El sector antiguo de la ciudad siempre había sido territorio neutral. Nadie hacía preguntas, nadie miraba dos veces. Era el tipo de lugar donde los secretos no solo se ocultaban… se aceptaban.
Alina caminço entre las calles estrechas con la capucha baja, el rostro apenas visible bajo la sombra. No era paranoia. Era costumbre.
Entró al café sin mirar a los lados, en el interior Camila la esperaba. Sin embargo, cuando Alina notó que ella no sonrió al verla supo que algo no andaba bien.
Al acercarse, Camila tenía un sobre de papel que yacía en la mesa.
—Lo que me pediste… —murmuró, bajando la voz—, no es algo que quieras saber a medias.
Alina se sentó frente a ella sin quitarse la capucha.
—Entonces cuéntame todo.
Camila la miró un segundo. Dudó, y luego empujó el sobre hacia ella.
—El matrimonio no es un acuerdo comercial —dijo—. Es un intercambio.
Alina no lo abrió de inmediato.
—¿De qué tipo?
Camila exhaló.
—De control.
Silencio.
El ruido del café siguió igual. Tazas, cucharas, conversaciones lejanas, pero en la mesa… todo cambió.
—Los Del Viso están cediendo sus propiedades del Sur —continuó—. No es solo dinero, son las ruta, el territorio, en otras palabras, poder real.
Alina bajó la mirada al sobre.
—¿A cambio de qué?
Camila sostuvo su mirada esta vez.
—De que un Moretti firme el acta… y formalice el vínculo, entregándoles el poder militar que los Del Viso tanto anhelan.
Ahí sí lo entendió. No completamente, pero lo suficiente como para que algo incómodo le apretara el pecho.
—¿Fue idea de mi padre?
—No —negó Camila—. Lazzaro Moretti lo está manejando directo.
Alina pasó el dedo por el borde del sobre, sin abrirlo.
—¿Cuándo?
—Se que quieren concretar el acuerdo en menos de un mes.
El tiempo se comprimió.
“Menos de un mes”.
No era un plan futuro, era algo en marcha.
Alina finalmente abrió el sobre. No leyó todo, no hizo falta, porque las palabras clave
estaban ahí.
Fechas.
Firmas.
Cláusulas.
Y una línea que lo decía todo sin decirlo: “La unión garantizará la estabilidad del acuerdo.”
Unión. No un negocio, no una alianza-
Alina cerró el sobre con más fuerza de la necesaria.
—No soy una cláusula —murmuró, más para sí misma que para Camila.
Pero por primera vez desde que había pisado pie en el territorio de su familia de sangre se dio cuenta que, tal vez, para ellos si lo era.
—No dejes que te traten como una, Alina —le advirtió Camila, inclinándose hacia adelante, con los ojos fijos en ella—. Eres una Montenegro. Una pieza en el tablero puede ser sacrificada; una jugadora, no. Tú decides qué papel vas a interpretar cuando te pongan frente a frente con ese Moretti.
Alina guardó el sobre en el bolsillo interior de su chaqueta. La mandíbula tensa, el pulso acelerado.
—No van a ponerme frente a nada. Voy a romper el tablero antes de que puedan mover la primera pieza.
Se levantó sin despedirse. No hacía falta. Caminó de regreso hacia las calles frías del sector antiguo, dejando que el viento de la tarde le congelara las ideas. El apellido Del Viso la asfixiaba, y el apellido Moretti le provocaba náuseas. Estaba rodeada de personas poderosas que creían tener el derecho de manejar su vida con acuerdos y firmas en papel sellado.
Al salir a la avenida principal, sintió una vibración en su bolsillo.
Un mensaje.
Sacó el teléfono esperando alguna alerta de sus hombres o un reporte de su abuela, pero la pantalla iluminó las letras que, de forma inevitable, lograban alterar su estado de ánimo.
L:
Te propongo un trato, tesoro.
Alina se detuvo bajo el arco de piedra de un callejón. Una risa amarga y seca escapó de sus labios. Otro trato. ¿Por qué parecía que el mundo entero quería negociar con ella?
A:
No estoy de humor para tratos hoy. De hecho, estoy bastante harta de las negociaciones.
La respuesta tardó apenas unos segundos. Como si él también estuviera esperando junto al teléfono.
L:
Este te va a gustar. Olvídate de las negociaciones. Te veo en dos horas en la dirección que te daré. Sin preguntas. Solo tú y yo.
Alina miró fijamente la pantalla.
Tenía el sobre con los detalles de los Moretti quemándole el abrigo y la orden implícita de sus padres biológicos de convertirse en una esposa sumisa. Odiaba a ambas familias, odió el juego en el que la habían metido.
Pero Leonard no era parte de ese juego. Él era el error, la anomalía, la única persona en toda la ciudad que, por ahora, no veía un apellido, sino a una mujer.
Apoyó los dedos en el teclado, sintiendo el peligro correr por sus venas. Si iba a quemar el palacio de los Del Viso, al menos quería pasar sus últimas horas de libertad con el único hombre que lograba encenderla.
A:
Dos horas. No llegues tarde.
Alina guardó el teléfono, se subió la capucha y apuró el paso. No tenía idea de que, al aceptar esa cita, estaba caminando directo a los brazos del mismo hombre con el que buscan comprar su libertad.