—Sabíamos que los Del Viso volverían a buscarte, pero esta vez no irás como una hija, Alina... sino como un caballo de Troya.
La voz de Isabel Montenegro no flaqueó. La anciana estaba sentada en su trono de terciopelo, con el bastón de plata apoyado contra sus piernas. No había rastro de la abuela; era la estratega en jefe la que hablaba en aquellos momentos.
—Ellos asumen que retornas como la pobre hija perdida, que te recuperarán porque eres sangre de su sangre.
—Sí, tan sangre familiar que recién ahora deciden buscar a su “hija perdida” —murmuró Alina con ironía.
Isabel clavó sus ojos acerados sobre su nieta.
—Los Del Viso no entienden que la sangre, muchas veces, solo sirve para manchar el suelo. La lealtad, en cambio, se construye con fuego y tú eres una Montenegro.
Alina terminó de ajustar la manga de su chaqueta. Se sentía pesada, como si estuviera a punto de saltar de un avión sin paracaídas.
—Me buscaron porque me necesitan para algo en particular, Isabel, lo tengo claro.
—Exacto. Algo están tramando los Del Viso con los Moretti. Sabemos que el clan Del Viso está desesperado por fortalecer su poder perdido, pero necesito saber por qué te necesitan y qué están tramando exactamente. —Isabel soltó una risa seca—. Lo que no saben es que están metiendo a un lobo en su corral. Ve allí. Escucha. Descubre qué tipo de trato quieren cerrar. Y cuando tengas la información... quémalo todo desde adentro.
Alina asintió. No hubo abrazos de despedida, en la familia Montenegro, el amor se demostraba con confianza y armas cargadas.
—Recuerda quién eres, Alina —sentenció la anciana antes de que ella se fuera—. Eres una Montenegro. No dejes que el apellido Del Viso te suavice el corazón, si crujes, que sea para romperles los huesos a ellos.
Alina cruzó el umbral y sus pasos se perdieron en el pasillo. El silencio que quedó en el salón fue pesado, solo interrumpido por el crepitar de la chimenea. Isabel no se movió, pero sus nudillos, apretados sobre el pomo de plata de su bastón, se pusieron blancos.
Camila emergió de las sombras de la biblioteca, con los brazos cruzados y una expresión de duda que rara vez se permitía mostrar.
—Se ha ido —dijo en voz baja—. El coche ya salió de la propiedad.
Isabel no respondió de inmediato. Cerró los ojos y, por un breve segundo, la máscara de "La Reina de Montenegro" se agrietó. Exhaló un suspiro que sonó a derrota.
—¿Crees que he cometido un error? —La voz de Isabel ya no era el acero de hace un momento; fue el susurro de una mujer que cargaba con demasiados fantasmas.
Camila caminó hasta quedar frente a ella, escrutando el rostro de la anciana.
—Creo que enviarla a la boca del lobo es peligroso, pero mandarla a la casa de sus padres... eso es cruel. Incluso para nosotras. Los Del Viso son expertos en desmantelar la voluntad de las personas. ¿Y si logran convencerla? ¿Y si el llamado de la sangre es más fuerte que todo lo que le has enseñado?
Isabel abrió los ojos que brillaron con una intensidad dolorosa.
—Eso es lo que me aterra —admitió y su voz tembló apenas un hilo—. No me da miedo que la maten; Alina sabe defenderse. Me preocupa que la rompan por dentro, que le ofrezcan ese amor de familia que yo, en mi ambición de construir un imperio, nunca supe darle del todo.
Se hizo un silencio amargo. Isabel miró hacia el lugar por donde Alina se había marchado.
—Si ella decide quedarse allí, si decide ser una Del Viso... habré perdido lo único real que he tenido en esta vida. Pero si no la dejo ir, la sombra de su familia la perseguirá por siempre. Necesito que sepa que su lugar y su hogar estará siempre aquí, a mi lado.
—¿Por qué no le dijiste la verdad? —preguntó Camila de repente—. Que los Del Viso quieren casarla con uno de los Moretti.
Isabel apretó los labios, recuperando un poco de su frialdad.
—Porque no era necesario. Ella lo sabrá pronto…
—Estás arriesgando bastante. ¿Tienes fe en esa unión acaso? ¿En ese matrimonio?
Isabel miró el fuego de la chimenea, como si viera el futuro en las brasas.
—Estoy haciendo una apuesta muy alta—sentenció—. En este juego, solo las apuestas que nos hacen temblar son las que valen la pena ganar. Pero mantén a nuestros hombres cerca de esa mansión. Si veo que intentan doblegarla más de lo que ella puede soportar... quemaré la casa de los Del Viso y a esa familia completa si hace falta. Nadie dañará a mi nieta.
***
Horas después, el taxi se deslizó en silencio por una ciudad adormecida. La noche, espesa y cargada de humedad, olía a algo que estaba a punto de romperse.
Alina observó por la ventana, con la mano cerrada con fuerza sobre el sobre que Camila le había entregado el día anterior: un sobre sin membrete, pero con un nombre impreso que le provocaba náuseas: Alina Del Viso.
Ya no era Montenegro, no era la mujer que dominaba las sombras de la ciudad. El eco del pasado volvió para sacudir aquello había enterrado para construir su actual versión de sí misma hecha de acero.
Mientras el auto avanzó, Alina rozó inconscientemente su labio inferior; todavía sentía el eco del calor de Leonard, un contraste violento con el frío que emanaba de aquel sobre.
Ahora el apellido “Del Viso” era su disfraz. Volvía a esa casa para entender su origen y descubrir la verdad detrás de la reciente urgencia de recuperar a la hija perdida.
La mansión su “familia” se alzó como una reliquia gótica impecable. Columnas altas, piedra clara y jardines cuya simetría resultaron opresivos. Alina no sintió nostalgia, fue como si estuviera entrando en una zona de guerra.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocar. Una mujer de rostro elegante y ojos cargados de una fatiga antigua la esperaba. Alina se quedó sin aliento por un segundo; era como mirarse en un espejo que distorsionaba el tiempo.
Frente a ella estaba Elena Del Viso, su madre, la representación de una visión de aristocracia marchita. Poseía la misma melena que ella: una cascada de cabello de un rubio tan pálido que rozaba el plateado, cayendo sobre sus hombros en ondas perfectamente controladas. Pero en Elena, el color no era un acto de rebeldía, sino una corona de escarcha que acentuaba su palidez cadavérica.