La reina del Inframundo

10. Virtudes

Salí de aquella habitación y Perséfone me estaba esperando, con Kerberos en brazos. Observaba con atención la expresión de mi rostro. No tenía intención de aparentar que nada había pasado, pero tampoco quería contar lo que me ocurrió ahí dentro.

No era desconfianza.

Solo… solo… solo quería llorar a solas, todo lo que pudiera.

—Me despedí de mi amigo. Sí, era él al final —fingí una sonrisa.

Asintió.

—Las despedidas suelen ser dolorosas, pero también guardan un poco de alegría.

Me limité a asentir, de acuerdo con sus palabras.

—Ya debería irme —dije tras un momento—. ¿Puedes hacerme un último favor?

Pareció dudar, pero finalmente aceptó.

—Quiero que distraigas a Orión… o como se llame.

Perséfone me observó en silencio durante un rato, como si debatiera consigo misma si debía hablar o no. Al final asintió varias veces y su mirada se volvió seria.

—En su otra vida, antes de morir, era llamado Orión. Encarnó en una constelación llamada Rengel, y luego quiso ser humano, conservando su nombre.

Me sorprendió la revelación. Por primera vez, sentí pena por él. Asentí despacio para que supiera que la escuchaba. Ahora estaba más segura de mi decisión.

—Distráelo. Quiero volver a la Tierra… al mundo, o como sea que llamen al hogar del que vengo.

—¿Quieres regresar sola? ¿Estás segura?

—Sí. Se suponía que debía ir con él hasta llegar al reino Esmeralda, pero cambié de opinión. Necesito viajar sola… a un lugar.

No hizo más preguntas, y se lo agradecí en silencio.

—Debes comer una fruta —dijo—. Esa fruta te permitirá regresar a tu mundo, pero tendrá consecuencias.

Quise preguntar, pero no había tiempo. Me acerqué a Kerberos y acaricié suavemente cada una de sus cabezas.

—Te extrañaré, Kerberos… y a ti también, Perséfone.

Caminamos un poco hasta llegar a otra puerta. Perséfone la abrió y, al entrar, vi algo parecido a una cocina, aunque en lugar de alimentos había frascos pequeños con líquidos de distintos colores. Sin embargo, lo que más llamó mi atención fue una fruta conocida: la misma que comí cuando era niña.

La manzana dorada.

Me acerqué a la mesa donde estaba la canasta. Cuando estuve a punto de tomar una, la mano de Perséfone me detuvo.

—Esa no es la fruta que debes comer —dijo, colocando otra en mi mano—. Es esta.

Era una fresa.

—Parece normal, pero lo que lleva dentro no lo es.

—¿Esto me ayudará a volver? —pregunté.

—Sí. En la Tierra estás casi muerta, pero cuando comas esta fresa llegarás como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, al ser una fruta de este lugar… habrá consecuencias.

Era la segunda vez que mencionaba esa palabra.

—¿Cómo cuáles?

—Perderás tu virtud más valiosa.

¿Mi virtud más valiosa?

Tenía muchas… o eso creía. Nunca me había detenido a pensar cuál de todas era la más importante. ¿Qué más podía perder? No tenía nada. Y con nada, me refería a nadie.

Supuse que perder una virtud más no sería un problema.

Asentí.

—La comeré ahora.

Dejó a Kerberos en el suelo y me abrazó. Era un abrazo de despedida. Se lo devolví, sin saber si alguna vez volvería a verla.

Llevé la fresa a mi boca y le di una mordida.

Poco a poco, mi visión se volvió borrosa…hasta que todo se oscureció por completo.

¡¡¡Volví!!!
Debido a mis estudios (específicamente la presentación de proyectos y los exámenes finales) no pude escribir.
Pero ahora que estoy de vacaciones, regreso con más energía y entusiasmo para terminar mis historias ;D




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