El beso fue un choque de trenes.
Fue un movimiento calculado por parte de ella, una maniobra desesperada, pero Leonard sintió una descarga eléctrica recorrerle la columna.
Los labios de Alina estaban fríos, pero su boca quemaba con una urgencia que lo tomó por sorpresa. Leonard, lejos de apartarse, reaccionó con el instinto de un hombre que no sabe perder. Una de sus manos bajó a la cintura de ella, apretándola contra su cuerpo con una firmeza posesiva que hizo que Alina soltara un pequeño jadeo contra sus labios.
Por encima del hombro de ella, Leonard divisó movimiento. Dos hombres de hombros anchos y miradas de halcón se detuvieron en seco a pocos metros, escaneando la barra. Sus ojos se fijaron en la espalda de la mujer que él tenía entre sus brazos. Estaba claro: ella se estaba escondiendo de ellos.
Leonard no se inmutó. Al contrario, profundizó el beso, ladeando la cabeza para cubrir más el rostro de ella mientras su mirada se cruzaba, gélida y letal, con los hombres de negro.
Con un movimiento sutil de la mano que tenía libre, Leonard hizo una señal a la penumbra del club. Sus propios guardaespaldas, que siempre se mantenían a una distancia discreta, se materializaron como sombras.
No hubo necesidad de palabras. Sus hombres interceptaron a los buscadores, bloqueándoles el paso y "sugiriéndoles" una dirección distinta con la eficiencia violenta que solo los Moretti poseían.
Leonard no pensaba permitir que un par de matones de segunda le arruinaran el mejor momento que había tenido en semanas.
Cuando los hombres desaparecieron por la salida lateral, Alina se separó de él e intentó retroceder, pero Leonard no la soltó. Al contrario, la arrinconó contra la madera de la barra, rodeándola con sus brazos a cada lado.
—Tus amigos acaban de retirarse —gruñó él contra su boca, su voz ronca por la adrenalina—. Pero ahora tienes un problema más grande conmigo —añadió con una sonrisa peligrosa—. Mi turno.
La besó de vuelta, pero esta vez no hubo nada de actuación. Fue un beso lento, hambriento, de esos que dejan el sabor del otro marcado en la lengua como un tatuaje. Leonard le sujetó el rostro, hundiendo sus dedos en el cabello de ella, obligándola a sentir la intensidad de su control. Mordió suavemente su labio inferior antes de separarse lo suficiente para que sus alientos se mezclaran.
—Nadie me usa como escudo gratis, tesoro —dijo él, con la voz rota por la tensión—. Ahora estamos a mano.
Alina lo miró y, por unos segundos, Leonard vio una grieta en su armadura de hielo. Había fascinación en sus ojos, una chispa de deseo que ella no pudo apagar a tiempo.
—Tienes mucha confianza para ser un desconocido —respondió ella, tratando de recuperar el aire y la compostura.
—Soy un desconocido que acaba de salvarte el pellejo —él bajó la mirada a su cuello, donde el pulso de ella latía desbocado—. Y uno que no acepta un "gracias" como pago. Dame una razón para no seguirte hasta tu casa ahora mismo.
Alina soltó una risa seca, pero sus dedos rozaron la seda de la camisa de él, justo sobre el corazón.
—No querrías saber dónde vivo. Es el tipo de lugar donde los hombres con trajes caros no salen con vida. Así que gracias por la ayuda, pero desde aquí, me las arreglo sola.
—¿Así te vas? Después de usar mi boca como escudo, ¿ni siquiera vas a darme un nombre? —Leonard le sujetó la muñeca. No con fuerza, sino con una caricia que quemaba.
—Alina.
—Leonard, y me gustan los desafíos —replicó él. Sacó su teléfono y lo deslizó sobre la barra hacia ella. No fue una invitación, fue una orden silenciosa—. Pon tu número.
Alina dudó. Su instinto le gritaba que borrara su rastro, que desapareciera en su moto y se olvidara de este hombre. Pero la adrenalina del beso todavía le recorría las venas. Miró el dispositivo y luego a Leonard; él no pedía, él reclamaba.
Tomó el teléfono. Sus dedos rozaron los de Leonard y el contacto físico la hizo estremecer de nuevo. Marcó su número privado, el que solo Camila e Isabel conocían, y antes de devolvérselo, bloqueó la pantalla manteniendo el contacto visual.
—He matado hombres por menos de lo que tú has hecho esta noche, Leonard —susurró ella, y no había rastro de broma en su voz. Era la Reina Montenegro hablando a través de la máscara de una desconocida.
Leonard soltó una carcajada corta, oscura, y atrapó la mano de ella antes de que pudiera retirarse. Se acercó a su oído, dejando que su aliento cálido rozara el lóbulo de su oreja.
—Entonces asegúrate de que el primer disparo sea certero, Alina. Porque si fallas, te prometo que no serán tus labios lo próximo que voy a atacar.
—No me hagas arrepentirme, Leonard—susurró ella y se soltó con un sorpresivo movimiento ágil.
—Solo si me das una razón para hacerlo —replicó él, viéndola alejarse.
Leonard observó cómo su silueta se perdía entre la multitud, una sombra letal que se movía con la elegancia de una pantera. Su pulso seguía acelerado y el sabor de ella permaneció en sus labios como una promesa de guerra.
No sabía quién era esa mujer, pero tenía clara una cosa: el matrimonio por contrato que su padre le impuso acababa de volverse, oficialmente, una idea muerta.