El Presagio.
Las tres mujeres del telar lo notaron.
Un cambio en el susurro de la vida, una inquietud extraña que solo llegaba en momentos cruciales.
Detuvieron su tarea, alejando los dedos delicados y ágiles, y observaron. Los hilos vibraban, se tensaban y algunos se rompían en un solo pulso.
La mayor de las hermanas, sentada en una esquina, levantó su barbilla e intercambió miradas con ambas.
—Lo ha logrado —dijo la del medio, pensando—. Ha roto el sello, ¿Cierto?
—Los vientos se sienten más pesados, hermana mía —asintió la primera nacida, alejando de la red un hilo roto—. Lo ha hecho.
—Entonces surgirá —murmuró la última con una sonrisa, jugando despreocupada con la tijera sobre su faldón—. Que bueno, ya estaba aburrida de lo de siempre.
—No vendrá sola —advirtió la mayor—. Nunca algo así lo hace.
El silencio en el lugar tomó unos segundos sin tiempo concreto, hasta que la del medio retomó la tarea.
—Cambiemos los hilos, hay cosas nuevas que tejer —suspiró.
—Quiero elegir el hilo yo —pidió la sonriente, levantándose.
—Ve por él —concedieron sus hermanas.
Luego, cambiaron los hilos.
Pronto, pensaron ellas, el mundo entero pagaría la consecuencia de aquello que había sido sepultado y desterrado.
Aquello que nunca, sabían en el fondo, debía latir en la superficie.
Los hilos se tensaron de nuevo, y la nueva era empezó a tomar forma.