El salón principal del Palazzo Giardino resplandeció con una opulencia que a Alina le resultó sofocante. Candelabros de cristal, música de cuerdas y un murmullo de voces educadas tejían el telón de fondo de una supuesta fiesta, que más bien parecía un mercado de carne de alta alcurnia. Entre las copas de champaña, estaba claro que se cerraban acuerdos importantes.
Alina caminó hacia la puerta del salón con serenidad, su mejor arma para ese momento, donde la esperaban sus progenitores. El vestido negro, largo y entallado que traía se aferró a su figura como una segunda piel, mientras su cabello blanco gélido caía sobre sus hombros, ordenado y brillante bajo las luces. Esa noche vestía de seda para ser parte de la familia Del Viso.
Al llegar, su padre mantuvo su usual postura de estatua de acero. Tal vez de él sacó la capacidad de mantenerse siempre rígida y poderosa ante cualquier circunstancia. Elena, por otro lado, le acomodó un mechón con una mano que ni tembló, pero sus ojos seguían cargados de esa fatiga que Alina podía entender de dónde provenía. Simular fuerza constantemente tenía su precio.
—Luces perfecta —susurró Ernesto, aunque sus ojos claros no expresaron afecto, sino la satisfacción de quien contempla una inversión recuperada—. Solo sonríe, Alina, nuestros invitados exigen la mejor de las bienvenidas.
Alina sonrió, pero para sus adentros. “Si supieran que han metido a un lobo en su vitrina de cristal”, pensó, recordando la promesa de su abuela Isabel.
En la esquina, Isadora la observó con una sonrisa tan falsa que hasta parecía una burla.
—Llegas justo a tiempo —dijo acercándose y la tomó del brazo con falsa familiaridad—. El público amará la historia de tu retorno, la pequeña oveja perdida que vuelve a al rebaño.
—Ten cuidado, a veces lo que vuelve puede ser una oveja con colmillos —susurró Alina.
—Se adiestrar ovejas descarrilados, prima.
Alina contuvo la risa burlona de sus labios.
—¿Disfrutas de los espectáculos? —no pudo evitar murmurar.
—El drama es lo único sincero que tienes alrededor de esta gente —respondió con venenosa suavidad Isadora—, y soy una artista de los dramas.
Antes de que Alina pudiera contestar, el maestro de ceremonias tomó el micrófono y las conversaciones se apagaron.
—Damas y caballeros, esta noche la familia Del Viso desea presentar el regreso de quien siempre fue parte de su familia. Con ustedes, su hija menor: Alina Del Viso.
Un aplauso cortés llenó el salón y Alina dio un paso al frente, no como quien se reencuentra con un pasado, sino como quien estudia un nuevo campo de batalla.
Ernesto se acercó, tomó su mano y la alzó.
—¡Bienvenida! —exclamaron los invitados elevando sus copas.
Ella sonrió, lo justo, nada más.
***
Cuarenta minutos después, en la entrada del Palazzo, un Audi negro se detuvo sin apuro. Leonard Moretti salió del vehículo, ajustándose la chaqueta sin preocupación.
—¿Llegamos tarde? —preguntó, con ironía.
—Justo a tiempo para evitar discursos —dijo su chofer.
Leonard sonrió de lado y entró. No sabía a quién estaban presentando ni por qué todos hablaban de "una hija perdida". No le interesaba, hasta que la vio.
Allí, entremedio de aquellos trajes costosos y rodeada de buitres, con un vestido que se ceñía a su cuerpo resaltando sus curvas y aquella forma de sostener la copa como si fuera un puñal.
"Alina". Se le hizo agua la boca con solo pensar en su nombre ¿qué hacía ella aquí?
—Vaya, vaya... —murmuró sonriendo como un lobo que descubre una presa inesperada.
Atravesó el salón con la parsimonia de quien no teme ser el centro de atención. Se detuvo justo detrás de ella, lo suficientemente cerca para que ella sintiera su calor, pero no tanto como para invadir su espacio.
—No pensé encontrarte en este museo de antigüedades, tesoro.
Alina se giró rápidamente, tal vez fue la voz o la palabra tesoro pero Leonard se alegró de ver la máscara que quiso esconder la sorpresa.
— Leonard...
El susurro de su nombre fue como balde de agua caliente que quemó cada una de sus fibras.
—El mundo es pequeño —respondió él, bajando la voz hasta que solo ella pudiera oírlo.
Recorrió con la mirada el vestido de seda. Los pocos que habían rodeado a Alina se alejaron con su presencia, dejándolos solos.
—Bonito —admitió con una media sonrisa provocadora—. Aunque sigo prefiriendo la versión de ti que viste cuero.
— ¿Y a ti qué te trae por aquí? —preguntó ella de forma tajante.
— Asuntos familiares... ¿y tú? ¿Estás escapando de alguien nuevamente?
— ¿Vas a ofrecer tu ayuda? —murmuró con sarcasmo Alina.
— No diría que fue ayuda lo que te brindé... Estás en deuda conmigo después de haberte salvado el otro día.
—No esperes que repita el “error”.
—Error, no —murmuró divertido—. ¿Imprudencia? ¿Tentación? Quizá.
—¿Siempre eres así de arrogante?
—Solo cuando me provocan.
— Cierto... Bueno, siempre puedo encontrar a otro que "sea mi muralla" —respondió ella, sosteniéndole la mirada sin pestañear.
Leonard gruñó y le sujetó la muñeca, molesto.
—No vas a besar a nadie, bailarás conmigo.
No fue una petición.
—¿No deberías preguntar primero?
—Lo estoy haciendo —contestó con una sonrisa.
Alina notó que varios ojos los observaban y sonrió falsamente.
— Claro.
Lo que ella no sabía era que no debía tentar su suerte con un Moretti.