Las luces del salón aun brillaban con intensidad, pero el centro de atención ya no estaba en los brindis ni en los discursos. La noche comenzó a diluirse entre conversaciones de pasillos, roces de copas y silencios cuidadosamente colocado.
El baile con Leonard había sido un desvío inesperado. Una distracción donde, por unos minutos, el magnetismo de él le hizo olvidar el teatro que rodeaba a Alina.
Ella se apoyó junto a una columna de mármol, lo suficientemente lejos para observar, pero lo bastante cerca para parecer presente. Quería un minuto de espacio y aire. Lo bueno, era que nadie osaba acercarse a ella, entre el temor o la curiosidad, le permitieron un respiro, pero entonces los vio.
Isadora emergió entre los invitados como si flotara. Iba del brazo con un hombre vestido en un traje oscuro impecable, espalda rígida y una mirada afilada que parecía estudiar cada rincón del salón. Su rostro no mostró ningún atisbo de alegría, después de todo, los herederos no necesitaban ser simpáticos.
—Alina —entonó Isadora con una alegría practicada—, hay alguien que tiene curiosidad por conocerte.
Se detuvieron frente a ella.
—Te presento a Emilio —añadió con una sonrisa falsa—. Tu hermano mayor y el orgullo de los Del Viso.
Emilio no extendió la mano, simplemente la escaneó con una frialdad clínica, como si evaluara la calidad de una mercancía recién llegada.
—Así que tú eres mi famosa hermana perdida —dijo al fin. Su tono fue grave y controlado—. La persona que mi padre usa ahora para tapar los agujeros restantes de la familia.
“Mi padre”, Alina no pasó el detalle por alto. Estaba claro que no la veía como alguien de la familia, aunque tampoco es que hubiera esperado lo contrario.
—No sabía que mi presencia ahora servía para la construcción —respondió ella con inocente sarcasmo y le sostuvo la mirada.
—Tu existencia tiene un propósito para la familia. Aunque debo admitir… No esperaba verte tan cómoda en este nido de víboras. Clara, nuestra hermana, lleva años perfeccionando sus clases de etiqueta para no ser devorada. Supongo que algunos simplemente nacen con el cuero más duro.
Isadora soltó una risa ligera, disfrutando del choque de trenes.
—Oh, Emilio. No seas tan duro, Alina está haciendo un gran esfuerzo por adaptarse a nuestra... situación.
—¿Adaptarse? —Emilio enarcó una ceja, ignorando el sarcasmo de Isadora—. Qué palabra tan generosa, casi suena a ahora nuestra familia tiene un programa de integración.
Alina entornó los ojos.
—No te preocupes, hermano, aprendo rápido. Especialmente a identificar quién es aliado y quién es solo un obstáculo —dijo ella con una sonrisa tan fina como una cuchilla.
Isadora la estudió con una expresión indescifrable y Emilio tensó los hombros.
—¿Dónde está Clara? —preguntó Alina, cambiando de tema.
—En Milán—respondió su hermano—. Aunque dudo que regrese para darte la bienvenida. Ella no ve una hermana en ti, ve competencia por el legado.
—Yo no vine a competir—replicó Alina—. Vine a conocer la verdad de mi origen.
—La verdad es que la sangre no sirve de nada si no tienes el poder para defenderla —sentenció él.
Isadora los interrumpió con una dulzura estratégica.
—Me reclaman para una foto familiar —anunció, tocando el brazo de Emilio—. Deberían intentar hablar más. Después de todo, comparten el mismo ADN...
—Eso dicen —murmuró Alina.
Isadora se alejó, dejándolos en una tensión densa, apenas disfrazada.
Apenas estuvieron solo, la máscara de seriedad se borró del rostro de Emilio, reemplazada por un desprecio evidente.
—No me interesa quién fuiste —murmuró sin moverse, la mirada fija—. Pero aquí... todos queremos saber quién eres ahora.
Alina sostuvo su mirada un segundo más... y luego ladeó la cabeza, con esa media sonrisa que sabía usar como daga.
—¿Y tú? —replicó con calma venenosa—. ¿Vas a fingir ser el heredero perfecto... o solo temes que alguien finalmente lo haga mejor? Porque de lo que sé no has manejado muy bien las cosas como el gran primogénito que eres.
—¿Qué vas a saber del negocio familiar una desconocida? —se burló su hermano.
—Alguien que sabe que tienen problemas con el control de su territorio. ¿Acaso crees que no estudié antes de venir? Jamás entras a un hogar extraño sin conocer su contexto.
Emilio no respondió, pero la tensión en su mandíbula fue respuesta suficiente. Giró sobre sus pasos con el aplomo de quien se niega a mostrar debilidad... y se perdió entre el bullicio dorado del salón.
Alina se quedó sola, victoriosa. Se dirigió a la barra y se sirvió un trago, uno solo, largo y preciso. La noche iba a ser más larga de lo que había imaginado.