La Reina Oscura.

Cap I. El ascenso.

Demhaen.
La noche del ascenso.

La grieta roja brillaba en el cielo, llamándome y resistiendose a mi al mismo tiempo. Vibraba, se tensaba y parecía tener vida propia.

Pero no aquí, en mi mundo yo la controlaba. Ya la había domado, y aquella era mi salida.

Estaba a un solo paso de liberarme de esta prisión que había llamado reino. El que convertí en mi hogar, el que cree desde las raíces más profundas de mi ser.

—Rhiannela —susurró en la pared mi primera criatura, mi propia sombra de ojos destellantes—. Está todo listo. No hay problema. No pienses tanto.

—Lo hicimos, Arumba —suspiré, aliviada.

—Todo toma su tiempo, y el nuestro ha llegado —fue lo único que dijo antes de desaparecer.

Tomó mucho tiempo, de hecho.

Hace un milenio y medio me sepultaron, temiendo lo que podía ser. Nunca se imaginaron lo poderosa que me volvería debajo de sus elegantes salones.

Por años me quejé y lloré dentro del castillo forjado de mi soledad, y con el tiempo me levanté para forjar la vida que me había sido arrebatada.

Así nació el legado de la grandiosa, temida y malvada Reina Oscura.

Pero... ¿Qué tan malvada puedo ser yo realmente? ¿Yo, que solo he sobrevivido, creado una especie, gobernado justamente?

¿Por qué la mala era Rhiannela y no aquellas divinidades? ¿Ellos a quienes no les tembló la mano para sumergirme en esta soledad?

La puerta sonó tres veces, sacandome de mis pensamientos. Tomé aire y moví mi mano para dejar pasar al único que tocaba mi puerta.

—Su majestad —saludó Eodric, inclinando su cabeza detrás de mí. Su reflejo me saludaba del otro lado del ventanal donde estaba yo parada—. El ejército está esperando por usted en el patio delantero.

— ¿Abriste los portones para los civiles que quieran participar? —acomodé los anillos en mis dedos, mis manos sudaban un poco.

—Si, están entrando bajo la revisión del capitán —contestó seguro—. Ydrovy está a cargo.

— ¿Y los príncipes? No he sabido de ellos en todo el día —me giré levemente hacia él—. Necesito que esten aquí.

—La princesa me dijo que iría a ayudar a Ydrovy con el ingreso, señora —cruzó sus dedos tras su espalda—. El príncipe por otro lado... bueno, dijo que estaría ayudando a Kael en algo.

No dije nada, solo lo observé en silencio y luego volvi a ver a través de la ventana. Ambos estaban ocupados, pero protegidos mientras mis tierras los abracen.

Ahí arriba no lo sabía, pero de lo que si estaba segura era de que nosotros seríamos imparables.

—Los dos Señores —recordé—. ¿Se han asegurado que no se infiltren?

Conocía sus intenciones de también querer subir, pero no lo permitiría. Ese par si tenían razones para quedarse aquí abajo. Yo no.

—Así es —asintió—. El único que ha entrado es el Señor Raselheo, ¿Subirá con usted?

—No —contesté—. Él será el regente en mi ausencia —era el único de ellos en quien confiaba—. No pienso dejar mi reino descuidado mientras yo esté arriba.

Lo observé una última vez antes de perder mis ojos en las tierras áridas y humeantes que había creado yo misma. Ahí donde desee hacer florecer un sauce, creció un cactus de espina.

Nunca fui ávida en jardinería, me temo.

—Anúnciame, iré enseguida —le ordené tras unos segundos, el castaño tomó la orden y se alejó.

Eodric era lo más cercano que tenía a un hermano menor. Confiaba en él, lo hacía desde hace mil años. Podría darle mi espada en una batalla y sabía que él nunca la usaría en mi contra.

—Arumba —la llamé nuevamente, a los segundos la sentí aparecer en la pared—. Eti castello reginte. Mei liuco infre —le ordené en nuestro idioma.

Asintió, sin decir nada más, y vi como abandonó el muro de piedras negras. Le ordené una cosa que sabía que solo ella podía hacer a la perfección. Será mi sombra en este reino mientras yo no esté.

Después de unos segundos caminé al otro lado del pasillo, recorriendo sus elegantes paredes llenas de espejos, ventanas pequeñas y cuadros. Cuando aparecí en el balcón, fui recibida con coros a mi nombre.

— ¡Larga vida a la reina Rhiannela! —gritó el capitán Ydrovy, aquel hombre grande y fuerte como un toro robusto. Tras su voz, todos cayeron sobre sus rodillas, repitiendo sus palabras.

Observé mi pueblo con una sonrisa grande. Eran parte de mí después de todo, tenían todo lo bueno y todo lo malo. Eran cazadores y presas, mataban o protegían.

— ¡Demhanianos! —los saludé de brazos abiertos, la tela vaporosa de mis mangas se movió ligeramente—. Espero que estén listos para esto. ¿¡Lo están!? ¿¡Están preparados!?

Me respondieron entre gritos y golpes al suelo, enérgicos. Vi los portones y noté a quienes no tenían el alma de pelear estar apartados.

No los juzgaría, ellos decidían qué hacer.

—No serán bien recibidos —la voz de Raselheo debajo del balcón calló las celebraciones—. La misión es defender el nombre de nuestra reina, no matar solo porque sí. Eso debe estar claro.

—La primera regla ya la saben —hablé seria—. No atacaremos hasta que ellos lo hagan primero.

—Yo espero que nos ataquen —bajé mi vista hacia la mujer peliblanca de cabello corto y ojos lilas traviesos. Se paseaba entre las filas de hombres, petulante y con el orgullo principesco que tenía—. Espero que todos sepan defenderse.

—Los que no saben, aún están a tiempo de quedarse —les dije desde la altura. El silencio de mi reino guiaba mi voz en el aire sin problemas—. El Señor Raselheo abrirá las puertas de su castillo para los que desean retirarse ahora.

—Por orden real, seré el regente del Demhaen hasta que ella vuelva —anunció, desatando una ola de murmullos que cedieron ante mis fríos ojos.

—No era una pregunta ni una encuesta. Es mi voluntad y deberá cumplirse. Los que se queden —repetí—, retírense. Si no se mueven, subirán conmigo.

Me alejé un poco del balcón para dejar que ellos decidan.




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