La “ubicación” que le envió Leonard era una especie de mirador, si es que se lo podía llamar así a una terraza en el último piso de un estacionamiento privado a medio construir. El acceso era solo con invitación, donde podías ingresar solamente con vehículo, pero la vista que ofrecía era, sorprendentemente hermosa.
Alina estacionó su auto tras pasar seguridad, siguiendo las instrucciones de Leonard. Se bajó y lo esperó sentándose en el capó de un automóvil abandonado que estaba su lado. En el lugar había más personas, todas alejadas, conversando entre sí, otras parejas o incluso personas en sus autos simplemente observando el cielo. Realmente un espacio diferente, exclusivo, pero a la vez privado.
A los dos minutos, los faros del deportivo de Leonard cortaron la neblina. Él apagó el motor y bajó. En una de sus manos tenía una botella de un whisky escocés envejecido, de esos que costaban varios salarios, y en la otra dos vasos de cristal que tintineaban con el hielo.
—No es el Palazzo Giardino, pero la vista es mejor ¿no crees? —dijo él a modo de saludo, sirviendo el líquido ámbar y tomó asiento junto a Alina, lo suficientemente cerca como para que sus hombros se rozaran.
—Es perfecto —murmuró Alina. El lugar perfecto para distraer la mente, tal como necesitaba.
—No pareces la chica refinada del otro día, tesoro —señaló Leonard, ofreciéndole una vaso.
—Esa chica era un disfraz —respondió ella. Agarró el vaso y, en lugar de saborearlo como la alta sociedad exigía, le dio un trago largo. El fuego del whisky le quemó la garganta, anestesiando por un segundo su rabia.
Leonard alzó una ceja, impresionado y extrañamente encendido por su intensidad.
—Vaya... Parece que tu día fue peor que el mío.
—No te lo imaginas —gruñó Alina, sintiendo el primer golpe del alcohol directo en la sangre.
Y así pasó la noche. Entre trago y trago, las defensas de Alina comenzaron a desmoronarse. La frialdad de la Reina Montenegro se diluyó bajo el efecto del alcohol. Se descubrió a sí misma riendo con más ganas, dejando caer la cabeza hacia atrás, mostrando la línea perfecta de su cuello. Su mirada ámbar, usualmente afilada como un bisturí, se volvió difusa, pesada y cargada de una sensualidad perezosa. Hablaron de todo y de nada; Leonard descubrió que detrás de esa fachada de cuero y misterio, había una mujer con una mente tan rápida y brillante como la de él. Estaba fascinado.
—Estás tomando demasiado rápido, tesoro —la previno Leonard con una sonrisa de lado, quitándole suavemente el vaso de la mano. Sus ojos oscuros estaban fijos en los labios de ella. La tensión entre ambos se podía cortar con un hilo. Verla así, vulnerable y risueña, le despertaba un instinto posesivo y salvaje.
—Tú me invitaste a tomar, Leonard... no a una clase de modales —arrastró ella las palabras, con una sonrisa pícara, intentando recuperar su vaso.
Él se mordió el labio al escuchar su nombre con ese tono de voz, pero respiró hondo para controlar cualquier impulso.
—Quédate aquí. Voy a comprar unas botellas de agua—dijo, dándole un leve toque en la mejilla antes de bajarse del capó y caminar hacia un extremo del estacionamiento.
Fue en esos cinco minutos de ausencia cuando de pronto un hombre bajo de un auto que había estacionado hace unos segundos. Era Julián Robalen, un joven asquerosamente rico, que venía acompañado de un par de guardaespaldas.
Al ver a Alina sola, el joven sonrió con arrogancia. No la reconoció como una Del Viso, solo vio a una mujer espectacular y aparentemente indefensa.
—Vaya... no sabía que se podían encontrar joyas como tú esta noche —dijo Julián, acercándose con paso lento y seguro. Se detuvo frente a ella y estiró una mano para acariciarle el cabello plateado—. ¿Qué te trajo hasta acá, preciosa? ¿Quieres tener compañía?
Alina ni siquiera se inmutó. El alcohol la tenía flotando, pero su instinto Montenegro seguía ahí.
—Quita esa mano si aprecias tus dedos —dijo ella con una calma gélida, sin un ápice de miedo.
Julián iba a replicar, cuando otra voz intervino.
——Da un paso atrás si no quieres que te corte el brazo.
Leonard emergió de la oscuridad. No venía con la postura diplomática de las fiestas; venía como un depredador. Los celos y la furia pura le tensaron cada músculo del rostro al ver a ese imbécil invadiendo el espacio de Alina.
Julián se congeló al reconocerlo.
—¿Leonard? Yo... lo siento, no sabía que era tuya...
Antes de que pudiera terminar la frase, Leonard lo tomó por el cuello de la camisa con una fuerza brutal y lo empujó hacia atrás, haciéndolo chocar contra el borde de la barandilla de seguridad del estacionamiento. Los guardaespaldas de Julián amagaron con moverse, pero Leonard ni los miró; su sola presencia imponía una sentencia de muerte.
—Si vuelves a mirarla, te juro que te tiro desde este piso. Fuera de mi vista. Ahora —ordenó Leonard con una voz tan baja y gélida que hizo temblar al tipo rico.
Julián asintió, pálido, y retrocedió trastabillando junto a sus hombres, desapareciendo en segundos.
Leonard exhaló una bocanada de aire, intentando calmar los demonios que le quemaban el pecho. Se giró hacia Alina, con la mandíbula apretada y el pulso a mil.
—Te dejas sola dos minutos y...
Pero las palabras se le atoraron en la garganta. Alina se había deslizado del capó. Quedó de pie, un poco inestable, balanceándose levemente por el alcohol, pero lo miró con una sonrisa completamente divertida y encendida. Caminó hacia él con pasos torpes pero decididos, acortando la distancia hasta que su pecho chocó contra el de él. Levantó las manos y lo tomó firmemente por las solapas de la chaqueta, obligándolo a inclinar la cabeza.
—Te pusiste celoso, Leonard —susurró ella, con el aliento tibio oliendo a whisky y los ojos entreabiertos—. Pero no deberías, porque ese idiota no es nadie y solo me interesas tú.