4:13 de la madrugada.
El teléfono descansaba sobre sus manos, burlándose de él. Porque en aquel momento, Leonard Moretti, estaba descubriendo un sentimiento que pocas veces experimentaba: frustración.
Horas antes, con la piel todavía eléctrica y el sabor de ella en la boca, cometió un error táctico garrafal.
Un impulso.
Había desbloqueado su celular y, con una mezcla entre arrogancia y curiosidad que lo quemaban, escribió: ¿Llegaste bien a casa, tesoro?
Se pasó la mano por el rostro, irritado. "Tesoro". Imaginó que para una mujer como ella, esa palabra sería como un dardo. No era un apelativo cariñoso, era entre una marca de posesión y una forma de decirle que, pese a que ella hubiera tomado la iniciativa en el club, ahora él estaba al mando.
Visto a las 3:45.
—Maldita sea —gruñó, lanzando el teléfono sobre la cama.
Ella sabía cómo jugar. No solo había leído el mensaje, sino que decidió que él no merecía ni una sola respuesta. Leonard se puso de pie y caminó hacia el ventanal de su habitación. La ciudad se extendía ante él como un tablero de ajedrez, pero solo pudo ver el reflejo de sus propios ojos, oscuros y peligrosamente enfocados.
Nadie ignoraba a un Moretti.
Sin embargo, aquella Alina no era una "nadie". Era la única persona, en años, que logró dejarlo despierto, mirando una pantalla como un adolescente ansioso, esperando una señal que no llegaba.
No pudo evitar soltar una carcajada amarga. ¿Realmente aquella mujer era tan interesante o simplemente el caos de la noche lo había embriagado? Si ella creía que un mensaje ignorado bastaba para sacárselo de encima, no sabía con quién se estaba metiendo. Leonard no era un hombre que esperaba por migajas. Recogió el teléfono, lo apagó y lo dejó sobre la mesa de noche. Nadie encendía un fuego en un Moretti y se marchaba sin quemarse.
***
Alina dejó el celular boca abajo sobre su escritorio, pero el resplandor de la pantalla todavía parecía quemarle la retina. Lo había leído. Dos veces.
¿Llegaste bien a casa, tesoro?
Sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado de la oficina.
Ese "tesoro" no era tierno. No era una caricia, era la forma en que Leonard le decía: "Sé quién eres cuando te quitas la máscara de jefa; eres la mujer que se deshizo en mis brazos en un rincón oscuro". Era un reclamo de propiedad que ella no estaba dispuesta a conceder.
En su memoria, el aroma de Leonard seguía estancado en sus pulmones: una mezcla de whisky caro, ambroxan y algo más primitivo. Alina se humedeció los labios y todavía pudo sentir el rastro del mordisco que él le había dado; un dolor pequeño, eléctrico, que le recordaba que aquel desconocido no solo la había besado, sino que la había marcado.
—Imbécil —murmuró Alina, aunque el calor que le subió por el cuello desmintió su insulto.
No iba a responder. Responder era darle oxígeno a un incendio que debía extinguirse. En su mundo, el silencio era la mejor arma de negociación, y ella iba a asfixiar a ese hombre con él.
Camila entró en ese momento, rompiendo el trance. Traía una taza de té y esa mirada afilada que siempre parecía leer los secretos escritos en el aire.
—¿El "desconocido" tiene nombre o solo tiene buena puntería con los mensajes? —preguntó, notando cómo Alina evitaba tocar el teléfono como si este fuera a estallar.
—Tiene un ego que no cabe en este edificio—respondió Alina, cruzando los brazos, intentando recuperar la rigidez de su armadura—. Fue una situación resolutiva. Una herramienta de distracción. Nada más.
Camila dejó la taza sobre la mesa y se apoyó en el borde del escritorio, entrecerrando los ojos.
—Una "herramienta" que te tiene mirando una pantalla apagada desde hace diez minutos. Te conozco, Alina. He visto cómo cierras tratos millonarios sin parpadear, y ahora tienes el mismo brillo en los ojos que cuando alguien te desafía a una apuesta que sabes que podrías perder. Y sabes, desde las cámaras ese beso se vio más ardiente que una mera actuación.
Alina soltó un suspiro cansado y se dejó caer en su silla.
—Sus hombres interceptaron a los tipos de la barra. Se movieron como profesionales. No era un simple rico con suerte; era alguien que sabía exactamente qué hilos mover. Me besó como si... Me besó de una forma que no esperaba.
—¿Y eso es lo que te asusta? —Camila bajó la voz—. ¿Que alguien haya visto a la mujer detrás de la Reina? ¿Quieres que averigüe quién es? Un par de llamadas y sabré hasta qué marca de whisky prefiere.
Alina se quedó en silencio, sintiendo el peso de la duda. En aquel momento, el misterio de Leonard era la única cosa que se sentía "suya" en un mundo donde todo estaba contabilizado por apellidos y deudas. Si le ponía un nombre, si descubría que era un socio de negocios o un enemigo conocido, la magia del enigma desaparecería para convertirse en una estrategia más.
—No —sentenció Alina—. Si sabemos quién es, se vuelve real y claramente no es un enemigo. Ahora mismo prefiero que sea solo... un fuego sin llama. Una fantasía de una noche que ya terminó.
—Lástima —murmuró Camila con ironía—. Porque la realidad no es tan amable como tus fantasías. Ahora bien, tengo otro asunto que requiere de tu atención inmediata...
Camila deslizó un sobre sobre la mesa. Un sobre de papel grueso, amarillento, con una caligrafía que Alina reconoció al instante. La calidez que el recuerdo de Leonard había dejado en su piel se evaporó, dejando un frío sepulcral.
—Es de ellos —dijo Camila, y su tono perdió toda burla—. Tus padres biológicos han vuelto a intentar contactarte.
El golpe de volver a la realidad abrió un abismo de verdades que Alina no estaba lista para enfrentar. Un pasado que quería reclamar una identidad que jamás había sentido como propia. Alina tomó el sobre, sintiendo que pesaba más que todo su emporio, y lo guardó en el cajón más profundo bajo llave. El sonido de la cerradura resonó como un disparo.