La reina del Inframundo

11. Huir

Abro los ojos y los cierro de inmediato cuando la luz del sol me quema la vista. Los vuelvo a abrir despacio, hasta que mis ojos se acostumbran al brillo. Miro a mi alrededor y, a mi lado, sigue Orión dormido. Instintivamente llevo mi mano al lugar donde me apuñaló… pero no hay ninguna herida.

Perséfone tenía razón.

Me levanto del suelo con la intención de irme lo más rápido posible antes de que Orión despierte, pero no tengo idea de cómo llegar a la casa del árbol. Ni siquiera dejé marcas en los árboles. Sin perder tiempo, camino de frente con la esperanza de encontrar el camino correcto.

Sin embargo, me detengo.

Tengo una idea.

Es hora de usar mi don.

Estiro los brazos hacia arriba y una rama gruesa envuelve mi cintura, cargándome hasta la copa del árbol. Esquivo algunas ramas para no lastimarme. Cuando llego a la más alta, puedo ver mejor el lugar.

Y sí… la casa del árbol está al lado contrario de donde iba.

Me pongo de pie, cierro los ojos y me concentro en crear un puente de ramas y lianas.

Gracias, Perséfone, por el entrenamiento.

Es la primera vez que hago esto; espero que funcione.

Me quito los zapatos y me sujeto de las lianas para mantener el equilibrio.

Llego agotada, sin aliento. Pateo la puerta y voy directo por mis cosas, las que alistó mi ex dama de compañía.

Sí, la misma que eligió el castillo y no a mí.

También tomo la espada que me dio mi antiguo caballero, a quien ahora recuerdo con odio.

Tal como hice para subir al primer árbol, hago lo mismo para bajar de este. Al tocar mis pies el suelo, escucho mi nombre a lo lejos.

Es la voz de Orión.

Tengo que huir, rápido.

Sujeto bien mis cosas y corro con todas mis fuerzas, atravesando árbol tras árbol hasta llegar a un lugar lleno de personas. Bajo la mirada para no ser reconocida.

No sé si todo Bellatore sabrá de mi destitución.

Sigo caminando hasta encontrar un puesto de vestimentas. Compro una capa negra y continúo mi camino. Mi siguiente destino es mi pueblo: quiero despedirme simbólicamente de mi puebo donde nací antes de ir en busca de mi ex prometido.

***

Estoy perdida.

No sé dónde estoy. Siento como si caminara dentro de un laberinto.

Me acerco a un hombre y le pido que me lleve al camino principal. El hombre asiente y señala un sendero estrecho.

—Sigue ese camino hasta que veas el río. No te desvíes, o terminarás dando vueltas todo el día.

Le agradezco con una leve inclinación de cabeza y continúo. Camino durante horas; el sol comienza a descender y el cansancio pesa en mis piernas. Cada sonido me pone alerta, cada sombra me parece Orión siguiéndome.

Cuando por fin veo el río, siento un alivio momentáneo.

Estoy en el camino correcto.

Me siento en una roca para recuperar el aliento. Es entonces cuando algo me golpea por dentro, una sensación extraña, como si algo faltara. Intento concentrarme, como lo hice antes, para sentir las raíces bajo la tierra… pero no responden de inmediato.

Frunzo el ceño.

No… —susurro.

Vuelvo a intentarlo. Nada. La conexión está ahí, pero es débil, distante, como una voz que se apaga.

Las palabras de Perséfone regresan a mi mente.

“Perderás tu virtud más valiosa.”

No era mi don lo que perdía como creía.

Era mi confianza en mí don.

Me pongo de pie, con el corazón acelerado. Ya no puedo depender solo de la naturaleza. Ahora estoy sola… de verdad.

Aprieto la empuñadura de la espada.

—Está bien —me digo—. Si este es el precio, lo pagaré.

Cruzo el río y sigo avanzando sin mirar atrás.

Detrás de mí, muy lejos, el viento sacude las ramas como si alguien pronunciara mi nombre.

Pero no me detengo.

Este es el comienzo de mi huida de él... no hay vuelta atrás.




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