En la pista, la sincronía entre ambos fue inmediata, haciendo que sus cuerpos se alinearon con una asombrosa facilidad. Leonard la guio con firmeza, pero Alina no cedió ni un ápice de control: era una especia de duelo, disfrazado de vals.
—Bailas como si estuvieras trazando un plan de escape —observó él, pegándola un poco más a su cuerpo—. Aunque parece que escapar es tu especialidad.
—Y tú bailas como si fueras el dueño del edificio —replicó ella—. ¿Sabes que sigo sin tener idea de quién eres?
—Lo mismo digo, "Alina" —el nombre sonó como una caricia y una amenaza en sus labios—. Aunque sospecho que no eres tan inocente como quieres hacerle creer a estas personas.
—¿Y si te dijera que estoy fingiendo ser una pieza dócil? —susurró ella al oído de él.
—No me sorprendería —Leonard bajó la voz, su aliento rozando su cuello—. Yo también finjo que no quiero prenderle fuego a este salón para sacarte de aquí.
Alina alzó una ceja y alejó el rostro sosteniéndole la mirada. —¿Ah sí? No sabía que tuvieras tantas ganas de raptarme.
—Es difícil no querer llevarse a alguien que desaparece después de un beso —soltó él, y su voz bajó a un tono más áspero, casi herido—. ¿Me diste un número falso acaso? Porque pasé dos días esperando una respuesta que nunca llegó.
Alina sintió un vuelco en el estómago, pero mantuvo su máscara de hielo.
—No era falso, Leonard. Recibí cada uno de tus mensajes.
Él se tensó, deteniendo casi por completo el giro del vals. Sus ojos oscuros la recorrieron con una mezcla de fascinación y molestia.
—Así que preferiste ignorarme… Interesante —, murmuró y volvió a pegarla contra su cuerpo. Su aliento rozó nuevamente su oreja—. Fui tu escudo en ese club, te saqué de un problema y así es como me tratas. ¿Es una táctica de manipulación o simplemente te divierte dejar a la gente esperando?
—No te debo nada por ser mi "escudo", tú mismo dijiste que fue un intercambio —replicó ella, aunque el calor de su mano en su espalda empezaba a derretir lentamente sus murallas—. Simplemente estaba... ocupada.
—Ocupada… —repitió él, mirando el lujo del salón—. Tan ocupada que pasaste de escapar de ciertos hombres en un club oscuro a brillar bajo candelabros de cristal. ¿Cuál de las dos es la mentira, tesoro?
—Tal vez ambas —susurró ella, acercándose lo suficiente para que sus labios casi se rozaran—. O tal vez ninguna.
Leonard sonrió de lado, esa sonrisa de lobo que ya comenzaba a serle familiar a Alina.
Usualmente, estaría furioso con una mujer que jugara con él, pero la forma en que ella se plantó ante él, segura y tan cerca, le hizo olvidar su molestia.
Aquella mujer era una tentación que no quería soltar.
—Ya sé cómo podemos quedar a mano por los mensajes ignorados. Me debes un segundo beso, y esta vez, no dejaré que te vayas tan pronto.
Alina soltó una risa seca, cargada de una picardía peligrosa.
—Probablemente recibas una bofetada antes que un beso.
—Juego justo —aceptó él.
La música terminó, pero él no soltó su mano. La tensión entre ambos era un hilo a punto de romperse.
En ese momento, un camarero se acercó con urgencia.
—Señor, su padre lo espera en el salón privado.
Leonard resopló, frustrado, pero sus ojos no abandonaron los de ella.
—Deberes familiares, pero no te vayas muy lejos, tesoro. Aún tenemos un asunto pendiente.
Él se alejó y se mezcló con la multitud, mientras que Alina todavía sintió la calidez de su mano en la suya.
No sabía su apellido, ni él el de ella, pero la pregunta era ¿hasta cuándo seguiría este juego?
***
El aire dentro del salón privado estaba cargado en el aroma de tabaco caro y una hostilidad disfrazada de diplomacia. En un lado, Lazzaro Moretti dominaba el espacio desde un sillón de cuero observando con superioridad a Ernesto Del Viso.
—Mi apellido ha estado demasiado tiempo vinculado a los Del Viso como para que una mera celebración como esta sea suficiente, Ernesto —murmuró Lazzaro con lentitud—. El prestigio de mi casa vale demasiado para que se siga sosteniendo en una promesa vaga, quiero una garantía de carne y hueso.
—Y la tienes —respondió Ernesto, cuya arrogancia de hace unas horas flaqueó ante la imponente presencia del líder de los Moretti—. He encontrado a mi hija menor… Era el activo que necesitábamos para cerrar el trato…
—Seamos realistas, Ernesto —le interrumpió Lazzaro, apagando su habano contra un cenicero de cristal—. La "Reina" ya se sentó en el trono del Puerto del Sur. Mis barcos no pueden atracar sin pagarle tributo a una Montenegro. ¿Qué me ofreces tú que valga el apellido de mi hijo?
Ernesto tragó en seco.
—El puerto es de ella, sí, pero los Del Viso seguimos siendo dueños de la garganta del Sur: las rutas terrestres y los pasos fronterizos. Sin mis tierras, el puerto de la Reina es una isla. Si Leonard se casa con Alina, las escrituras de esos pasos serán legalmente Moretti. Tendrás el control total del flujo de mercancía antes de que toque el agua.
—¿De qué me sirve tu "legitimidad legal" si la Reina de Montenegro ya tiene francotiradores en tus puestos de control y tus propios hombres están empezando a responder llamadas que no son tuyas?
Ernesto tragó saliva.
—Mis rutas son un activo invaluable, pero... se han vuelto difíciles de gestionar. La infiltración de la Reina Montenegro es total. Necesito tu capacidad de fuego para limpiar el camino. Tú pones los hombres y el plomo; yo pongo el territorio y el derecho de paso.
Lazzaro se inclinó.
—Quieres que sea tu verdugo particular. Que mis hombres mueran limpiando tus tierras para que tú sigas llamándote "dueño".
—Quiero que nuestra unión proteja lo que queda —le corrigió Ernest con urgencia—. Si no cerramos este trato hoy, para el lunes los Montenegro habrán asfixiado mis rutas y tú habrás perdido tu única oportunidad de controlar el sur. Entrégame a tus hombres, y yo te entrego a mi hija: Alina es el sello de este contrato.