El Bosque Maldito.
Segundo día después del ascenso.
Los ataques de cada reino estuvieron llegando toda la maldita noche, atacando en las sombras, creyendo que así me ganarían.
No sabían que la noche y sus sombras eran mis aliadas más fuertes.
Por la mañana siguieron viniendo, pero lo hicieron en paz para tomar sus muertos, al igual que lo hizo mi bando.
Las bajas eran mutuas, el campo estaba incendiado y dañado en partes, incluso algunas paredes de mi castillo habían salido lesionadas bajo las protecciones mágicas.
Fue entonces cuando decidí tomar un descanso que sentía necesario.
El Bosque Maldito era mi bastión principal, y aún así no lo conocía del todo. Lo iba a hacer apenas llegué, pero tuve cosas que atender con más urgencia.
Ahora, con esta tregua momentánea, podía darme la tarea de explorar la zona.
—No iré muy lejos —le avisé a Eodric, caminando con él hasta las escaleras de la salida trasera de mi castillo.
— ¿Le comunico a los herederos, majestad? —nos detuvimos en la puerta.
—No, por ahora solo tu lo sabrás —él asintió la orden—. Si no regreso al anochecer, entonces ve a buscarme con mis hijos. No antes, ¿Quedó claro?
—Claro, mi señora —tomó aire, preocupado suponía por su mirada.
—Estaré bien —le prometí—. Tienes el día libre.
—No estaré tranquilo hasta que no la vea sana y salva aquí —sonrió apenas, luego hizo una reverencia y marchó escaleras arriba.
Cuando me quedé sola manipulé las paredes para cubrirme, respiré hondo y usé mi magia para cambiar de cuerpo.
Mi figura se estrechó y mi altura disminuyó, mis rasgos se suavizaron hasta convertirse en los de un muchacho débil e inocente. Vestí las ropas de guerra de mis soldados, gastadas y funcionales, y formé un arco de plata con un carcaj sencillo en mi espalda.
Salí de mi fortaleza como una sombra por el medio día, escondiéndome en los árboles hasta alejarme lo suficiente.
Empecé a caminar, a conocer, a saber como era el entorno que me envolvía.
Me sorprendió el olor tan limpio del aire, el color vívido de todas las plantas y de las aguas. El aroma de las flores que la brisa suave traía me gustaba mucho. A pesar del nombre, este lugar no estaba maldito en cuanto a su apariencia, pues era bellísimo.
La maldición, entendí después, eran sus habitantes.
Por mucho tiempo había oído las leyendas del bosque, que era una zona donde habitaban los rechazados de la isla, un lugar de peligros que te obligaba a matar o a vivir.
Creía que eran bastardos y condenados, y no quería hacer caso de la existencia de híbridos pues sabía que no eran reales… o al menos eso pensaba.
Conocí mezclas extrañas conviviendo entre todos, personas que podían manejar más de una magia a la vez, que portaban las alas de un ser de luz pero al mismo tiempo nadaban con escamas de las mujeres de agua.
Aquí vivían familias enteras con una dinámica establecida para sobrevivir. Los mayores peleaban por comida, los menores cocinaban, los más pequeños eran protegidos.
Se dividían en grupos, actuaban en manada y nunca se movían solos.
La ley del más fuerte era la válida, y me enojaba de sobremanera todo esa mierda. Mientras en la isla las mesas se rebosaban, acá morían si no cazaban.
Un sonido detrás de mí me hizo detener, el crujido de pasos sobre las hojas caídas de la ladera donde iba subiendo.
—Hey, niño lindo —miré detrás de mi hombro, siguiendo aquella rocosa voz—. Entrégame ese arco, me servirá más a mí que a ti.
—Es mío —dije sin más, el hombre era muchísimo más alto y grande.
Lo confronté para verlo bien. Ojos amarillos cristalinos, el rasgo de un cambiaforma mamífero, pero llevaba escamas en su piel como las personas del agua.
Fue el primer híbrido que me topé.
—Dámelo —exigió y empezó a agacharse, amenazante—. ¿O quieres que te lo quite y luego desayune tu cuerpo?
—No te lo recomiendo, yo solo estoy de pasada —le advertí—. Vete.
El hombre sonrió, su cuerpo entero mutó hasta convertirse en un gran oso y correr hacia mí. Con un movimiento de mis dedos, el hombre se desvaneció.
—Genial —murmuré y seguí mi exploración.
La tarde se movió, los bichos empezaron a pegarse a mi piel pálida provocandome pequeñas picaduras que los mataban tiempo después. Mi sangre no era pura tampoco, no estaba hecha para vivir entre tanta vida.
Mi estómago ardió unas horas después, y por la altura del sol calculaba que ya era media tarde y no había comido desde mi salida del castillo.
Busqué refugio debajo de unas altas copas de árboles florecidos, me senté lista para conjurar algo de comer... pero no pude. No estaba sola.
—Sal de donde sea que estés —hablé en voz alta agarrando el arco.
Me levanté poco a poco, sintiéndome rodeada, hasta que los vi.
Estaban detrás de los demás troncos, era un grupo variado. Ojos de varios colores, alas raras que se alzaban y escamas que brillaban de forma extraña.
Híbridos, todos y cada uno de ellos, usando armas y ropas de defensa improvisadas. Ramas convertidas en flechas, troncos en lanzas, y cortezas en escudos.
—Te hemos observado, muchacho —habló el más alto, en su mano iba una suerte de espada con hoja de marfil astillado.
Tenía la voz cálida pero firme, con un cabello rubio oscuro, de manchas doradas como reflejo que brillaban bajo la luz.
Tanto él como todos lucían un físico quemado por el sol y el frío, con los músculos expuestos al trabajo duro de vivir lejos de lujos.
—Tus armas no son de aquí —le siguió una mujer, ella tenía flechas hechas a mano—. Te ves perdido.
—¿Te has alejado de tu hogar? —la voz de otra mujer, esta vez sin armas pero con marcas en sus dedos. Runas.
—Estoy explorando —contesté de forma neutra—. ¿He cometido algo malo acaso?
—Nadie explora el bosque cuando hay ataques —el primero en hablar se acercó—. Estamos siendo atacados, y tu te bandereas con calma.