Las palabras de la mujer resonaron en los oídos de Garrett durante un minuto completo, sin que su mente lograra comprenderlas del todo.
—¿Confesado? —preguntó.
—Como te dije, mis soldados no tardaron mucho en capturar a los caminantes que nos perseguían. —Elvinia se alejó de la ventana y, con pasos sosegados, se aproximó a Garrett hasta situarse frente a él para rodearle el cuello con los brazos—. Tenían órdenes de capturar e interrogar a los caminantes de río, así que han conseguido una confesión firmada de todos los miembros del grupo. Admiten que el duque les pagó para que capturaran a un zorro blanco, así como que les informó dónde podrían encontrarlo.
Antes de darse cuenta, y mientras su cerebro finalmente lograba entender las palabras de la fae, Garrett correspondió al gesto de Elvinia y colocó sus propios brazos alrededor de la esbelta cintura de la mujer.
—Y dado que tú eres el único zorro blanco del reino, eso es como admitir que su objetivo eras tú —completó él—. Eso significa que ahora puedes enfrentar al duque, ¿verdad?
—Aún no—negó ella—. La confesión es suficiente para ordenar una inspección, pero no podré detenerlo si no encontramos pruebas físicas, así que necesitamos encontrar a tu amiga y al resto de caminantes en las mazmorras. Por desgracia, eso significa que debemos esperar a que lleguen mis soldados para hacer una inspección oficial.
Garrett sintió cómo la decepción y la preocupación caían sobre sus hombros como losas de piedra. Elvinia y él habían tardado dos días en llegar al ducado, así que, incluso teniendo en cuenta que Elvinia y él habían marchado lentamente por haber estado buscando un rastro, y que los soldados avanzarían más rápido al no hacerlo, las perspectivas seguían sin ser alentadoras.
—Los soldados podrían tardar más de un día en llegar —calculó rápidamente—, ¿y si el duque decide deshacerse de ellos en ese tiempo?
—Para eso debemos calmarnos y actuar como si no ocurriera nada. —El cuerpo de la fae se soltó suavemente de su agarre y se deslizó por el alfombrado suelo hacia el vestidor. Tras detenerse en la puerta abierta, los ojos de Elvinia se clavaron en los de Garrett con la misma seriedad que poseían cuando se enfrentaban al noble fae—. Seremos los invitados ideales del duque y reclamaremos todo su tiempo. Los soldados fae son muy rápidos, Garrett, y mis soldados lo son más aún. Con suerte, lograrán llegar hoy mismo, antes del mediodía.
Según la experiencia de Garrett, era cuando más cerca estabas de atrapar a una presa cuando más probabilidades había de que algo saliera mal, por lo que el cazador no pudo evitar que un nudo de nervios le apretara el estómago durante todo el tiempo que estuvieron preparándose para desayunar con el duque. Sin embargo, el plan exigía que aparentaran normalidad, así que forzó a su cuerpo a mantener una postura y rostro relajados cuando se reunieron con el fae en el comedor.
A diferencia de la noche anterior, el duque parecía algo indispuesto esa mañana. Era casi imperceptible, pero Garrett pudo discernir una ligera tensión en los músculos del fae. Teniendo en cuenta lo hábil que era el noble a la hora de ocultar sus pensamientos, Garrett sospechó que la turbación que éste sentía era mucho mayor de lo que él lograba apreciar. Se preguntó qué podía haber perturbado al duque de esa manera cuando, para su más absoluta sorpresa, notó la rápida mirada que el noble le dirigió, directamente a él. En lugar de demostrar su curiosidad, decidió no comentar nada al respecto y, tan solo unos minutos más tarde, ocurrió otro suceso que rompió con la charla trivial que se había apoderado del desayuno.
Un sirviente entró en el comedor, cargando con una bandeja de plata sobre la que reposaban varias cartas selladas, y se dirigió directamente al duque, quien interrumpió su comida para atender al sirviente.
—Espero que no os importe que revisemos nuestra correspondencia —comentó—. Acostumbramos a hacerlo durante el desayuno.
—Adelante —respondió Elvinia con naturalidad.
Garrett le dio un mordico a su rebanada de pan con mantequilla mientras que, con disimulo, observaba cómo el noble rebuscaba entre los sobres y abría uno en concreto. ¿Había estado esperando una carta? A medida que las rápidas pupilas se deslizaron por el papel, Garrett pudo ver cómo las comisuras de la noble boca se estiraron cada vez más. Quiso advertir a Elvinia del detalle, pero no tardó en percatarse de que la reina se mantenía atenta a cada movimiento del duque.
—Parece que habéis recibido buenas noticias —comentó Elvinia.
—Nuestro emisario en el Palacio Real nos ha contado algo muy gracioso —respondió el noble—. Al parecer, su Majestad se encuentra cumpliendo con su agenda habitual en Palacio. Las noticias de vuestra presencia en nuestro ducado no parecen haber alcanzado los oídos de los miembros de la Corte.
—¿Ahora dedicáis vuestro tiempo a espiarnos?
—En absoluto. —El duque hizo un ademán despreocupado con la mano—. Nuestro emisario ha añadido la nota como parte de su informe, jamás nos atreveríamos a espiar a su Majestad. Sin embargo, no podemos evitar preguntarnos, en base a esta información y a la falta de útiles de caza entre vuestro equipaje, ¿qué habéis venido a cazar exactamente, su Majestad?
Garrett sintió un inicio de pánico. El duque acababa de admitir, de manera tácita, que había revisado sus escasas posesiones. ¿Sabía ya que había sido descubierto? Cuando los ojos del duque se posaron de nuevo en él, esta vez sin restricciones ni disimulo, un sudor frío comenzó a nacer en la frente de Garrett. ¿Lo sabía?
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Editado: 18.04.2026