La Reina Oscura.

Cap II. El primer contacto.

El Bosque Maldito.
Primer día después del ascenso.

Sabía que convencer a los habitantes del Bosque Maldito no iba a ser complicado, ya que de por sí tenían motivos para luchar contra la isla. Solo les faltaba alguien que los respaldara con poder suficiente, y esa era yo.

—Bastardos, hombres y mujeres abandonados aquí, escuchen mi voz y les prometo seguridad y justicia —hablé en voz alta—. Únanse a mí, tendrán poder y vengaremos lo que la isla les ha hecho.

Estaba parada en mi balcón, pero en vez de hablar con mi ejército, lo hice hacia el bosque. Mi voz se esparció en las sombras del día y en el aire.

Desde mi llegada, había recibido varios ataques de entidades menores, pero terminaban retirándose por mis fuertes seguros. No me sorprendía, estábamos listos para soportar cada cosa que la isla envíe en contra de mí.

No estaba asustada, ya no era una joven indefensa. Ahora era una reina con mucho poder, con un castillo más grande que el de la capital y un ejército gigante.

Ya no me podrían detener.

Los primeros ataques terrestres llegaron en las primeras horas de la mañana, apenas cuando el sol se abría paso por las nubes.

Era un gupo de guerreras de magia verde, mujeres que se perdían entre las hojas con sus armaduras y usaban toda la naturaleza como arma.

Mi ejército tuvo un poco complicada la batalla, y no los culpo. Era un área desconocida para ellos, y una zona de ventaja para nuestros contrincantes. Mis guerreros tenían que adaptarse a la luz del día, al calor del lugar, y al terreno verde bajo sus pies.

Mi hija, sin embargo, pareció adaptarse desde el primer momento y terminó uniéndose a la batalla. Usó su fascinante maniobra de pudrición, y todo lo vivo a su alrededor se secó junto a esas guerreras que cayeron sin vida.

Al mediodía llegaron dos grupos más, uno tras otro.

Observé su aproximación desde mi balcón, comiendo unas deliciosas uvas que fueron ofrendas de un grupo de mi ejército, unos aventureros que exploraban la nueva zona.

—Su majestad —no giré mi rostro ante el llamado de mi consejero—. Están por atacar y no veo ninguna defensa en los exteriores.

—Le enseñé a Ydrovy una nueva habilidad para que no vuelva a pasar lo de más temprano —respondí, despreocupada—. En apenas tres horas ya hemos quemado más de ciento cincuenta cuerpos...

—Bueno, era algo que podía pasar —lo miré unos segundos, luego devoré otra uva y le respondí.

—Si, pero no calculé que el daño físico aquí sería letal. Algo nuevo que me tocó aprender fue eso —reconocí—. Creía que al ser de sombras habría más dificultad para que caigan, pero fue lo contrario.

—Lo entiendo, mi señora —se detuvo a mi lado, mordí una tercera uva con calma y desvíe mis ojos hacia los grupos que se acercaban—. ¿Puedo preguntarle…?

— ¿Has probado las uvas, Eodric? —volví a verlo, él ya estaba viéndome. Negó con su rostro confundido—. Ten, pruébalas —acerqué el cuenco de oro a él.

Tomó una uva, la observó en silencio y luego la llevó a su boca. La forma era la misma que la fruta de sangre de mi tierra, pero el sabor era muy distinto. En el Demhaen todo es agrio, ácido, picante y sin sabor, aquí todo sabe delicioso.

—Está muy buena, su majestad —el brillo de sus ojos y su sonrisa me dijeron que no estaba mintiendo. Dejé de mirarlo cuando, de reojo, me percaté que una de las tropas enemigas llegó.

Delante de los portones se detuvieron doce hombres y mujeres. Llevaban un peto carmesí de un metal que no había visto antes, y cuyos hechizos protectores podía sentir. Los brazos y piernas estaban cubiertos de ese mismo material, pero con libertad suficiente para moverse.

En las caderas llevaban una cola de tela color negro, dividida en tres partes. La bandera que ondeaba el hombre del centro era de un color rojizo, con un ave de fuego como símbolo del reino capital, del hogar de la magia original.

—Solicito parlamentar con Rhiannela en nombre del Gran rey Merodeth Segundo, gobernante de Rídrahia y protector de Olián —habló él, apenas y veía su rostro bajo el casco negro con plumas rojas en la parte alta.

No le respondí y esperé que el segundo grupo también diera unas palabras.

Hombres o mujeres, no lo podía distinguir a primera vista, llevaban máscaras de metal completamente blancas y sin ningún diseño. La pulcritud de toda la armadura brillaba tanto bajo el sol que me cegaba, así que tapé la luz con una gran nube.

Conocía a la perfección al rey que mandaba a esos orgullosos guerreros cubiertos de metal brillante, y la bandera que ondeaba con una espada alada me lo había confirmado.

—El rey Arael manda saludos, y también solicita una sesión de diplomacia antes de un inminente ataque por parte de Gealián —otra voz masculina, que gracias a mi buen oído pude captar bajo su molesta máscara.

—Pueden decirle a sus reyes que si desean hablar, van a tener que venir o recibirme en sus tierras —les contesté, apoyando mis manos en las barandas—. No voy a discutir mis términos con ningún mensajero, esa es mi respuesta. Retírense en nombre de mi paz.

Yo no quería lastimar sin una razón, y eso fue lo que ellos me dieron cuando en vez de marcharse decidieron atacar.

Ydrovy y mis guerreros salieron de las sombras del alrededor, fue una emboscada perfecta.

Observé la batalla desde donde estaba, veía a los hombres de la capital defenderse con magia y acero, pero mis hombres habían aprendido a manejar las sombras que realmente eran y se defendían bastante bien.

La diversión empezó a acabarse cuando el grupo pulcritud sacó sus grandes alas, sosteniéndose en el aire y atacando desde arriba.

Si había algo que me molestaba era la injusticia, sus alas eran injustas, todos estaban en tierra menos ellos. Moví mis dedos, un chasqueo de oscuridad y aquellas preciosas herramientas de vuelo se pulverizaron.

— ¡Maldita seas, Rhiannela! —se quejó uno al caer, sonreí.




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