La Reina del bosque

Epílogo

Todo comenzó con una trampa.

No era una trampa mágica, ni estaba oculta con ningún encantamiento. No. Se trataba de una trampa para conejos normal y corriente, creada por un humano.

A sus más de trescientos años, tras la muerte de los últimos miembros de su familia, su coronación como Reina y el turbulento periodo de transición que transcurrió posteriormente, Elvinia estaba segura de que quedaban pocas cosas en el mundo que pudieran sorprenderla, especialmente cuando corría por el bosque.

Siempre había sentido algo terapéutico en el acto de transformarse en su forma natural y perderse entre la salvaje e indómita espesura. Durante toda su vida, había atravesado cada recodo del bosque hasta conocerlo como la palma de su mano, y ningún recoveco albergaba un solo secreto para ella. Tal vez ese fue el motivo que la llevó, un día como cualquier otro, a traspasar la frontera con el bosque humano, en busca de nuevos terrenos que explorar. Y tal vez fuera esa novedad, cubierta de una inofensiva y apagada claridad, lo que la volvió descuidada.

Nunca, ni en sus pesadillas más bizarras y salvajes, esperó quedar atrapada en una maldita trampa para conejos. Humillante como era la situación en sí, el corazón de Elvinia se le cayó hacia las patas cuando comprendió el auténtico peligro que corría. La ausencia de magia en ese mundo la mantenía atrapada en su forma de zorro, y la aleación de hierro de la jaula, si bien no la dañaba físicamente, le hacía imposible emplear su propia magia para liberarse de su prisión.

Después de horas tratando de superar su incredulidad y buscando sin éxito un escape de la situación, finalmente, el destino decidió golpearla con el desenlace más inesperado de todos cuando, contra todo pronóstico, el cazador humano que era dueño de la jaula, la liberó. Elvinia no deseó darle tiempo para cambiar de idea, así que salió corriendo en cuanto la puerta de la jaula se abrió y, posteriormente, se escondió entre los matorrales para observar al humano.

¿Por qué la había dejado ir?

Elvinia sabía que no debía seguir tentando a una suerte que ya había estado muy cerca de abandonarla, pero se encontró incapaz de ignorar al humano cuando éste emprendió el viaje de vuelta hacia su casa, así como de dejar de observarle durante las siguientes horas. Cuando los tonos purpuras comenzaron a teñir el cielo sobre la solitaria cabaña, Elvinia entró en razón y volvió al Palacio Real. Sin embargo, fue incapaz de eliminar de su mente el recuerdo del humano y, tras horas dando vueltas por su dormitorio, Elvinia decidió que debía, en respuesta a la amabilidad recibida, otorgarle un presente de agradecimiento.

Era lo menos que debía hacer, ¿verdad?

Así que, tras fabricar un sencillo dije con un mechó de su cola, Elvinia marchó de nuevo al reino humano para entregarlo. En esa ocasión no consiguió ver al humano, pero sus pensamientos estuvieron llenos de él en los siguientes días y, antes de darse cuenta, se encontró volviendo con frecuencia a los alrededores de su cabaña, observándolo desde lejos.

Eventualmente, averiguó su nombre.

Garrett.

Con el paso de las semanas, pudo hacerse una idea del carácter del hombre en base a cómo se comportaba y, tras meses de observarlo y estudiarlo, llegó el resultado inevitable: Elvinia se enamoró. Completa e irremediablemente.

El problema era que no podía, simplemente, acercarse a él.

Garrett era un hombre formidable, pero parecía estar convencido de que no merecía aspirar a nada mejor que lo que ya tenía. Elvinia ignoraba el origen de aquella inseguridad, pero comprendía a Garrett lo suficiente como para saber que, incluso si conseguía que la correspondiera en su amor, él no aceptaría abandonar su hogar para ser su rey consorte. No lo haría, a menos que un motivo ajeno a su control le otorgara la oportunidad. Por otra parte, los rivales políticos de Elvinia salivarían ante la más mínima muestra de debilidad, y no dudarían en lanzarse sobre su rey humano como pirañas hambrientas.

Elvinia no podía permitir que eso ocurriera, así que se pasó lo siguientes seis años y medio trazando un plan que le permitiera conseguir su objetivo, a la vez que se deshacía de sus obstáculos. Tal vez dicho plan fuera innecesariamente enrevesado, pero, ¿qué era la vida sin un poco de desafío?

Por supuesto, los soldados de su escuadrón especial le eran incondicionalmente leales, así que pudo contar con su total colaboración y facilitar con mucho la ejecución de su plan. Gracias a ellos, pudo ausentarse del palacio durante dos años sin que ninguno de sus súbditos se percatara. Mientras tanto, ella tuvo la oportunidad de hacerse un lugar en la aldea de Garrett, interpretando el papel de una muchacha jovial e inocente de nombre Fiona. Permanecer constantemente en ese punto intermedio, en el que se mantenía lo bastante cerca de Garrett como para que éste desarrollara un suave apego por ella, pero lo bastante alejada como para que dicho apego no fuera demasiado intenso, fue lo más difícil que Elvinia hubiera tenido que hacer nunca.

Afortunadamente, tras dos años de espera, se le presentó la ocasión perfecta para comenzar con su plan. Cuando Garrett enfermó, Elvinia no tardó en obsequiarle las hiervas curativas de sus bosques, lo que pudo utilizar como excusa para, posteriormente, fingir ser detenida. Sabía que Garrett no podría resistirse a su petición de ayuda y que, cuando inevitablemente fracasara en protegerla, se sentiría lo bastante responsable como para seguirla. Pero qué maravilloso hombre era su cazador. Si ella no hubiera ralentizado su avance a propósito y advertido a sus soldados sobre su ruta de escape, el cazador humano habría tenido éxito en dar esquinazo a los soldados fae.




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