El dolor comenzó detrás de sus ojos, una pulsación rítmica y pesada que le recordó, antes de que pudiera abrir los párpados, que el whisky caro seguía cobrando facturas al día siguiente.
Alina parpadeó, la luz del sol filtrándose con demasiada agresividad a través de unos enormes ventanales de piso a techo. No era su habitación gótica en la mansión Del Viso. Tampoco era la casa de seguridad de los Montenegro. Las sábanas eran de un lino blanco inmaculado, el colchón era ridículamente cómodo y el olor a café recién hecho flotaba en el aire.
Un hotel de lujo. Una suite presidencial, para ser exactos.
Alina se tensó de inmediato, el instinto de supervivencia activándose a pesar de la neblina en su cerebro. Intentó incorporarse, pero un peso sólido sobre su cintura se lo impidió. Bajó la mirada y sintió que el corazón le daba un vuelco.
Un brazo firme la rodeaba por completo, manteniéndola anclada a la cama. Alina bajó los ojos hacia la piel expuesta de ese brazo y se quedó ensimismada analizándolo en detalle. Una elaborada pieza de tinta negra trepaba por sus músculos: un águila majestuosa, con las alas desplegadas que parecían abrazar el contorno de su bíceps y garras afiladas que se hundían cerca de su muñeca. El nivel de detalle era impresionante; las plumas sombreadas daban la sensación de un animal poderoso e implacable, un reflejo silencioso del hombre que lo llevaba.
Detrás de ella, pegado a su espalda, se sentía el calor de ese cuerpo imponente. Leonard dormía de lado, con la respiración pausada y el cabello oscuro revuelto sobre la almohada.
Mierda, pensó Alina, intentando hacer memoria. El helipuerto, el whisky, el tipo insoportable, sus manos en las solapas de Leonard, la promesa de un beso... y luego, oscuridad total. ¿Había pasado algo? La duda le apretó el pecho con una mezcla extraña de pánico y una punzada de algo que se negaba a admitir.
Intentó zafarse del agarre con suavidad, pero el movimiento solo logró que el brazo del águila se apretara con más fuerza, pegándola por completo contra su pecho en un abrazo posesivo.
—Si sigues moviéndote así, voy a asumir que quieres despertarme de una forma muy específica, tesoro —murmuró una voz ronca, rota por el sueño, justo contra su nuca.
Alina se congeló, pero no se dejó intimidar. Se giró sobre el colchón para quedar frente a él, sosteniéndole la mirada adormecida pero peligrosamente atractiva.
—¿Dónde estamos, Leonard? —preguntó con la voz un poco seca, intentando mantener su máscara de acero—. Y más importante... ¿qué pasó anoche?
Leonard abrió los ojos por completo, una sonrisa perezosa y de lado dibujándose en sus labios. Al notar la chispa de sospecha en los ojos ámbar de ella, soltó una risa baja que le vibró en el pecho.
—Tranquila —dijo, soltándola finalmente mientras se destapaba para estirarse—. Soy, sobre todo, un caballero. No me aprovecho de una mujer que se queda profundamente dormida a mitad de una frase.
Alina se quedó sin palabras por un segundo, incapaz de apartar los ojos de la vista que él acababa de regalarle.
Leonard se levantó de la cama vistiendo únicamente unos bóxers oscuros que se ceñían perfectamente a su cadera. Mientras caminaba de espaldas a ella hacia el ventanal, Alina recorrió con una lentitud casi involuntaria su anatomía: tenía una espalda ancha, fuerte y perfectamente tonificada, donde los músculos se marcaban con cada movimiento, y un trasero firme e impecable que delataba sus exigentes entrenamientos. Era un físico esculpido, imponente, que hacía que el ambiente premium de la suite se sintiera aún más sofocante.
«Porque prefiero disfrutarte despierta», pensó él con una fijeza oscura en la mirada mientras buscaba su camiseta en el suelo, completamente consciente del escaneo que ella le estaba haciendo.
Alina exhaló un suspiro de alivio que quiso disfrazar de desinterés, acomodándose las sábanas. El calor de la cama y la presencia de Leonard eran una tentación peligrosa, y su instinto le decía que debía contraatacar.
—¿Ah, sí? —murmuró ella, ladeando la cabeza con una sonrisa lenta y provocadora, estirando una mano para rozar la barbilla de él cuando volvió a acercarse—. Qué considerado de tu parte... Tal vez debí quedarme despierta para ver si realmente eras...
Quiso sostener el tono coqueto, pero un pinchazo agudo en la sien la hizo callar de golpe. Alina soltó un quejido ahogado y se llevó una mano a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. El dolor era insufrible.
Leonard volvió a reír, esta vez con genuina diversión mientras se terminaba de poner la camiseta.
—El carácter te dura poco cuando la resaca te golpea, ¿verdad?
Salió de la habitación por un par de minutos y regresó con un vaso de agua y dos pastillas en la mano.
—Tómate esto. Ya pedí el desayuno a la suite. Huevos, tostadas y café negro, antes de que me lo preguntes —dijo, con esa capacidad suya de predecir lo que ella necesitaba.
Alina se sentó, tomándose la medicina de un trago.
—Gracias —murmuró de mala gana, odiando sentirse vulnerable ante él, pero agradeciendo el gesto internamente.
Antes de que pudiera decir algo más, el sonido estridente de un celular rompió la burbuja de la habitación. No era el de Alina; era el de Leonard, que descansaba sobre la cómoda.
Él caminó hacia el aparato y, al ver la pantalla, la calidez de su rostro desapareció en un segundo, reemplazada por esa máscara gélida e implacable que Alina ya había visto antes. El deber familiar llamaba.
—Tengo que irme —dijo Leonard, guardando el teléfono en el bolsillo. Caminó de vuelta hacia la cama y se detuvo justo frente a ella.
Alina lo miró desde el colchón, con las sábanas cubriéndola hasta el pecho. Se sentía un vacío extraño en la habitación ahora que el ambiente relajado se cortaba por la realidad.
Leonard se inclinó sobre ella, atrapándola entre sus brazos apoyados a cada lado de su cuerpo. Su rostro quedó a milímetros del de Alina, sus ojos oscuros clavados en sus labios con una intensidad que hizo que a ella se le cortara la respiración por completo.