el zorro y cobramos el dinero.”
Habían ido a ese lugar en concreto para capturar un zorro..., por orden de alguien. Alguien que había sabido que habría uno en ese lugar del río, en ese momento. Era imposible que fuera casualidad. Sin embargo, Garrett no conocía ese mundo. Acababa de descubrir que la reina podía convertirse en animal. Un descubrimiento que aún le estremecía por dentro, pero con el que no se podía permitir entretenerse. Tal vez más faes pudieran adoptar esa forma. Tal vez sí había sido una casualidad que fuera a la reina, concretamente, a la que encontraran. Sea como fuere, primero tenían que salir de ahí.
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Editado: 12.03.2026