—Mi padre era el cazador de la aldea —comenzó a relatar Garrett, manteniendo la mirada fija en las ardientes llamas—. Él me enseñó a seguir rastros, a tirar con el arco y a construir trampas.
—¿Te gustaba? ¿Ser cazador?
—Idolatraba a mi padre y quería ser como él. Por lo tanto, sí. Disfrutaba aprendiendo de él, aunque no tanto de la caza en sí. —Garrett pudo percibir la confusión que sus palabras causaron en la reina, de modo que continuó hablando, a pesar de la vergüenza que comenzó a calentar sus orejas—. Me crié en la cabaña de mi padre, que estaba apartada del resto de la aldea, así que no estaba acostumbrado a hablar con las personas. Por eso siempre he sido torpe tratando con la gente. Sin embargo, siempre había animales cerca, por lo que me fue muy fácil relacionarme con ellos.
—Pero disfrutas la caza —replicó la reina, con la duda haciéndose notar en su voz—. Lo he visto, cuando seguíamos el rastro hacia el río, el brillo de triunfo en tus ojos.
Garrett tragó saliva, incómodo. Era consciente de lo contradictorias que sonarían sus palabras. —Es satisfactorio cuando logro algo por lo que me he esforzado.
—Disfrutas cuando superas un obstáculo —añadió ella—. Esa sensación de logro, cuando te demuestras a ti mismo que capaz de superar un reto.
—Supongo que es algo así —murmuró Garrett, notando cómo el calor de sus orejas se extendía hacia sus mejillas.
En todo momento, Garrett había procurado mantener los pies en la tierra porque sabía, muy bien, lo cara que podía salir la arrogancia, especialmente en su oficio. Por ese motivo, siempre se había avergonzado de ese orgullo suyo, que en ocasiones amenazaba con clavar sus feos dientes en su ego.
Tal vez la reina notó su incomodidad y quiso cambiar de tema, o tal vez simplemente tenía curiosidad, pero el caso fue que, la siguiente pregunta que hizo la fae, pilló a Garrett completamente desprevenido.
—¿Y cómo era tu madre?
Garrett se sintió extrañado por el repentino interés de la reina en su familia, pero se recompuso con rapidez para poder responder.
—Mi madre murió al darme a luz, así que no tengo recuerdos de ella —explicó—. Mi padre nunca la mencionó ni habló de ella, pero creo que le gustaban las flores. —Garrett recodaba la única decoración que su padre conservó en la cabaña—. Mi padre nunca mostró interés por las plantas ni las flores, pero siempre mantuvo un único jarrón con flores frescas en casa, sobre la repisa de la chimenea.
El silencio se sintió pesado sobre ellos, y cuando la reina finalmente lo rompió, sus palabras sonaron cargadas de pesadumbre. —Lo lamento.
—Como he dicho, no tengo recuerdos de ella —reiteró Garrett, en un intento por aligerar el aire—. Siempre fuimos mi padre y yo.
—Tu padre… —La reina vaciló y se interrumpió antes de terminar lo que iba a decir, aunque Garrett ya sospechaba lo que la mujer pretendía averiguar.
—Mi padre murió cuando yo era joven —completó Garrett por ella, mientras se perdía en sus recuerdos. No le gustaba recordar la muerte de su padre y, sin embargo, frente a la reina, se encontraba incapaz de mantenerse callado—. Yo tenía unos catorce años. Mi padre y yo salimos a cazar antes de que llegara el invierno. Habíamos seguido a un jabalí y conseguimos arrinconarlo, pero salió mal. El jabalí salió de pronto desbocado desde otra dirección, y mi padre no pudo apartarse a tiempo. La herida fue muy mala y no sobrevivió.
—Imagino lo difícil que tuvo que ser, valerte por ti mismo desde tan joven. Lamento que te vieras obligado a ello. —De nuevo, la voz de la reina sonó apenada.
—Es como funciona el bosque —replicó Garrett. No soportaba la idea de ser objeto de compasión y, por algún motivo, que la reina sintiera lástima por él, le molestaba especialmente—. Nosotros queríamos matar al jabalí para comer, y él se defendió para sobrevivir. Es lo natural.
—Sí, supongo que sí —respondió la reina, pensativa—. En realidad, el bosque no es muy diferente del Palacio Real.
Entonces Garrett se atrevió, finalmente, a desviar la mirada de la hoguera para dirigir sus ojos a la reina. Desde que su conversación comenzó, había temido ver burla o compasión saliendo de ella, pero lo que refulgía en los dorados ojos no era ninguna de esas emociones. En su lugar, Garrett descubrió un brillo de entendimiento, como si la reina realmente fuera capaz de comprender lo que se escondía en el interior del corazón de Garrett.
Como si ambos hubieran vivido lo mismo.
Y como un fogonazo, la situación en la que se encontraban se hizo patente en la mente de Garrett. Alguien se había llevado de la prisión a la única persona por la que se iba a celebrar un Juicio Real. Un Juicio en el que el juez iba a ser la Reina de los Faes, lo que hacía que ésta se viera forzada a salir en busca de la fugitiva, fuera del Palacio Real y hacia el bosque, siguiendo unas huellas que les habían conducido al mismo lugar en el que habían aparecido unos asaltantes. Unos asaltantes que buscaban capturar un zorro plateado por encargo de un cliente misterioso, quien les había informado con antelación de dónde debían ir.
—¿Por qué estabas tan segura de que eras el objetivo de esos caminantes? —La duda había asaltado a Garrett en cuanto oyó la afirmación de la mujer en el carro y, aunque en ese momento lo había decidido ignorarlo en favor de atender el asunto más urgente, la gravedad de la situación ya no le permitía mantenerse al margen—. ¿Cómo puedes estar tan segura de que no buscaban a otro zorro plateado?
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Editado: 12.03.2026