La biblioteca de la mansión Del Viso tenía una forma particular de imponerse. No era solo el olor a cuero antiguo o a café recién hecho; era la sensación de estar dentro de un lugar donde todo había sido pensado con exhaustivo detalle.
Alina permaneció sentada en la mesa, con la espalda recta y las manos apoyadas con aparente calma sobre la superficie pulida. Desde su posición, las estanterías parecían elevarse como muros, cargados de libros encuadernados a mano y carpetas perfectamente alineadas. Nada fuera de lugar, nada al azar, como si la familia se resumiera en eso.
El reloj marcó las diez, hora que había sido citada a un desayuno privado con sus padres y la puerta se abrió con suavidad.
Ernesto Del Viso entró primero, impecable en un traje gris perla que parecía no arrugarse nunca, seguido por su madre, Elena, con esa expresión inescrutable.
—Buenos días, hija —saludó ella, besándola en la mejilla.
El gesto fue correcto, medido y Alina sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario antes de responder.
—Buenos días.
Su padre ya estaba tomando asiento frente a ella.
—Espero que hayas descansado.
Alina tomó la servilleta con calma y la colocó en su regazo.
—Lo suficiente —respondió, con tono neutro.
No preguntaron más.
Los sirvientes comenzaron a servir el desayuno en silencio. El sonido de la porcelana contra la mesa fue lo único que rompió la quietud durante unos segundos. Café negro para Ernesto, té claro para Elena y jugo fresco frente a Alina.
Todo dispuesto con precisión, todo… controlado. Incluso el silencio no era incómodo, más bien fue deliberado. Y cuando Ernesto habló, lo hizo con la misma exactitud con la que había tomado su taza.
—Anoche tu fiesta de bienvenida generó comentarios.
Alina alzó la vista, sin sorprenderse.
—¿Debería preocuparme?
—Depende de cómo lo mires —respondió él, sin alterar el tono y sin dirigirle la mirada.
Elena intervino, más suave.
—Algunos esperaban que te sintieras… fuera de lugar.
Alina dejó la cuchara sobre el plato.
—¿Y se decepcionaron por eso?
Hubo una pausa breve.
—Te desenvolviste mejor de lo que esperábamos —señaló su padre—. Sabías a quién mirar y cuándo callar. Detalles que muchos tardan años en entrenar.
No fue un halago, solo una afirmación.
—Interesante —murmuró Alina—. No sabía que estaba siendo “evaluada”.
Su tono neutro que hizo que Ernesto entornara los ojos, pero su madre negó levemente.
—No fue una evaluación cariño. Solo observamos cómo te adaptabas.
La palabra quedó flotando y Alina apoyó la espalda en la silla, sin perder la compostura.
—¿Adaptación a qué exactamente?
Ernesto la miró directo esta vez.
—A cómo funcionan las cosas aquí. Pronto asistirás a reuniones con otras familias, relaciones vitales para nuestra supervivencia.
Alina bajó la mirada hacia su vaso, girándolo apenas entre sus dedos.
—¿Y yo soy parte de esta supervivencia?
—Eres una pieza importante —respondió Elena, con suavidad—. Más de lo que crees.
La respuesta alertó a Alina. Había algo en la forma en que hablaban, algo que no terminaba de encajar y volvió a alzar la mirada.
—¿Y con qué familias tendré que relacionarme?
La pregunta salió casi sin intención, pero el efecto fue inmediato. No hubo silencio incómodo, sino algo más sutil: una pausa medida y un intercambio de miradas demasiado rápido.
—Familias como los Moretti —respondió finalmente Ernesto.
Alina sostuvo su mirada unos segundos más, controlando sus facciones. Las sospechas de su abuela eran ciertas. Los Moretti estaban involucrados en algo, la pregunta que necesitaba saber era: ¿en qué?
***
En la residencia Moretti, Leonard tenia la vista fija en el ventanal de su estudio. En su mano descansaba una taza de café bien cargado y el recuerdo de la noche anterior que no dejaba de dar vueltas en su cabeza.
Ella. Alina. Ese vestido negro, esa sonrisa de burla. El beso que habían compartido aquella vez, que inexplicablemente, no podía sacarse de la cabeza.
No había sido solo el beso, había besado a más mujeres. Sin embargo, el misterio, la forma en que esa mujer se planteó ante él, seductora, segura, indescifrable. Era un peligroso y adictivo misterio que no quería soltar, como también, la única novedad de una vida tan estructurada que rompía sus esquemas.
Sus pensamientos fueron interrumpidos con la presencia de la persona que menos quería ver en ese instante: su padre.
Lazzaro ingresó con un semblante tranquilo e indiferente, como siempre, cosa que enfureció aún más a su hijo.
—¿Ni siquiera ibas a preguntar por mi opinión? —murmuró Leonard, su voz cargada en una furiosa ironía—. Me ordenaste que asistiera a la fiesta de los Del Viso, cuando realmente no era más que un circo y el verdadero negocio ya lo tenías cocinado.
Su padre lo observó sin interés.
—Tienes edad suficiente para saber que en nuestra familia no existen los eventos sociales, solo las mesas de negociación —respondió Lazzaro. Su voz era como una lija sobre madera—. Y de lo que sé, no eduqué a un ignorante.
Su hijo bufó.
—Claro, como no iba a conocer el usual menú de la noche. Manipulaciones, matrimonios estratégicos y pactos que se cierran a costa de otros. Lo usual…
—Correcto —asintió Lazzaro, imperturbable—. Tu lugar en este tablero estaba definido desde un principio.
—No me diste otra opción. No me dejas elegir mi propio camino—. Leonard caminó hacia su padre, su altura igualando la del patriarca—. No voy a casarme con una desconocida solo para que tú puedas dormir tranquilo sabiendo que controlas el puerto.
—No te estoy pidiendo que la ames, Leonard. Te estoy pidiendo que asegures nuestro linaje —sentenció Lazzaro con una frialdad absoluta—. Conocerás a la chica Del Viso la próxima semana. Y te comportarás como el hombre que he criado. ¿No irás a decirme que esperabas casarte por amor?