La reina Montenegro

Prologo

Las negociaciones, las armas, la tensión e incluso la sangre eran algo habitual en el día a día de Alina Montenegro.

—¿Está hecho? —preguntó, sin apartar la vista del ventanal que daba a los muelles de la ciudad.

Frente a ella, un hombre jadeaba, arrodillado sobre el frío hormigón del almacén. Tenía el rostro desfigurado por los golpes e hilos de sangre corrían por su rostro hasta su pecho. Camila, la mano derecha de Alina, sostenía una tablet con las transferencias bancarias recién confirmadas.

En el suelo, yacía un maletín abierto con más dinero del que una familia honrada vería en tres generaciones.

—Confirmado, señora —respondió Camila con voz firme—. Los Moretti pensaban adelantarse a nuestra transacción, pero lo hemos impedido. Oficialmente el puerto de la zona sur le pertenece a la reina.

Alina se giró lentamente. La luz de los focos industriales resaltaron sus facciones afiladas y hermosas, junto con esa mirada que su abuela adoptiva, Isabel, le había enseñado a endurecer.

—Llévenselo —ordenó Alina, señalando al desleal que había intentado inclinar la compra a favor de los Moretti—. Que esto sirva de advertencia: la reina Montenegro no tolera traiciones.

Los gritos de súplica del hombre fueron ignorados mientras fue arrastrado por dos de sus guardias. Camila se acercó a ella.

—Un problema menos de la lista de hoy —murmuró.

—¿Qué nos queda? —preguntó Alina, ajustándose la chaqueta de cuero.

—Que las bodegas abandonadas de este distrito se vendan. La Reina aceptó las condiciones, pero esa rata de Ventresca no ha pagado.

Alina gruñó.

—Nuestros vigilantes lo ubicaron en El Umbral —añadió Camila revisando detalles indescifrables en su tablet. Varias cámaras de seguridad aparecieron en la pantalla mostrando el horrible rostro de Gervasio Ventresca.

—Vamos.

—Vamos me suena a manada —señaló Camila con ironía—. En este tipo de ocasiones te gusta ir como una endemoniada en tu moto y yo valoro mi vida. Así que nos vemos allá, prefiero ir en coche.

Alina sonrió, maliciosamente. Un poco de adrenalina y velocidad no le vendrían mal para cerrar la jornada.

***

Las nueve y siete de la noche.

El eco del portazo aun vibraba en la paredes de la mansión cuando Leonard Moretti se desabrochó el botón superior de la camisa, sintiendo como el aire regresaba a sus pulmones. Tenía la mandíbula tan tensa que el dolor comenzó a irradiarse hacia sus sienes.

Otra cena, otra farsa donde el plato principal era su propia libertad.

—Leonard, la decisión ya está tomada —la voz de Lazzaro, su padre, fría y tenaz como un terrible veredicto, seguía resonando en su cabeza—. Sabes perfectamente lo que representa este matrimonio. La unión de ambas familias hará que nuestra estabilidad y control sea indiscutida.

Recordó como alzó su copa de vino, el líquido rojo brillo bajo los candelabros de cristal como si estuviera ofreciendo su propia sangre.

—Claro. Porque, ¿quién necesita amor o la libertad de elegir con quien casarse si puedes tener el control de todos los distritos de la ciudad?

Su madre, como siempre, no dijo nada. Solo observó el borde su plato con esa mirada vacía de quien hace mucho tiempo hacia aceptado ser un mero adorno. Y era eso en lo que Leonard se rehusaba en convertir; no sería jamás un peón en el tablero de su padre.

A sus treinta años, el apellido Moretti le pesaba como una cadena de oro macizo: hermosa y tentadora a la vista, pero una condena al fin y al cabo. El matrimonio por contrato era una sombra proyectada por los viejos patriarcas que negociaban con las vidas de sus hijos como si fueran acciones de bolsa.

¡Ni siquiera conocía el rostro de la mujer con la que pretendían encadenarlo!

Él era el único heredero de Lazzaro Moretti, había dedicado su vida a hacer honor al apellido, esperando asumir su lugar como líder llegado el momento. Pero la realidad era distinta: a los ojos de su progenitor, Leonard no era más que una pieza más dentro del juego familiar, una marioneta manipulable.

—¡Leonard! ¡Vuelve aquí! —el grito de su padre rebotó en el mármol del vestíbulo, pero él no se detuvo. Empujó las pesadas puertas de la mansión, sintiendo el aire frío de la noche como un bálsamo.

Estaba a punto de subir a su coche cuando el teléfono de su padre, que todavía estaba cerca de la puerta, empezó a sonar en una frecuencia de emergencia.

—¿Qué pasa ahora? —escuchó Leonard que Lazzaro gritaba al descolgar—. ¿La reina Montenegro? ¿Otra vez? ¡Me importa una mierda que hayan atrapado al soplón! ¡Quiero sus cabezas, ese puerto debía ser nuestro!

Leonard cerró la puerta de su Maserati de un golpe.

Montenegro, Montenegro, siempre la reina Montenegro.

El nombre "la reina Montenegro" era una obsesión para su padre. Una guerra generacional que a Leonard le resultaba agotadora. ¿Qué le importaba a él quién controlaba el puerto o si habían descubierto a un espía?

Técnicamente siempre le había importado, la reina Montenegro le había arrebatado algo preciado años atrás, en esa estúpida rivalidad de familias. Sin embargo, en aquel momento él solo quería una noche donde el apellido Moretti no fuera un recordatorio de que su vida no le pertenecía.

Arrancó el motor y condujo sin rumbo fijo, cuando de repente las luces de neón de El Umbral captaron su atención.

Conocía bien ese lugar, un bar que mezclaba a la alta sociedad y aquellos con suficiente poder para negociar con ellos. Un rincón donde también se borraban los apellidos con alcohol y ruido, justo lo que necesitaba.




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