La Reina Del Fuego-Segundo Libro- (editando 1ª vez)

Capítulo 15 (Editado 1ª Vez)

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“A veces, el verdadero peligro no es el enemigo que tienes delante, sino la bestia que cada uno lleva dentro... y que está a punto de despertar.”-Fire

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El camino fue en completo silencio. La presencia de Orlock nos hacía sentir incómodos, no éramos nosotros mismos. Podía apreciar las miradas furtivas que le lanzaba Aston a Orlock, cómo apretaba los puños con fuerza, asqueado de tener que compartir este viaje con un vampiro. Asia intentó tranquilizarlo en varias ocasiones, pero de nada sirvió, pues el lobo estaba demasiado pendiente del intruso que se había aventurado con nosotros. Anna ni siquiera lo miraba y Acua se había dedicado a estar pegada a ella como una lapa, como si no quisiera que él se acercara.

Había algo que desconocía. La mirada de horror de Anna y cómo había reaccionado Acua me decía mucho de la clase de relación que tenían el vampiro y ella. Una parte de mí quería expulsarlo del grupo, no lo quería; algo me decía que no era trigo limpio, y yo tendía a hacerle caso a mi instinto. Si algo no me fallaba, era eso: el instinto. Era tan característico de los dragones. Deseaba estar confundida, pero el vampiro desprendía un aura de soberbia que me asqueaba sobremanera. Intenté mantener la calma, no era el mejor momento para montar una escena, pero esa sensación se incrementaba con cada minuto que pasaba con él.

La fama del vampiro no era la mejor. Había oído incontables historias de Orlock, cada cual peor que la anterior. Si Yulen tenía mala fama por sus excesos y su estilo de vida, Orlock era peor, mucho peor, tanto que nadie se quería acercar a él. No entendía por qué el padre de Anna quería que su hija contrajera matrimonio con un ser como él, pero es que no podía decir nada, no podía hacer nada. Si estuviera en mis manos, sin duda, por cómo había reaccionado Anna, lo habría alejado todo lo que pudiera y más de ella, pero no podía cambiar la decisión del padre de ella, aunque lo deseara con fuerza.

Dagdas se había dedicado a tocar la flauta que llevaba con él, intentando amainar la tensión que se había formado en la atmósfera. Lo consiguió, como era de esperar de un euterpe. Al final, llegamos a un sitio muy aislado, cerca de las tierras malditas, una zona a la que no era recomendable ir. Aquí se escondía la escoria de Cagmel, los mercenarios que trapicheaban con ciertos artilugios mágicos.

Era una zona antigua. Las casas se caían con solo mirarlas. El suelo de piedra estaba agrietado, creando grandes agujeros que impedían que pudiéramos dar un paso decente. Las casas eran de madera, pero aquella madera estaba podrida. El moho subía como espiral por la pared; las ventanas, la mayoría, estaban rotas. Los pocos habitantes que había allí nos miraban desde la seguridad de su casa, sin acercarse, cerrando las ventanas cuando alguno de nosotros se daba cuenta de que nos estaban observando.

Pequeños puestos ambulantes decoraban cada rincón del sitio. La mayoría de cosas que vendían eran ilegales. Habíamos venido por aquí porque sabíamos que había un viejo portal al mundo humano, que usaban estos habitantes para ir a dicho mundo, robar objetos y venderlos por precios desorbitados.

Las personas que habitaban en este sitio eran zombis, sí, zombis de verdad. Sus pasos lentos, su piel verdosa, su mandíbula desencajada, su capacidad de desmontarse con solo verles, y su escasa inteligencia. Este lugar fue creado por Atenea, quien, furiosa porque una de sus sacerdotisas se acostó con Zeus, la maldijo y, con ella, a todos los descendientes y a todas sus criaturas, transformándolos en lo que eran ahora. Era horroroso, un castigo doloroso a la par que humillante.

Vi cómo a una pobre mujer se le cayó un brazo. Aparté la mirada, noté un gran escalofrío, pero la curiosidad era mayor y, de nuevo, la miré. Vi cómo se colocó el brazo y siguió andando con su ropaje hecho jirones. El hedor a vómito y a otras sustancias que desconocía hizo que arrugara la nariz. No comprendía qué habían hecho estas personas para merecer este castigo, y todo solo por la ira de una diosa. Pero no me sorprendía. Los dioses habían hecho locuras; ellos sabían que, en la escala de poder, estaban por encima. Eran nuestros creadores, pero, a pesar de eso, a pesar de ser poderosos, muchos de nosotros habíamos logrado que se durmieran, que no volvieran a hacer de las suyas.

—Son totalmente como en las películas que dan en el mundo humano sobre los zombis. Son asquerosos y dan miedo.

—Son inofensivos, son cobardes por naturaleza. Además, un zombi no tiene grandes habilidades y se desmontan cuando les miras. Mi manada y yo intentábamos ayudarlos, les dábamos suministros —dijo Aston, pasando un brazo por el hombro de Asia, pegándola hacia él, mientras lanzaba gruñidos a los zombis que miraban a Asia con demasiado interés.




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