La reina Montenegro

1. El Umbral

El olor a humedad y tabaco viejo estaba impregnado en las paredes de la oficina trasera de El Umbral. Alina dejó el maletín de cuero sobre la mesa con una parsimonia que desesperó al hombre sentado frente a ella, aunque no se atrevió a decir nada.

—Aquí están las escrituras de las bodegas —dijo con voz plana y autoritaria—. Mi abuela, la Reina Montenegro, aceptó las condiciones. Pero que quede claro: si el pago no se ve reflejado en la cuenta antes del amanecer, estas propiedades volverán a ser nuestras... junto con tu cabeza.

Gervasio Ventresca tragó saliva. Su cabello grasiento caía sobre un rostro ancho y torcido. Sus ojos pequeños, hundidos bajo unas cejas pobladas y fruncidas, no lograron ocultar el temor que le recorría el cuerpo.

Si bien Alina no era la Reina, o eso creía él, actuaba como su mensajera personal, cargando con el peso de una soberana. Nadie sospechaba que, bajo esa fachada de "nieta obediente" y recadera temida, Alina era quien realmente movía los hilos de la familia Montenegro desde que la salud de Isabel había comenzado a flaquear.

A sus veinticinco años, el apellido que había adoptado desde que Isabel la hizo su nieta era una corona de espinas que le perforaba las sienes cada mañana. Sin embargo, ella lucía con orgullo aquel símbolo de sacrificio; cumpliría con lo que su abuela le había enseñado. Le debía todo lo que era.

—Dile a la Reina que no habrá problemas —balbuceó Ventresca, firmando los papeles con manos temblorosas.

Alina guardó la copia del contrato de inmediato y salió de la oficina. En el pasillo, Camila la esperaba oculta en las sombras.

—Trato cerrado —murmuró Alina, extendiéndole los papeles para que Camila respaldara el acuerdo con fotos—. Deja a dos de nuestros hombres aquí hasta que la transacción esté hecha. No confío en ese tipo.

—¿Volvemos a la base? —preguntó su mano derecha, enviando un mensaje rápido a los guardias.

Alina miró hacia el pasillo que daba a la pista del club. Las luces de neón se filtraban por las puertas, tiñendo el ambiente de un azul eléctrico. Estaba cansada; en aquel momento, la corona sobre su cabeza se sentía más pesada de lo normal.

—Me quedaré un rato. Necesito recordar cómo se siente ser alguien que no tiene que dar órdenes por un momento.

—¿Sola? —Camila frunció el ceño—. Alina, los Moretti deben estar furiosos. Si alguien te reconoce...

—Nadie sabe quién es la Reina Montenegro —respondió ella, sacudiendo la cabeza.

—Pero conocen a su nieta. Hoy no es el mejor día.

—Me quedaré. Necesito despejarme.

Sin esperar réplica, se alejó y se sumergió en el estruendo de la fiesta.

***

Leonard entró al club y se abrió paso hacia la barra. Pidió un whisky doble, mientras el estruendo de la música empezó a silenciar sus pensamientos.

Pero de pronto, ella apareció.

Había conocido a muchas mujeres hermosas, pero esa desconocida tenía algo magnético. No era la típica chica de club; poseía una elegancia gélida que delataba a alguien acostumbrada a que el mundo se apartara a su paso.

Su cabello, de un rubio tan pálido que rozaba el blanco platino, caía sobre sus hombros en ondas desordenadas. Tenía la piel de porcelana, casi traslúcida, y unos ojos de un azul acero que parecían capaces de leer pecados. Pero lo que más llamó la atención de Leonard fueron sus orejas, adornadas con múltiples aros plateados que brillaban bajo el neón como pequeñas dagas.

Se dirigió directo a la barra, ignorando las miradas hambrientas que la seguían. Nadie fue lo suficientemente valiente para acercarse. Pidió un trago y observó la pista con una seriedad que contrastaba con el caos a su alrededor.

Leonard no era de los que se quedaba quieto y tras un largo sorbo a su vaso, se acercó.

—No pareces de las que vino a disfrutar de una noche de baile —murmuró él. Su voz fue una mezcla de seda y grava, lo que la obligó a girar la cabeza lentamente—. Más bien, parece que estás escapando de algo.

Alina lo observó de arriba abajo. Su figura era una silueta de hombros anchos y músculos tensos, envuelta en una camisa oscura que parecían a punto de ceder ante su porte. Tenía el cabello oscuro, cortado con una precisión casi militar, y una mandíbula tan afilada que parecía capaz de cortar el aire. Pero eran sus ojos los que detenían el tiempo: oscuros, analíticos y cargados de intensidad. En su antebrazo, descansaba un tatuaje de un cuervo con alas desplegadas, un recordatorio de que, en su mundo, él era el depredador que vigilaba desde las alturas.

—Quizá solo estoy esperando a que algo valga la pena —respondió Alina, recalcando cada palabra de forma intencionada.

—¿Y ya lo encontraste? —preguntó Leonard, acortando la distancia.

En ese instante, el teléfono de ella vibró en su bolsillo. La luz de la pantalla iluminó su rostro, pero no dejó ver ninguna reacción. Era una alerta de Camila.

Alina tuvo que evitar rodar los ojos, estaba claro que no iba a dejarla sola sin "cuidarla". El mensaje contenía una foto de dos hombres, unos cazarrecompensas que seguro estaban buscando a la mensajera de la Reina.

Camila le advirtió que sabían de su rostro.

Alina se tensó; si la encontraban, el caos se desataría demasiado rápido y seguro se aprovecharían de su figura de "nieta mensajera" y aquello llegaría a oídos de Isabel.

Miró al desconocido frente a ella, quien la observaba con una intensidad que parecía querer resolver el misterio de su mirada.

—Depende —murmuró ella, acercándose tanto que pudo oler su perfume a ambroxan y lavanda—. ¿Eres tan bueno distrayendo como lo eres haciendo preguntas?

Leonard sintió el aroma de ella: una mezcla de gasolina, viento nocturno y un toque cítrico que se le instaló en los pulmones.

—Solo sígueme el juego — susurró. Su voz fue una orden disfrazada de súplica —. Un minuto. No preguntes. Solo haz que crean que te pertenezco.




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