La reina del drama

Capitulo 14

**Maksym**

—Mmm… qué rico —suspira Liza con alivio, masticando un trozo de una simple pizza de queso—. Por fin he comido. Unos minutos más y me habría desmayado de hambre.

Estamos sentados en mi Mercedes, en el aparcamiento frente al edificio del juzgado, separados por una caja de pizza apoyada en el reposabrazos. Antes de la reunión con los representantes de la parte contraria no tuve tiempo de alimentar a mi asistente hambrienta, así que de camino entramos en Domino’s y nos llevamos el almuerzo.

Por el interior del coche flota una música suave que, liberada ya de la presión de la oficina, hace que Liza mueva apenas los hombros y balancee las rodillas al ritmo. Sus movimientos son naturales, relajados, como si así respirara la libertad. Fue precisamente esa ligereza la que una vez atrajo mi mirada y ahora, irónicamente, la veo cada día y al mismo tiempo debo mantener la distancia.

Liza sorbe café de un vaso de plástico, toma otro trozo de pizza y cierra los ojos de placer. ¿Quién iba a pensar que la comida más corriente puede dar tanta felicidad? Sabe disfrutar de las pequeñas cosas: un talento raro, casi olvidado.

Al darme cuenta de que la observo demasiado tiempo, desvío la mirada hacia el parabrisas.

—Me da un poco de vergüenza comer cuando tú no lo haces —dice con una sonrisa—. Me siento una glotona.

—Come —le digo, volviéndome hacia ella—. Ya tuve una reunión con café, así que no tengo mucha hambre. Y, para ser sincero, con cada trozo de pizza te vuelves más bonita. Eso, por cierto, va en mi interés.

—La gente solo se vuelve mordaz cuando alguien la acorrala —dice Liza pensativa, con una alusión evidente hacia mí.

—Interesante teoría —respondo, lanzándole una mirada breve—. Entonces, ¿yo te he acorralado?

—Si de pronto sientes remordimientos, no te los guardes —suelta ella con alegría, aunque la voz le tiembla un poco.

Entre nosotros se posa el silencio. Solo el motor ronronea como un gato que sabe que en cualquier momento algo volverá a caer de la mesa.

—¿Tal vez estás cansada? —pregunto, bajando el tono—. La semana ha sido intensa.

—Cansada, sí. Del control constante —responde sin dudar.

Siento cómo las comisuras de mis labios se contraen traidoramente.

—Eso es parte del trabajo, Liza. Sin control todo se desmorona.

—O al revés —dice en voz baja, mirando los coches tras la ventanilla—. Basta con dar a la gente un poco de espacio y ellos mismos te sorprenderán con el resultado.

Da un sorbo tranquilo al café, se toca los labios y se queda pensativa un instante. En cada uno de sus gestos hay seguridad y una terquedad serena. Me descubro pensando que esta mujer no solo soporta la presión: sabe redirigirla y convertirla en su arma.

Sus últimas palabras se dispersan por mi pecho como señales de alarma. Tengo las manos libres y nada, salvo la caja a la derecha, me impide arrancar el motor y volver. Pero por alguna razón sigo embriagándome de que estemos a solas en el estrecho habitáculo del coche, disfrutando de su presencia. Me siento cómodo con ella. No me molesta la presencia de otra persona en el coche, aunque suelo proteger mi espacio personal. Además, este viaje fue espontáneo para ambos; para Liza no había ninguna necesidad de estar aquí.

—Podemos irnos —ordena la empresaria, colocando la caja casi vacía en el asiento trasero.

Sonriendo para mí mismo, arranco. El día laboral aún no ha terminado, así que me dirijo de vuelta a la oficina.

El tono estándar del iPhone de Liza corta el silencio.

—Hola —el timbre de su voz cambia al instante, se vuelve más dulce. Conmigo habla distinto.

Escucha con atención a su interlocutora, ríe bajito y de vez en cuando suelta breves exclamaciones de entusiasmo. Su rostro vive una vida propia; las expresiones cambian tan rápido que dan ganas de observarlas sin fin. Me sorprendo con una sonrisa indeseada. Maldita sea.

—¿La última vez era más pequeño? —pregunta Liza, y la frase me llega directa a los oídos. Me pongo en guardia sin querer.

—Pobrecito. ¿Cómo se las arregla con algo tan voluminoso? —añade con esa burla ligera que me tensa al instante.

¿De qué demonios están hablando?

—¿Al tacto se nota la diferencia? —Su risa suena como una copa de cristal, y a mí se me aprietan las mandíbulas.

—Mañana quizá pase a ver ese… ejemplar. Tengo muchas ganas de verlo —continúa, reclinándose en el asiento—. ¿No te importa?

Le preguntaría qué quiere decir exactamente, pero algo me dice que la respuesta no me va a gustar.

Mis dedos se clavan en el volante. Con todo mi ser siento cómo nace una tormenta de celos hirvientes. La ira regresa con fuerza renovada, convirtiendo cada terminación nerviosa en una antorcha encendida. ¿Qué diablos? No, no voy a entrometerme en diversiones de chicas (por el timbre de la voz entendí que al otro lado del teléfono había una mujer), pero hablar de hombres en presencia del jefe ya es el colmo.

La culpa es mía. Le permití romper la subordinación, inicié una charla personal y ella, sin perder tiempo, aprovechó mi lealtad.

El Mercedes entra en el aparcamiento, los neumáticos chillan, Liza se inclina hacia delante y deja caer el teléfono al suelo.

—¿Qué ha pasado? —estira el cuello, mirando alrededor, buscando la causa del frenazo brusco.

—Hemos llegado —gruño entre labios tensos—. Está libre, la jornada laboral ha terminado.

—De acuerdo —dice con cautela, inclinándose para buscar el móvil bajo el asiento. Cuando sus dedos tocan la manilla de la puerta, añado—: Aunque habrá una tarea más. Reserva una mesa en Georgia a las ocho. Para dos.

—Oh, gracias, pero no creo que sea buena idea, teniendo en cuenta…

—La segunda persona no eres tú —la interrumpo con un tono inexpresivo.

En su rostro primero aparece la sorpresa, luego la confusión mezclada con miedo, pero en un instante todo desaparece. En su lugar llega una indiferencia helada, tan cortante que se me eriza la piel.




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