La reina que se niega a ser esclava.

Capítulo 2: El Precio de la Soberanía

La corbata se siente más apretada que un nudo de horca. Como si la seda italiana se hubiera convertido en alambre. Me la aflojo con dedos que quieren arrancarla, pero me contengo. Los gestos desesperados son para los débiles. Y yo acabo de heredar un imperio construido sobre la percepción de fortaleza.

Dejo la copa de whisky sobre una mesa auxiliar, su sonido un golpe seco en el eco del salón vacío. El cristal contra madera. Definitivo. Final. El líquido ámbar tiembla por un segundo antes de calmarse. Como todo lo demás esta noche, eventualmente se aquieta.

Los invitados se habían dispersado con la rapidez de cucarachas al encender la luz. Quince minutos después del último vals, el salón estaba desierto. Solo quedaban las copas abandonadas, los ceniceros llenos, las servilletas arrugadas. Evidencia de una celebración que nadie celebró realmente.

Mi nueva esposa ya no está. Se había esfumado en algún momento entre el brindis obligatorio y mi conversación con Lorenzo, el tesorero que no dejaba de sudar. No huyendo, sino retirándose. Hay una diferencia crucial. Una víctima huye con pánico. Una reina se retira con dignidad. Romina no teme. Ella planea.

No es una víctima que teme, sino una reina que se quita la corona antes de entrar en su celda. Gesto simbólico. Inteligente. Si vas a ser prisionera, al menos controla cómo te presentas ante el verdugo.

Ella me había dicho que no la tocara más de lo necesario. Yo le dije que no planeaba hacerlo. Ambos mentimos. Por supuesto que mentimos. En mi mundo, el control es contacto. Y esta noche, el control comenzaba de nuevo. No con violencia—nunca con violencia gratuita. La violencia es para los que no tienen imaginación. El control real es más sutil. Es saber exactamente dónde presionar para que el otro se doble sin romperse.

2.1. El Ascenso Silencioso

La encontré en el vestíbulo principal, no escondida sino esperando. De pie junto a la puerta de cristal emplomado como si el aire libre fuera su único destino. Como si pudiera simplemente caminar hacia la noche y desaparecer. Ambos sabemos que no puede.

Romina viste la indiferencia como una armadura. Cada milímetro de su postura grita "no me importa", pero conozco ese lenguaje corporal. Lo he visto en hombres antes de que les pongan la pistola en la sien. Es la máscara que usas cuando importa demasiado y no puedes permitirte mostrarlo.

Su vestido gris ceniza contrasta con el cuero negro del Bentley que nos espera. El coche es nuevo—lo compré hace dos semanas específicamente para esta noche. Blindaje nivel VII. Vidrios antibalas. Motor modificado. No porque sea paranoico, sino porque soy realista. La Mantis podría estar en cualquier parte, y un coche común es un ataúd con ruedas.

El chofer abre la puerta. Es Miguel, uno de mis hombres desde hace siete años. Confiable. Mudo cuando necesita serlo. Letal cuando es necesario. Tiene una cicatriz que le cruza la mejilla izquierda, regalo de un trabajo que salió mal en 2019. Sobrevivió. El otro tipo no.

Romina se desliza dentro del vehículo, ocupando su asiento junto a la ventana. Movimiento fluido. Practicado. Probablemente ha entrado y salido de coches de lujo mil veces. Hija de imperio. Acostumbrada a que le abran puertas. A que la transporten. A que la protejan mientras la controlan.

Entro por el otro lado. El cuero nuevo cruje bajo mi peso. Huele a dinero y a productos químicos. A posibilidad. A nueva era.

El silencio que llena el coche no es cómodo ni temeroso. Es la calma antes de un disparo. Ese segundo eterno cuando el gatillo ya está presionado pero la bala aún no ha salido. Inevitable. Inminente.

Intento encender un cigarrillo—un Marlboro rojo, mi marca desde los dieciséis—, pero el olor a menta y rencor de su aliento, que recuerdo de nuestro baile, me detiene. No sé por qué. Quizás porque el espacio es demasiado pequeño. Quizás porque fumar en su presencia se siente como una concesión que no quiero hacer. Como admitir que necesito algo para calmarme.

Guardo el cigarrillo. El encendedor Zippo hace un clic metálico al cerrarse. Pequeño sonido. Enorme significado. Primera retirada de la noche.

Ella no necesita un arma. Su sola presencia es un arma biológica de alta toxicidad. Radiación silenciosa que mata con exposición prolongada.

Nadie habla durante los veinte minutos que dura el trayecto. El silencio es un tercer pasajero. Incómodo. Demandante. Miguel conduce con la suavidad de un profesional. Sin frenazos. Sin aceleraciones bruscas. Como si transportara nitroglicerina.

Observo su perfil. La línea de su mandíbula. La curva de su cuello. El pulso visible en su garganta. Está viva. Muy viva. No importa cuánto finja ser estatua.

Las luces de la ciudad le dan destellos esmeralda a sus ojos. Verde neón de los letreros comerciales. Verde amarillento de las farolas. Verde oscuro de los semáforos. Un caleidoscopio de verdes reflejándose en iris que se niegan a mirarme.

Pienso en su historia. La parte que conozco. La parte que investigué.

Había aceptado la educación de sus padres: el internado en Suiza a los once años, justo después de la muerte de su madre. El exilio disfrazado de oportunidad. "Es por tu seguridad," le dijeron. "Es por tu futuro." Mentiras cariñosas. La verdad era más simple: la querían lejos mientras consolidaban poder. Una heredera es un activo. También es una vulnerabilidad.

Pero había regresado a los veintidós, con un título en Economía Internacional que nadie esperaba que usara y un dominio de cuatro idiomas que la hacía más peligrosa de lo que su padre anticipó. No volvió porque la llamaran. Volvió porque decidió. Decisión propia. Voluntad férrea.

No iba a suplicar. Su aceptación esta noche no fue sumisión, sino la maniobra de un jugador que ve la trampa y decide pisar el cepo para aprender a salir de trampas futuras. Está estudiando. Memorizando. Preparándose para el escape que aún no tiene nombre.




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